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martes, 3 de enero de 2012

Quien no lo ve, es porque no quiere...

Apasionante es la cuestión de la interpretación del Cantar de los Cantares.

Lo lees y parece inverosímil que un poema tan claramente erótico pueda interpretarse en el sentido del amor entre Dios y la comunidad de creyentes. Que no puede ser que tal comparación hubiera salido sino de una mente inflamada por las drogas o por la religión.

Es posiblemente el mejor ejemplo de que siempre vemos lo que queremos ver. Disponemos de un número reducido de claves interpretativas y son las que manejamos. Y está claro que para unos ese número es más reducido que para otros. En el cristianismo, en las simplezas de la teoría económica liberal o en la escolástica marxista, por doquier se pueden encontrar personas que son simplemente incapaces de ver el mundo en tres dimensiones.

Fray Luis de Limón es uno de los máximos exponentes de los psicopáticos extremos que puede alcanzar la mente humana. Por sus santos cojones de fraile tenía que hacer encajar el Cantar en las coordenadas religiosas más impensables y su exégesis merece ser leída para admirar el sobrehumano esfuerzo que, a buen seguro, le supusieron versos como estos:
¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
El rey me ha metido en sus cámaras;
Nos gozaremos y alegraremos en ti
Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable
Como las tiendas de Cedar,
Como las cortinas de Salomón.
No reparéis en que soy morena,
Porque el sol me miró. (Se ve que ya en la antigua Judea los caballeros las preferían rubias...)
He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa;
Tus ojos entre tus guedejas como de paloma;
Tus cabellos como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de Galaad.
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas,
Que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y ninguna entre ellas estéril.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela,
Que se apacientan entre lirios.
¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía! (A todo eso, ¿cuándo ha considerado el dios judeo-cristiano a la esirpe humana "hermana" suya?)
Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa;
Miel y leche hay debajo de tu lengua
Venga mi amado a su huerto,
Y coma de su dulce fruta.
¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias,
Oh hija de príncipe!
Los contornos de tus muslos son como joyas,
Obra de mano de excelente maestro.
Tu ombligo como una taza redonda
Que no le falta bebida.
Tu vientre como montón de trigo
Cercado de lirios.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela.
Tenemos una pequeña hermana,
Que no tiene pechos;
¿Qué haremos a nuestra hermana
Cuando de ella se hablare?
(Aquí es cuando el relato ya se vuelve demencial y discuten de con quién van a casar a la hermana pequeña de la "amada", al parecer de escaso tetamen.)

viernes, 16 de diciembre de 2011

La montaña rusa de la competitividad


Emulando los vaivenes de la economía capitalista, la vida del individuo competitivo se vuelve también una montaña rusa: un día se siente una mierda, al día siguiente, dios.

El que siempre se compara nunca está tranquilo: siempre se encuentra por encima o por debajo. Además la medida en que es superior o inferior se vuelve irrelevante, porque lo único importante es el orden.

Un buen corredor se sentirá feliz consigo mismo si progresa y se va superando a sí mismo. Pero una décima de segundo será suficiente para hundirlo en la miseria si es altamente competitivo y no queda primero.

La dicha es la paz. Y esta es imposible para quien elige lo que quiere hacer o necesita tener siempre con un ojo puesto en lo que hacen o tienen los demás. La competitividad es uno de los principales tormentos de la humanidad.

lunes, 3 de octubre de 2011

La moderación como nuevo valor absoluto

El contenido ya no importa. Quién tiene la razón se ha vuelto completamente secundario. Lo único importante, de ahora en adelante, es la moderación.

Los antifascistas son iguales que los nazis porque no rechazan de plano la violencia. Las feministas son como los machistas pero al revés. Y el 15-M es, según Esperanza Aguirre, el germen del golpismo (!). Todo ello simplemente porque se posicionan, porque no se quedan neutrales ante la injusticia.

"No todo es blanco o negro", una constatación bastante pertinente, se ha convertido hoy en el comodín de quienes necesitan y ansían justificar su doblez. Debió habernos alejado del dogmatismo, del integrismo, pero nos está conduciendo al dogmatismo de lo gris. Como no hay nadie que tenga realmente razón ni que deje de tenerla, ya no hay nada que defender, nada por lo que luchar.

No importa si al que tenemos delante ha despilfarrado millones de arcas públicas o si se lucra a costa de la explotación infantil. Nos podemos encontrar frente a frente con la injusticia, el racismo, la desigualdad... Lo único importante es no subir la voz, no levantar la mano.

Poner el acento en la moderación de las formas, en la corrección de trato, en su origen debió de haber servido para posibilitar el debate: para que nadie pudiera abusar de su posición de fuerza y zanjar coactivamente las discusiones. Pero en lugar de ello ha imposibilitado el debate: cada vez más cualquier objeción, cualquier protesta, cualquier argumento que apunte a lo profundo, al corazón de las cuestiones es tachado de radical, inmoderado, violento.

Se aborta de esa forma cualquier resistencia, porque toda resistencia resulta que es una agresión. En un "dos por uno" los apologetas de la moderación consiguen que se mantenga el status quo y, al mismo tiempo, una inversión mínima en ello porque la represión -demasiado costosa- es sustituida con la ideología de la moderación.

El debate se vuelve imposible y lo único que nos queda es la insulsa y superficial charleta. Podemos hablar de política y de sociedad mientras no le demos más importancia que a la última jornada de la Liga.

Lo que se nos exige, en el fondo, es que nada nos importe demasiado.

En realidad, ya no hablamos de moderación. Sino de mediocridad.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Matar los tiempos muertos

Siempre falta tiempo. Parecería que uno siempre está ocupado, pero luego resulta que no se da abasto con todo lo que se tenía previsto y nos preguntamos en qué se ha ido nuestro tiempo.

La clave está en eliminar esos ratos que se comen nuestra vida y que consisten simplemente en quedarnos mirando por la ventana a los transeúntes, o distraernos con algo que se escucha en la tele, o examinando las últimas chorradas publicadas en facebook, u hojeando distraídamente las últimas noticias de nuestro equipo favorito...

El mecanismo es siempre el mismo: "ahora me pongo, pero antes voy a hacer esto un segundo..." ¡Mentira cochina! Alargamos esos ratos como si nos dieran la vida cuando en realidad nos la quitan. Nos parece que así robamos tiempo a las obligaciones, pero en realidad se lo robamos a nuestro descanso. Porque por culpa suya nuestra vida parece siempre abarrotada de quehaceres y sin espacio para descansar sin tener el agobio de las tareas pendientes encima. Son tiempos perdidos, muertos.

Matarlos es la forma de hacer todo lo que tenemos que hacer y disfrutar habiendo terminado. Porque no hay descanso como el de quien ha cumplido, el descanso del guerrero: eso sí es tiempo de vida.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Adelantarse a sí mismo

Una compulsión no es un simple deseo: es un impulso inapelable que no deja margen para plantearnos las consecuencias de nuestra acción. Nos precipitamos a fumar, comer, beber, tener relaciones sexuales... sin pensar en cómo nos vamos a sentir después. Más aún: ahuyentamos cualquier posibilidad de pensar en cualquier consecuencia negativa: resaca, arrepentimiento, enfermedad... Consumir rápida e irreflexivamente es lo único que importa.

No hay más "truco" para superar nuestras compulsiones que la fuerza de voluntad. Pero hay formas de ayudarse. Y una de ellas es adelantando en nuestra imaginación el momento del castigo.

Así fue como dejé de fumar porros cuando me empezaron a sentar mal. Llegó un momento en que ya sólo lo hacía por costumbre y por un vago recuerdo de lo bien que me hacían sentir antes. Cada vez que fumaba, luego me preguntaba: ¿ya para qué lo habré hecho?... Poco a poco, fui adelantantando la sensación de malestar: hacía un esfuerzo por recordar cómo me sentiría después de haber fumado en el momento justo anterior a fumar. Y el deseo se desvanecía: de repente, ya no asociaba el olor del hachís a nada agradable, todo lo contrario...

Estoy seguro de que el mismo mecanismo se puede aplicar a multitud de otras circunstancias. Porque anda que adoptamos comportamientos desordenados que luego hacen preguntarnos sobre porqué lo habremos hecho... Se puede intentar evitar tratando de pensar en lo pesado que te vas a sentir antes de abusar de la comida... O en la pasta que te vas a gastar antes de empezar a pedir copas por los bares, por ejemplo...

Suponer que el conocimiento y la conciencia son un antídoto contra nuestros vicios es mucho suponer, claro... Pero, desde luego, son un buen cable para quien quiera enfrentarse de una vez a sí mismo y salir ganando.

domingo, 5 de junio de 2011

De asamblearismo y sectas


Lo mejor del incipiente movimiento asambleario nacido a raíz de las acampadas, un auténtico tesoro a conservar, es la ausencia del sectarismo que nos ha venido corroyendo y envenenando en las últimas décadas. Eso, más allá de todas las debilidades del proceso, es lo que abre una esperanza para la regeneración de la izquierda.

Casi ninguna bandera -ni roji-negra, ni republicana, ni roja-, casi ningún logotipo sindical -ni "revolucionario" ni "reformista"... Y un cartel que lo resumía todo: "No me pongáis etiquetas!"

Durante décadas quienes hemos militado en organizaciones tradicionales hemos sentido encima el peso agobiante de los "referentes", de las "tradiciones" políticas, de los rencores personales y mezquinas luchas por el poder, de imbéciles debates ideológicos... Y quizá la sensación de libertad estas semanas, en las plazas, se deba tanto a la superación de este asfixiante sectarismo como a la alegría de insubordinarnos al poder del opresor...

La esclerosis de las izquierdas tradicionales había conducido al olvido de lo más importante. Habíamos acabado luchando por los símbolos, en lugar de luchar por aquello que estos representan. Defender las ideológicas pajas mentales de nuestro propio grupúsculo o los intereses de nuestra corriente llegó a ser más importante que entender y reconocer la realidad social.

Construimos espacios impenetrables incluso a un nivel psicológico: demasiados mecanismos preconstituidos, demasiadas relaciones personales... Un nuevo tenía que tener mucha voluntad y paciencia para terminar integrándose. Voluntad y paciencia, bienes escasos hoy más que nunca...

Todo el mundo debe encontrar un lugar en este nuevo asamblearismo. Y para eso no es tan importante que cualquiera pueda agarrar el micrófono -aunque la igualdad de palabra es fundamental-, sino que todo el mundo pueda aportar algo, ayudar, contribuir aunque sea con un par de horas de trabajo a la semana. Pero de trabajo, no de frustrante cháchara...

Una persona que se siente útil, que siente que está participando en una creación colectiva, se comprometerá a largo plazo con la transformación social. Y si conseguimos que muchos lo hagan, está claro que tenemos un futuro.... ¡Y tanto que lo tenemos!

miércoles, 1 de junio de 2011

Noche y día

A veces me siento personas completamente diferentes por la mañana y por la noche.

Me levanto con una energía descomunal. No quiero ni fumar, ni comer, ni beber... No es sólo que tenga la determinación consciente de no dejarme llevar por los vicios -que también-, sino que simplemente no me apetece, no me entra... Me da asco pensar en la comida, en el alcohol y en el humo del tabaco (sobre todo, en el humo del tabaco).

Mi cuerpo se siente fuerte, vigoroso, vivo, optimista, capaz de afrontar cualquier vicisitud. Los músculos me obedecen, la cabeza piensa con claridad y fluidez. Corro mirando incluso con algo de compasión a esas personas medio dormidas, arrastrando los pies, o a esas otras que prenden el cigarro antes incluso de haberse tomado el café, abordando tan temprano esa tarea cotidiana de autodestrucción que llaman vida. Luego camino al trabajo con la cabeza bien alta, disfrutando de cada paso, de cada bocanada de aire...

Trabajo, como, me echo media hora, recojo la casa, estudio, saco al perro...

Cuando llega la noche me encuentro con que el día prácticamente ha terminado: me queda una triste hora de vida. Tengo la vista cansada y el cerebro me pide a gritos una inyección rápida de endorfinas... Me tomo una copa, quizás otra y quizás otra más. Cocino algo rápido, para no recortar más aún el tiempo de descanso, a ser posible con mucho picante y queso derretido. Y pongo algún capítulo de alguna serie imbécil confiando en que el alcohol me haga efecto pronto para poder reír con sus chistes para retrasados mentales...

Eso si no hay visita. Cenar con gente es todavía peor porque ni siquiera deja margen para esa media hora de desconexión cerebral antes de dormir y va acompañado de una compulsiva ingesta de pitillos. Además siempre conlleva la tentación de prolongarlo un poco más, hasta que la hora deja de importar... con dramáticas consecuencias para el día venidero...

Al menos me duermo rápido, de tan cansado que estoy por haberme levantado a las 6...

jueves, 26 de mayo de 2011

La cobardía

Para hacer lo correcto, para ser bueno con los demás, para responder por los actos propios... hay que tener valor. La cobardía fabrica malas personas y es la fuente de muchas de nuestras miserias.

Por eso no entiendo porqué tiene una apariencia más excusable que otros vicios. A nadie se le ocurre decir "No es que sea mala gente, sólo que es avaricioso" y sin embargo es muy normal el "No lo hace a mal, es que es muy cobarde"... ¿Será que al cobarde no se le achaca mala fe ni, por tanto, dolo en la acción? Pero, ¿y acaso el avaricioso tiene mala intención? Si él sólo quiere lucrarse... ¿Y el crimen pasional? Tiene menos maldad todavía: se hace por un exceso de amor... ¿Y el ideológico? Si es lo contrario a la mala intención: se hace para construir un mundo mejor...

Quizá al cobarde se le consienta más porque sus faltas son por omisión. Pero la omisión no es poco... El cobarde dejará a un accidentado a su suerte. Traicionará. Se callará ante las injusticias. No responderá por sus actos: podrá hacer cualquier cosa y luego mirar para otro lado, con la excusa de que es demasiado cobarde para responder por ello.

Socavará la confianza, porque en un cobarde no se puede confiar: a cada momento te puede dejar con el culo al aire y nunca sabes si te está diciendo realmente lo que piensa o es que le faltan huevos para decir la verdad. Y si los cobardes son muchos, uno deja de saber en quién puede confiar. La desconfianza se convierte en una constante de las relaciones humanas.

No entiendo porqué la miseria del cobarde despierta lástima o pena. Y no cabreo como otras miserias humanas.

¿Quizá sólo pasa en nuestra sociedad, porque nosotros mismos nos hemos vuelto tan cobardes que nos identificamos con él y, al encubrirlo, en realidad nos estamos encubriendo a nosotros mismos? Algo parecido pasa cada vez más con la avaricia: todo el mundo se está volviendo tan avaricioso que termina por justificar incluso al que se lucra a su costa.

¿O quizá sea por culpa de nuestro instinto social? Un rasgo básico de la sociabilidad humana es la defensa del débil. ¿El cobarde se percibe como débil y de allí que le protejamos? ¿Como a un cachorro que tras haberse meado por todas las moquetas se tumba panza arriba y nos sentimos incapaces de castigarlo?

Pero yo no entiendo que el cobarde sea débil. La cobardía es la voluntad de ahorrarse un esfuerzo, la debilidad es un impedimento objetivo.

La cobardía sólo tiene un castigo habitual. Al generar desconfianza, incertidumbre, impide al cobarde construir relaciones profundas con los demás. Deviniendo en una íntima soledad...

martes, 24 de mayo de 2011

Burbujas

Es el mayor drama de la especie humana. Cada uno vive en su propia burbuja. Hasta tal punto estamos encerrados cada uno en nuestro propio mundo informativo que en ocasiones el hecho de la comunicación parece un auténtico milagro.

Siempre vivimos en la ilusión de formar parte de la mayoría gracias a que nuestro entorno cotidiano es muy poco representativo y está fuertemente sesgado. Incluso en un mundo tan "abierto" como el nuestro -con, aparentemente, numerosísimas fuentes de información- nos las apañamos para centrar nuestra atención en aquello que confirma nuestras visión del mundo y rechazamos por minoritario y raro lo contrario. ¡Cuántas veces que me he encontrado personas de izquierda tachando de frikis a los votantes del PP... en Madrid, donde la derecha lleva cosechando amplias mayorías desde hace ya décadas!

Si las suposiciones de uno encima son reforzadas no sólo por el entorno personal sino también por el mediático la cosa se agrava. Políticamente eso se traduce, por ejemplo, en el bucle PP-PSOE y el propio sistema de democracia representativa que tiene absortos a más de siete millones de españoles que ni se imaginan otras alternativas.

De la misma fuente mana también la incomprensión del mundo socio-político-mediático en el que viven los catalanes y los vascos. A partir de allí, ya no importa cuántas personas pueden salir a la calle ni cuántas votarán a qué opción, que serán todos irracionales, obcecados, malvados, desleales, egoístas, etc.

De hecho, esa es una tendencia recurrente: tachar a cualquiera a quien no comprendemos de irracional...

Una cosa paradójica pasa con el individualismo ideológico. Parecería que las ideologías más sociales debieran hacernos más cerrados con lo extraño. Pero curiosamente el florecimiento del individualismo ha dirigido nuestros esfuerzos tanto en la reivindicación de nuestra originalidad e individualidad, relajando el esfuerzo necesario bien informados.

Tan limitados han resultado los antiguos rehenes de su grupo, como los nuevos "librepensadores". Aquellos por la homogeneidad de la información de la que se nutrían, éstos por la falta de información y/o de herramientas interpretativas para procesarla. La libertad de opinión es importante pero no una cura para la ignorancia.

Como decía, es un drama: no nos entendemos, no nos escuchamos... Nos hemos vuelto demasiado listos para hacer caso a nadie. Pero en realidad sólo vemos lo que queremos ver y oímos lo que queremos oír. Ni nos damos cuenta de cómo desviamos la mirada de lo que contradice nuestras preconcebidas ideas. De que constantemente respondemos antes de haber entendido lo que se nos está diciendo, porque lo único que importa ya es responder...

jueves, 19 de mayo de 2011

Simetrías

Parecemos simétricos pero, como es bien sabido, no lo somos. Tenemos un corazón a la izquierda y un hígado a la derecha. Pero ni siquiera lo aparentemete simétrico –como nuestro rostro o nuestras manos- lo es. Y para el colmo siempre existe un lado dominante: el derecho en los diestros, el izquierdo en los zurdos.

Pero a pesar de todo la evolución ha querido que parezcamos simétricos y que además nos sintamos atraídos por la simetría. No sé porqué ha pasado, pero sí sé que estas pseudosimetrías se encuentran en todas partes. El mundo está estructurado de esta forma: a primera vista, desde los cuerpos celestes hasta las partículas subatómicas, todo parece simétrico… y nada lo es. Como si todo tendiera al orden, al tiempo que el orden fuera una absoluta quimera.

Nuestra organización social parece que ha heredado esta especie de principio universal. Buscamos el orden, lo anhelamos, nos angustiamos cuando no existe. Pero al mismo tiempo nos conformamos, como por una especie de cinismo natural, con su apariencia.

Inventamos ficciones jurídicas, tales como naciones, Estados, democracias, socialismos… Pero luego nos conformamos con que todo funcione más o menos. Nos molestan menos las grietas en el orden ideológico que quien denuncia esas grietas. Un ejemplo claro son, por ejemplo, los países tan gangrenados por la corrupción o la economía informal que una amplia mayoría acaba por aceptarlas tanto como las propias ideologías formales que las censuran. Y todo ello sin excesivo perjuicio para su salud mental.

Posiblemente ninguna otra invención humana ha hecho tanta apología del orden, la simetría, la previsibilidad y la exactitud como la burocracia. Pero quien ha asomado a los bastidores de la realidad funcionarial sabe cómo funcionan las cosas: por los pelos. El factor humano cuenta mucho más de lo que dicta la norma… Pero al público se le sigue apareciendo como un monolito coherente e inamovible.

Desde niños, nos acostumbramos a que la realidad sea siempre una mezcla de mantenimiento de exigencia de orden y transigencia con el infractor. De hecho, se censura mucho más a un infractor que amenaza la susodicha apariencia que a otro que no lo hace aunque cause un daño mayor según los propios parámetros valorativos del sistema. Así, existe más animadversión social (convenientemente estimulada, claro, por los medios de comunicación) contra el okupa que contra el especulador que impide cuyo negocio impide la realización del derecho constitucional a la vivienda digna para todos…

La simetría es orden. La simetría es belleza. Pero al mismo tiempo es un fantasma: la vemos pero no existe ni puede existir. La ansiamos. Pero al mismo tiempo nos conformamos con fingirla colectivamente...

miércoles, 18 de mayo de 2011

Un trípode cojo

SALUD, DINERO y AMOR... ¿A nadie más le parece que algo no termina de encajar en esta clásica receta de felicidad?

La salud es un concepto eminentemente biológico: el buen estado de la máquina de vivir que somos. Músculos elásticos, respiración profunda, cerebro bien regado, los pies firmes en la tierra... Un cuerpo sano es también un medio para disfrutar de la vida pero, por encima de todo, es una fuente directa de felicidad. El mero hecho de sentirnos sanos nos hace feliz.

El amor, esa leve forma de enajenación mental, es la fuente de endorfinas por excelencia. En todas sus formas posibles –tanto la atracción sexual o el enamoramiento, como el amor al arte o a la naturaleza- es nuestra química cerebral que entra en efervescencia, nos hace entender las cosas bellas y nos da gustito... Otra vez algo sumamente biológico.

Pero, ¿y el dinero? Ni un papel impreso, ni una tarjeta con banda magnética, ni siquiera los lingotes de oro son en sí mismas fuentes de endorfinas. El dinero, en este trípode, obviamente no es el dinero. Es lo que el dinero puede comprar: poder sobre otras personas, sexo de pago, ingenios que nos facilitan la vida, servicios varios, etc. etc.

En todo caso, nada concreto, una especie de cajón de sastre, un etcétera. Lo mismo daría decir “Salud, amor y lo que con dinero se pueda comprar” o “Salud, amor y lo demás” o “Salud, amor, etc.” Con lo cual todo el potencial del susodicho aforismo como una guía de vida se ve claramente menguado: decir que la fuente de la felicidad está en esto, en aquello y en lo demás... es un poco no decir nada.

Por otra parte, también se diferencia el dinero de los otros dos pies del trípode en la forma en que se consigue. No sólo conseguir o conservar la salud y el amor depende más de lo que uno haga o deje de hacer, sino que la desigualdad al nacer es enormemente menor. Todos somos un trozo de carne hambriento y llorón en el momento de ver la luz. Pero enseguida el dinero ya nos ha asignado a una cuna o a otra. Al equiparar salud, dinero y amor, entramos, por tanto, en un injustificado proceso de culpabilización y responsabilización del desposeído, al que negamos la posibilidad misma de ser feliz.

Por último está la cuestión de la cuantificación. La salud es la ausencia de enfermedad. Y el amor un estado en el que no nos preguntamos si podríamos tener más amor. Todo lo contrario sucede con el dinero. Pocos tienen claro –y quienes creen tenerlo claro nunca se ponen de acuerdo entre sí- cuánto dinero exactamente haría falta para ser feliz. Por no hablar de aquellos, que son muchos, y que piensan que la respuesta es “siempre más”, postulando una persecución inacabable, en clara disonancia con el objetivo de “alcanzar” la felicidad.

En fin. Que el dinero no es nada... Si quieres ser infeliz, consagra a él tu vida.

sábado, 7 de mayo de 2011

Por qué creo que ser de izquierdas es de mejor persona

A ver, antes de nada, conozco un montón de mierdas que se dicen de izquierdas. Conozco a cabrones que militan en sindicatos o en partidos de izquierdas y luego explotan a su mujer en casa. También a otros que son gilipollas insolidarios, egoístas y egocéntricos, pese a ser tan radicales y reivindicativos que ni siquiera militan en un sindicato o un partido. También alguno que es de izquierdas por tradición familiar y, en el fondo, más rancio que Libertad Digital. Y algún otro que se ha obsesionado tanto con la Humanidad que se le ha olvidado ser humano con las personas.

También conozco a alguno que es de derechas y que no es un hijo de puta redomado.

Y a pesar de todo ello sigo pensando que ser de izquierdas es tendencialmente de mejores personas. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque la política, entendida de una forma sana, viva, no se separa de la vida, del día a día, de lo que una persona es. Si una persona es solidaria, respetuosa con el débil o con el diferente, amante de la razón y de la justicia en su vida cotidiana (es decir, lo que yo entiendo por "buena persona"), la proyección social de sus valores personales debería llevarla a posicionarse políticamente en la izquierda.

Claro, que todos sabemos muy bien que la lógica no termina de funcionar en la realidad social. De allí tantas y tantas excepciones que impiden que por regla la gente de izquierdas sea mejor que la de derechas.

Pero sí buscamos (aunque nunca la terminemos de encontrar) una cierta coherencia interna entre nuestras cogniciones. Y ello precisamente es lo que me permite afirmar que tendencialmente, a igualdad de condiciones, sí se cumple el argumento de este post.

Al fin y al cabo, creo firmemente en ese ya manido chistecillo que dice que Dios, cuando creo al hombre lo dividió según sus naciones de origen y así dijo:

"- Los franceses seran cultos y refinados

- Los ingleses serán aventureros y puntuales

- Los italianos serán creativos y divertidos

- Los alemanes serán formales y trabajadores

- Los norteamericanos seran luchadores y patriotas

- Los argentinos serán intelectuales y sociables

- Los españoles serán inteligentes, buenas personas y votantes del PP."

A esto le dijo el arcángel San Gabriel: "Dios, que todos los países tienen dos virtudes y los españoles tienen tres.
Eso no es justo." Dios dijo: "Es verdad, pero ya no me puedo echar para atrás. Bueno, estas serán las virtudes de los españoles, pero cada español sólo podrá tener dos de ellas a la vez..."

Y así, desde entonces los españoles que son inteligentes y votantes del PP no son buenas personas. Los españoles que son buenas personas y votantes del PP no son inteligentes. Y los españoles que son inteligentes y buenas personas no son votantes del PP.

sábado, 26 de marzo de 2011

Mi pequeña utopía

Estabilidad, suficiencia económica, que no entre en flagrante contradicción con mi criterio moral, que sirva para algo pero que me permita olvidarme de él tras la hora de salir, que los compañeros/as no sean demasiado gilipollas, que los superiores marquen objetivos claros pero al mismo tiempo dejen espacio para organizarse autónomamente, que al día le quede tiempo de ocio para poder tener una vida, un mesecillo de vacaciones no partidas, fines de semana libres, un ambiente de respeto, algo de luz natural, jornada intensiva y de mañana...

Igual le pido demasiado a mi condición laboral...

domingo, 6 de marzo de 2011

Totems


Hay una forma muy fácil de calmar la conciencia: construirse un tótem. Hay muchos en el mercado de totems: la familia, la nación, la ideología, el partido, el sindicato, la raza, la religión, la realización personal... Basta con enarbolar uno de ellos y, desde ese momento, acometer las mayores bajezas y cualesquiera traiciones, aunque siempre por la familia, por la nación o por la idea.

Las cosas más bonitas del mundo pueden por este camino convertirse en nauseabundos montones de estiércol. Es perfectamente posible en nombre de la amistad, del amor, de la libertad o de la igualdad dejar morir a un inocente o abrazar a un genocida.

Porque quien tiene un tótem, ¿para qué necesita más? ¿Para qué necesita ver personas ? ¿Para qué plantearse si está bien o mal lo que hace? El tótem ya se lo dice todo... Conciencia en calma, acusaciones públicas... ¡repelidas con éxito!

Lo mejor de todo es que los totems de hoy ya ni siquiera exigen demasiado: el capitalismo ha otorgado valor moral al lucro y las teorías liberales han puesto la individualidad por encima de todo. De ahora en adelante está mejor visto cometer un crimen por dinero que por un ideal (se castiga más gravosamente a uno calificado de terrorista que a un asesino a sueldo, por ejemplo). Y a cualquier acusación es posible responder yo soy así, déjame en paz, sin mayor argumentación.

El dinero y el ego son los totems más legítimos y están siempre a mano... ¿Para qué más?

martes, 8 de febrero de 2011

Caminando

En la montaña, la mayor parte del tiempo hay que mirar dónde se pone el pie. Si no, te tropiezas a cada paso y no puedes avanzar. Además, de tanto mirar la cima, se te olvida que lo importante es caminar. La ansiedad por llegar hace que el esfuerzo se haga eterno y desesperante.

Pero de vez en cuando hay que levantar la cabeza para planificar la forma más fácil para subir. O, entretenido en avanzar, acabas entre zarzales o trepando inútilmente por rocas. Desgastándote inútilmente.

Y también hay que pararse a mirar el mapa. Si es que te interesa algo saber dónde estás, adónde vas a llegar, o cómo deberás volver. Si no te quieres perder en el camino, vamos...

Vivir momento a momento. Pensar en cuál es el camino más eficiente. Nunca olvidar los objetivos. Como la vida misma...

miércoles, 19 de enero de 2011

Ansiedad y muerte

¿Puede ser nuestra mortalidad la razón última de todas nuestras ansiedades?

La ansiedad nos impulsa a satisfacer compulsiva, desesperada, urgentemente nuestros deseos. Como si se fuera a acabar el mundo. Pero es que realmente se va a acabar. Para nosotros, claro. Moriremos y nunca podremos hacer esto o aquello que deseamos. Conscientemente o no, no lo aceptamos y por eso nos precipitamos en una frenética actividad por hacerlo todo mientras aún queda tiempo. Y nunca tenemos bastante porque olemos cerca el final. Nos afanamos siempre un poco más. Y nos ahogamos siempre un poco más.

¿Qué razones para la ansiedad tendríamos de ser inmortales? ¿Qué podría preocuparnos más que el momento? ¿Qué necesidad tendríamos de pensar en el futuro?

Lo más parecido a un ser inmortal no es aquel que pasa a los libros de Historia por sus proezas. Si está en los libros es porque, a fin de cuentas, está muerto. Tras una vida probablemente llena de ansiedades que le impulsaron a hacer todas esas cosas por las que los libros han terminado por recogerlo.

Las religiones niegan la muerte. Pero ésta es real: el creyente no hace más que mentirse a sí mismo. Hace un esfuerzo sobrehumano para insistir en que una pared es negra cuando evidentemente es blanca. Lo cual no le crea más que contradicciones que resuelve reafirmándose en compulsivos rituales. En resumen, la religión no aporta más que nuevos miedos, más ansiedad.

Lo más parecido a un ser inmortal es una persona libre de sus ansiedades. Una persona que vive como si fuera inmortal. Una que es inmortal mientras vive.

sábado, 15 de enero de 2011

El humor como coartada

El humor se ha convertido en una especie de vaca sagrada, un espacio en el que, más que en ningún otro, si algo no te gusta... te jodes y te aguantas (salvo cuando se trata de la Familia Real, claro). Pero, ¿todo vale para echarse unas risas? ¿Es realmente neutral este espacio?

¿Está bien que un dibujante, profesional del humor, haga gracia con cualquier cosa? ¿Y un profesor chistoso? ¿Y un presentador de noticias? ¿Y un madero que encuentra gracioso quemar cigarrillos en el cuello a los detenidos?

Parece evidente que no todo lo que uno considera gracioso sólo por ello debe ser aceptado. Y que, en ocasiones, el humor es sólo una tapadera para la propaganda de determinadas ideas y valores. En ocasiones por no decir siempre: porque nunca, ni cuando bromeamos, podemos dejar de ser nosotros mismos, con toda la carga de emociones, juicios y voluntades que ello conlleva. Entonces, si determinadas personas me parecen detestables, ¿por qué no me puede parecer detestable su sentido de humor?

Está la libertad de expresión, claro: si quiero que me dejen hacer mis bromas debo dejar a otros que hagan lo respectivo. Pero el caso es que la libertad de expresión es una ficción más de la democracia formal. Igualdad y libertad en el papel; desigualdad real en los derechos configurada por desiguales relaciones de poder. Los propietarios de los grandes medios de comunicación son los que dictan, en buena medida, hasta los chistes con los que nos reímos en el día a día.

Así que al defender la libertad de expresión formal no se nos debería olvidar que, ante todo, defendemos el derecho de los grandes empresarios a mantener su hegemonía en el discurso público. Con frecuencia, el derecho de los fuertes a reírse de los débiles.

Aún con todo… Yo me río casi de cualquier cosa. He llegado a reírme de auténticas burradas. Si un chiste es gracioso, pues es gracioso y punto. Lo que me importa más que el chiste en sí quizá sea quién lo cuenta y en qué contexto, y quién se ríe de él y por qué. Con un mismo chiste me puedo descojonar a más no poder con mis colegas, pero no con otras personas cuya risa sé que está envenenada, por ejemplo, por el racismo o por el desprecio hacia la mujer.

El chiste, quizá, se parezca en eso a un fusil: por un lado está su calidad, digamos, técnica, y por otra las manos en las que se encuentra y a dónde esas manos apuntan.

Y con esto enlazo con la cuestión a la que quería llegar: la importancia de distinguir entre el espacio privado y el espacio público en todo este asunto. Cuando “se dispara” un chiste en un ámbito privado, se sabe perfectamente cómo se va a interpretar. Se trata de una “explosión controlada”. Cuando se hace en una tira cómica, en una pantalla de televisión o en un aula, aún presuponiendo al emisor toda la buena intención del mundo (lo que ya es mucho presuponer) la audiencia no se controla. Lo que para unos es una broma sin más, para otros es una confirmación de sus prejuicios y estereotipos.

Actuar en un espacio público conlleva una responsabilidad. Es cualitativamente diferente de una conversación privada. Y no hay nada de hipócrita en ello: simplemente es ser consciente de a quién llega tu mensaje y de cómo lo puede interpretar.

jueves, 13 de enero de 2011

Pensar en ti es no pensar en ti

Tengo una sugerencia para los que dedican buena parte de su tiempo a recrearse en lo dura que es su vida, en la mala suerte que les persigue, en lo miserables que se sienten… Para los que van a terapias año tras año, sin terminar nunca de averiguar qué les pasa. Para los que consideran que lo sano es estar todo el día compartiendo sus sentimientos y emociones (en realidad, agobiar a los demás con sus problemas, “problemas” y problemillas).

Que se olviden un poco de sí mismos y piensen en otras personas. Que lo hagan aunque fuera por su propio bienestar, aunque fuera desde el egoísmo.

La idea de “tengo demasiados problemas para andar pensando en los demás" es una trampa. No hablo de un compromiso con grandes causas de la Humanidad, ni del servilismo cristiano, sino de empatía, compañerismo, solidaridad, espíritu de colaboración, voluntad de estar al lado de aquellos que nos importan.

Para ello es necesario en primer lugar preguntarse: ¿quién realmente nos importa? ¿Acaso hay alguien que nos importa de verdad? Porque si la respuesta es negativa... estamos ante un problema más gordo de lo que pensábamos...

En segundo lugar, hay que intentar comprender a la otra persona. No desde nuestras propias obsesiones, sino realmente... ¿qué tiene dentro? ¿Cuál es el mundo en el que vive? Aunque es imposible meterse en la piel de otro, sí es posible relativizar un poco y no dejarse llevar por los propios sesgos, controlar nuestras proyecciones. Pero sólo se puede hacer desde una preocupación sincera y genuina por el otro.

En tercer lugar, ¿qué puedo hacer para que le vaya mejor?

Y por último, hacerlo.

No sé exactamente cómo funciona –supongo que viene de lo más profundo de la naturaleza social del animal humano- pero sí sé que preocuparse por otros, de una forma sana, constructiva, no compulsiva, ni impositiva, nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos. No se trata vivir por los demás, nada de morralla grandilocuente. Sólo acordarse regularmente y con genuino interés de que nuestros amigos, familiares, allegados... son personas en sí y no meras circunstancias de nuestra existencia.

Convirtiéndolos, de vez en cuando, en fines en sí mismos, como diría Kant, sólo podemos salir ganando:

- Nos distraeremos de nuestras, con frecuencia mezquinas, preocupaciones.

- Elevaremos nuestra propia autoestima.

- Mejoraremos la calidad de nuestras relaciones sociales.

Porque tratar a las personas como meros medios para otros fines -por muy loables que éstos puedan ser- terminará por hacernos infelices y miserables, a nosotros y a los demás. (A la derecha, la imagen de un mero medio.)

Afrontemos la paradoja: pensando en uno mismo, se debería dejar de pensar tanto en uno mismo.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Miedo a la soledad

Cuando se habla de comportamientos compulsivos vienen a la mente el consumo de alcohol, la ingesta de alimentos, tics diversos, el tabaco, el sexo... Pero en contadas ocasiones he oído hablar sobre la necesidad compulsiva de no estar solo.

Evidentemente el contacto humano es una necesidad natural. Pero también lo es comer. Y cuando se hace compulsivamente nadie discrepa en que nos encontramos ante una patología. El miedo a estar solo afecta, en diferentes grados, a muchísimas personas. Una gran mayoría, por ejemplo, es incapaz de salir a cenar sola o ir sola al cine. Muchos lo pasarían mal viviendo solos: evitarían permanentemente estar en casa. Pero es que además hay no pocas personas que buscan compañía de forma aún más desesperada y son incapaces de afrontar los problemas por su cuenta cuando se presentan.

No saber estar solo puede limitar drásticamente el disfrute del ocio: se renuncia a toda afición que no sea compartida con otros. Puede llegar a perturbar hasta la realización profesional (como cualquier otra adicción puede llegar a hacerlo). He visto como se sacrificaban principios, integridad y hasta la misma dignidad, con tal de no quedarse solo. Como toda dependencia, ésta hace a las personas más vulnerables: se coloca el bienestar de uno en función de factores que no puede controlar. Y lo peor de todo es que se nos vuelve extraña la única persona que jamás nos abandonará: uno mismo.

Somos tanto lo que los demás esperan que seamos que olvidamos quiénes somos realmente. Nuestra voz, nuestros gestos, nuestras palabras, ideas, pensamientos, reacciones... se vuelven cada vez más un reflejo condicionado al entorno social. Si no entendemos el valor de la soledad... nos perdemos, desaprendemos a ser nosotros mismos y nos convertimos en una penosa máscara social (y yo, personalmente, detesto las máscaras). Tiranizados por el entorno inmediato, olvidamos también lo que queremos ser y pasamos a querer ser lo que el grupo, la familia o la pareja quiere que seamos.

Quizá la causa de este pánico a estar solo, paradójicamente, sea social. Una soledad íntima es, con frecuencia, completamente real en una sociedad individualista, hipercompetitiva, insolidaria... El sujeto la intuye, pero, por una falsa atribución, la relaciona con la soledad física. Conclusión: busca no estar físicamente solo y, aunque sigue sintiendo la otra soledad, la real, piensa que la solución es estar aún más acompañado. Y su búsqueda se hace compulsiva, espasmódica. Como quien está convencido de que comiendo más va a calmar la sed.

O puede que la razón esté en el rechazo de uno mismo. En no soportarse, en no querer quedarse nunca a solas consigo mismo, en tener miedo a afrontar lo que uno es. Negándose, al mismo tiempo, la oportunidad de cambiar porque es imposible cambiar sin conocerse a sí mismo. Quién sabe.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

...De cada cual según sus posibilidades

La idea central es que no se le pueden pedir peras al olmo. Cada persona es como es y es inútil enfadarse por ello. Unas veces tendremos razón, otras no la tendremos, otras será simplemente una cuestión de incompatibilidades...

Por eso de cada amigo hay que tomar aquello en lo que más aporta y cada amistad construirla de forma diferente. No existe, de hecho, jugando un poco con las palabras, la Amistad. Existen Amistades... También amistades... Pero no una única cosa que se corresponda plenamente con nuestra idea (siempre preconcebida) de lo que debe ser un amigo.

Cuando algo no gusta se debe decir. Pero llega un punto en que todo ya está dicho, y entonces cagas o sales del water: aceptas a la persona tal como es o pones por medio la suficiente distancia como para que no te afecte.

Aceptar no siempre es fácil (sobre todo, para cabezones empedernidos como algunos de nosotros). Debe hacerse un ejercicio de racionalización, de comprensión de que hay cosas que se escapan a nuestro control, más cuando se trata de otras personas. Y algo aún más difícil: debe eliminarse el poso de resquemor que puede quedar en el inconsciente. La aceptación debe ser profunda y auténtica para no envenenar en lo sucesivo la mirada sobre esa persona. Es posible conseguirlo. Y a veces lo que antes irritaba llega incluso a convertirse en un simpático rasgo que forma parte de la particular idiosincrasia de un amigo, una más de las cosas por las que lo queremos.

Poner distancia tampoco es fácil. Una amistad siempre es una inversión y cuesta asumir que se estaba equivocado, que se ha fallado, que se ha perdido. Pero igual de necesario que saber aceptar a las personas, es saber poner límites para no sufrir abusos.

En los casos más extremos, la distancia puede ser definitiva. Es decir, hay personas con las que es mejor no tratar, personas que, como suelo decir, sientan mal. Pero la mayoría de las veces basta con evitar aquellos aspectos que nos resultan problemáticos. Por ejemplo, a mí me molesta mucho la impuntualidad. Porque además normalmente va acompañada de otras faltas de consideración sin querer. Ante los impuntuales no puedo más que expresar mi desagrado pero no puedo cambiarlos: por tanto elijo no quedar con ellos. Si quieren verme, tendrán que venir adonde esté yo. Evidentemente ello enfriará nuestra relación. Pero es preferible a seguir aguantando, sufriendo y, al final, odiándoles. De esa forma, podemos seguir siendo amigos, de una forma más comedida pero a fin de cuentas cordial.

Lo mismo sirve para amigos que resultan nefastos para nuestra higiene moral o aquellos otros que, consideramos, no corresponden como deberían a nuestra amistad: poner distancia hasta neutralizar el sentimiento negativo. Alcanzar el punto de equilibrio en el que sea posible llevarse bien sin exponerse a situaciones molestas. ¿Qué le vamos a hacer? No todos podemos ser amigos del alma...