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lunes, 13 de febrero de 2012

Historia al servicio del pesimismo antropológico

La Historia, en tanto ciencia y no mera historiografía, es una disciplina analítica, reveladora de las relaciones causales e incluso dotada de una cierta capacidad predictiva.

La Historia es una ciencia absolutamente necesaria. Sin ella, estamos irremediablemente condenados a la impotencia, al bucle de los mismos errores una y otra vez. A acumular quizás (bienes, conocimientos...), pero sin progresar, sin ser más racionales y conscientes.

Pero en manos conservadoras la Historia, en lugar de ayudarnos a avanzar hacia donde queremos, se convierte en el medio para hacer que nos quedemos donde estamos. Sazonada de pesimismo antropológico, de teologías basada en el pecado original o de individualismo metodológico, proclama que el ser humano es incorregible y que más vale lo malo conocido...

Se convierte en una teoría de largo alcance que intenta convencernos de que el ser humano ha sido siempre igual de insolidario y egoísta, un lobo para sus hermanos. Niega que pueda existir progreso alguno. Afirma que siempre y en todas partes ha prevalecido la guerra de todos contra todos, y que apenas existe un instinto de sociabilidad en nosotros.

Una teoría muy conveniente para algunos, alérgicos a cualquier insinuación de que podamos esforzarnos por ser mejores y actuar en común. También para aquellos, claro, que se sienten cómodos con las cosas tales como están.

Pretende seguir siendo ciencia, pero se vuelve ideología. Porque una ciencia de verdad explica, previene y ayuda. Pero nunca, jamás, una ciencia nos dice lo que no podemos ser.

viernes, 8 de julio de 2011

El sentido profundo del "sentido común"

¿A qué nos referimos cuando apelamos -y lo hacemos con gran frecuencia- al "sentido común"? Intuitivamente entendemos que "de sentido común" es "lo normal", "lo evidente por sí mismo", algo que no necesita demostración...

¿Qué puede ser tan poderoso?

Echando mano de la RAE, descubro lo siguiente:
sentido común.

1. m. Modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas.

Me veo entonces gratamente sorprendido por la perspicacia de los señores académicos. Bastante más razonables, sólo por esta vez, que los redactores de la Wikipedia: "El término sentido común describe las creencias o proposiciones que benefician (??) a la mayoría de la gente de una familia, clan, pueblo y/o nación".

Es tan buena la definición de la RAE porque, desechando las interpretaciones superficiales va, siguiendo una metodología casi durkheimiana, al grano: "lo común" es lo generalizado, subrayando así que se trata de un concepto eminentemente social. El "sentido común" es un cuerpo de creencias compartidas que aplicamos intuitiva y acríticamente.


Así definido, se ve claro que el "sentido común" comparte todas las virtudes y vicios de las creencias colectivas. Muchas menos probabilidades de error que las de las creencias individuales. Pero, al mismo tiempo, errores más profundos e inamovibles.

Casi todas las creencias sociales son ciertas o, al menos, eficaces (de esta constatación nació aquel proverbio de "dos cabezas piensan mejor que una"). Es normal, son el resultado de una ingente acumulación de experiencias. Y cuantas más vivencias suman más completo se vuelve el cuadro. Ésta ha sido la base del progreso humano, al menos hasta la aparición de la ciencia moderna: acumulación de experiencias y evolución del "sentido común".

Por otra parte, cuando el "sentido común" se equivoca, las consecuencias pueden llegar a ser dramáticas. No sólo porque, al ser un error colectivo, adquiere proporciones mayores, sino también porque las creencias compartidas se retroalimentan formando bloques impenetrables que no sucumben ni ante las evidencias más flagrantes.

Es infinitamente más poderoso lo que piensa mi entorno que lo que ven mis ojos.

Recordemos que hubo un tiempo en que era "de sentido común" que la luna era del tamaño de una moneda, o que la desaparición de un niño tenía que ser necesariamente cosa de brujería, o que lavarse más de una vez al año era perjudicial para la salud. Y no había quien nos sacase de allí...

La mayor cruzada jamás acontecida contra el "sentido común" fue la emprendida por la ciencia moderna. Y gracias a la enorme eficacia del método científico se operó en cuestión de décadas la mayor revolución de la Historia: la ciencia pasó a ser el "sentido común". En adelante, hacer caso a los científicos sería cada vez más una cuestión "de sentido común". Hasta el punto de aplicar, en ocasiones, los avances de la ciencia sin ningún "sentido común", valga el absurdo...

La misma tarea de desmontar el "sentido común" fue emprendida también por las Ciencias Sociales, pero con un éxito más que dudoso... Puede que haya sido así porque tratan cuestiones más cotidianas, o porque su eficacia es inferior y más difícil de probar, o porque con demasiada frecuencia amenazan las relaciones de poder existentes... Seguramente habrá un poco de todo...

El caso es que sigue costando una barbaridad extraer del ámbito del "sentido común" las preconcepciones, por poner unos pocos ejemplos, sobre los roles de género, sobre las realidades nacionales, sobre la naturaleza del trabajo remunerado... E incluso sobre el sentido del propio "sentido común"...

viernes, 22 de abril de 2011

El romanticismo

El romanticismo es el pequeño tesoro que se puede permitir hasta el más pobre.

Es algo que nos ilumina por dentro. Un fruto de nuestra imaginación, es verdad. Pero la imaginación en sí, y por ende sus efectos, son perfectamente reales.

El romanticismo es al mismo tiempo la fe y la ironía del relativismo, la alegría y la comprensión profunda. Nietzsche acusó a los científicos y a los hombres de razón de miseria moral por aferrarse a un castillo de tautologías que ellos mismos habían elevado y del que se habían hecho esclavos. Y, aunque fuera una persona bastante trastornada que difícilmente pudiera dar lecciones sobre la felicidad, es fácil entender la razón que le asiste: vivir sólo en la ciencia, sólo en la razón, renegar de lo irracional que hay en nosotros, renunciar al arte... es vivir en la indigencia.

Saber no siempre implica entender. La importancia de un atardecer en la montaña, o de la inmensidad del cielo, o de la inteligencia humana, o de una alucinación que en cuestión de segundos pone en cuestión la fiabilidad de nuestros sentidos, o del gesto hermoso de un prójimo... no puede ser captada por el que sólo las enfoca como un hecho astronómico, neuronal o sociológico. Que es a lo que se tiende. A la imbecilidad instruida. El científico que hoy en día tiene este tipo de entendimiento se puede atribuir todo el mérito de ello, porque el sistema que le ha educado desde luego se esfuerza por lo contrario.

El romanticismo es más aún. Amar es sublimar y sublimar es imaginar, idealizar. Por tanto, vivir sin imaginar también es vivir sin amar. Nuevamente: grisura, mendicidad, tristeza...

Hasta en la política es necesaria la sublimación. Ideales sin hechos se convierten en fanatismo y/o desprendimiento de la sociedad. Pero la obsesión con los hechos, olvidados los principios, se convierte en un vagar sin rumbo. Cuando no en oportunismo de quien sólo quiere defender su profesión. Cuando no en la simple cobardía de no atreverse a hacer otra cosa. En todo caso pobreza, escasez, mezquindad...

Por no hablar de la relación entre la imaginación y la voluntad. La voluntad es la proyección en el mundo real de lo imaginado. Sin ella, nada cambia. Negar la voluntad y despreciar la imaginación es, por tanto, conservador.

El romanticismo es lo único que a veces nos queda. Saber que lo que estamos haciendo es hermoso. Lástima de aquellos que no son conscientes de la importancia de considerar hermoso lo que hacen porque están demasiado ocupados en ganar más dinero o en retener el poder o en satisfacer sus cualesquiera otras cochinas compulsiones.

Y más lástima todavía de aquellos que, sin tener dinero y sin tener poder, también reniegan del romanticismo. Renunciando voluntariamente a lo que les podría hacer ricos. Si la vida de aquellos es gris, la de éstos es negra, una vida sin orgullo ni dignidad.

domingo, 13 de marzo de 2011

La Verdad de Ágora

El otro día vi Ágora y me gustó mucho. No entiendo las críticas que se han vertido contra ella y sospecho que muchas tienen inconfesables motivaciones ideológicas. Es un film de bellas imágenes, estupendas actuaciones, un ritmo muy bien mantenido y equilibrio entre la veracidad histórica y el compromiso del autor.

Se trata de un hermoso alegato por la razón, la cordura y la pasión por el saber. Contra el oscurantismo religioso, y la manipulación de los curas. Sobre el drama de la verdad atrapada en el cepo del politiqueo.

Pero hay una reflexión cuya dimensión no es plenamente captada en la película. Y es la de porqué el cristianismo gana tantos adeptos. La respuesta no está oculta, la tenemos constantemente ante nuestras narices: porque libera a los esclavos. Porque, claro, es muy bonito contar la historia de un esclavo enamorado de su ama, pero lo cierto es que ésa no era la función principal de los esclavos.

El cristianismo oscureció las mentes y atacó la razón, pero ello debería hacernos pensar: ¿de qué sirven las luces de la ciencia a quienes están privados de su libertad? ¡Qué poca cosa es al final la razón si es privilegio de aquellos que pueden vivir del trabajo de sus esclavos!

Pensar la ciencia y la razón como algo abstracto, que está por encima de las condiciones sociales que las producen, es hacerles un flaco favor. Es condenarlas a estar siempre a la defensiva, a sentirse acosadas por la "plebe", a buscar refugio en espacios libres de la agitación social, bajo el paraguas, con frecuencia, del poder y sus intereses espurios. Un triste destino, alejado en la práctica del ideal de la reflexión pura, de la búsqueda de la Verdad por amor a la Verdad.

Dicho esto, me reitero en que la película es una delicia...

domingo, 10 de enero de 2010

Una caricatura del racionalismo


La razón como antítesis de la emoción. Una absurda y obviamente imposible negación de lo subjetivo es lo que ofrece el estereotipado racionalista Dr. House. La serie no hace sino ahondar en una caricatura de la razón que encanta a sus adversarios: argumentos simplistas y un duro dogmatismo. Es sintomático el recurso hasta rozar el sinsentido a argumentos genéticos: constantemente esto o aquello resulta ser "por imperativo evolutivo". Refleja el deseo de reforzarse con la robustez de los argumentos biológicos, simples y fuertes. Pero finalmente sólo consigue poner la ciencia, la razón, antidogmática por definición, al mismo nivel que las demás ideologías, religiosas o no.

Por otra parte, el personaje de House es una prueba "viviente" de que el ateísmo es amargura y la lógica es crueldad. Tras cada enfrentamiento con un irracionalista -religioso o no- todo termina en "sí, supongo que tienes razón, pero me da igual porque yo soy feliz y tú un infeliz, House" o "no tengo argumentos, pero mi vida tiene un sentido y la tuya no". Este estereotipo imbécil de racionalista incluye por supuesto el "yo no creo en nada". Evidentemente todo el mundo cree en algo, por eso ningún racionalista mínimamente en sus cabales utilizaría esa autodefinición. Sin embargo, House la utiliza, dando fácilmente pie a un "por eso vives tan atormentado".

Por último, House ha dado lugar a una tropa de seguidores que se identifican en serio con él. A fin de cuentas, es un tipo fuerte, duro, que no necesita a nadie, que anda solo por la vida (¡pero porque quiere, eh!), pegando cortes a diestro y siniestro, siendo siempre él mismo, y por supuesto (casi) siempre ganando, (casi) siempre teniendo razón. Es una imagen muy atractiva que a más de uno le gustaría dar de sí mismo. Pero esos minihouses se dejan llevar por la ficción de la serie y olvidan con facilidad, en su fantasía, lo que sería en la vida real House. Que, por muy genial que fuera, tendría ya los huevos morados por las patadas que se habría llevado a causa de sus comentarios machistas. O que, con toda probabilidad, se habría cargado ya un montón de gente y estaría en la cárcel o en un psiquiátrico. En lugar de babear por los pasillos tras las lujuriosas nalgas de la Dra. Cuddy.

A ver, que no estoy criticando la serie. Está muy bien hecha, engancha, es original. Que yo sólo quería hacer una breve referencia a las ideologías que habitan en la sociedad y en los medios norteamericanos.

jueves, 3 de septiembre de 2009

No vivimos para conocer. Conocemos para vivir.

En origen, no vivimos para conocer, sino que conocemos para vivir. Esto, que puede parecer muy evidente, en realidad nos dice mucho sobre la naturaleza de nuestro conocimiento y, por tanto, sobre cómo entendemos el mundo. El amor a la verdad como inclinación natural humana o el conocimiento puro como sentido de la vida no son sino construcciones ideológicas o reacciones psicológicas a unos contextos determinados.

martes, 18 de agosto de 2009

Las matemáticas no son metafísica

Las matemáticas son teorización sobre una realidad empírica.

Es decir, como toda actividad cognitiva, consta de procesos psico-sociales orientados a interpretar, a dotar de sentido, la información procedente de nuestras sensaciones. No se quiere con ello desmerecer el poder efectivo de la lógica matemática, ni tampoco calificarla como aleatoria o contingente. Pero sí señalar que es plenamente material tanto ella como su objeto de estudio, que no es nada metafísica, y que está relacionada con el conjunto de nuestras experiencias (sensibles, psicológicas y sociales) como cualquier otro sistema de conocimiento.

lunes, 27 de julio de 2009

Por las ciencias sociales

Impresiona la facilidad con la que todo el mundo opina sobre cuestiones referentes a las ciencias sociales. Se discute sobre conceptos como el Estado, la nación, la cultura, el género o la democracia con una desinhibición admirable que demuestra lo seguros que estamos de nosotros mismos los/las ciudadanos/as de esta nuestra avanzada civilización. Y sin embargo, cosas de la vida, a nadie se le ocurre discutir con un biológo sobre la telofase de la mitosis o con un físico sobre el neutrino tauónico. Mientras que en las cuestiones sociales cualquiera resulta ser experto. Los años y los miles de horas dedicados al estudio o a la investigación valorizan las palabras de un científico social lo justo para colocarlas, en el mejor de los casos, a ras de las de un tertuliano televisivo.

Esto no tiene que ver con el derecho a tener unos valores o una opinión: nada más lejos de mi intención que tecnocratizar la política. Es el proceso por el que organizamos nuestra convivencia en común y coordinamos nuestras respectivas convicciones, y en ese sentido todos/as tenemos unas opiniones políticas y todos/as hacemos política (por la activa o por la pasiva, consciente o inconscientemente). A lo que me refiero más bien es al manejo de conceptos y al conocimiento de realidades sociales. Por poner un ejemplo, para entender la problemática subyacente al nacionalismo no está de más saber lo que se entiende y en qué se diferencian las nociones de "nación", "Estado" y "Estado-nación", cómo emergió históricamente éste, qué clases de nacionalismos hay, qué argumentos utilizan y qué objetivos persiguen cada uno de ellos, cómo surgen y con qué dinámicas sociales están relacionados, etc. Y, de paso, también saber situar la propia posición de uno sobre el espectro ideológico. No digo que todo eso sea imprescindible para preferir tal o cual marco de soberanía. Pero sí que es recomendable antes de ponerse a divagar gratuitamente sobre cómo se originan las naciones o a echar pestes sobre posturas que fundamentalmente se desconocen o sólo se conocen de oídas.

No pretendo con esto tampoco hacer pasar los conceptos y los hechos sociales por algo que no son: carentes de polémica, como si estuvieran claramente definidos e inequívocamente aceptados por la academia en su conjunto. Todo lo contrario. El científico social tiene la ventaja no de saber exactamente lo que significa "nación" sino de entender la ambigüedad que el término esconde. Conoce su problemática, los distintos discursos, argumentos y posturas al respecto.

La ciencia ha hecho un enorme trabajo de desmentido del "sentido común". Así, ha conseguido que se acepte que el sol no es lo que parecía -un disco brillante que se mueve sobre el firmamento. Pero no que se entienda que no es exactamente lo mismo "nación" que "Estado". Algo igual de evidente a poco que se indague. Es como si alguien estuviera interesado en mantener la confusión...

Ya no parece que la sociología valga para nada más que para hacer estudios comparados de comportamiento sexual o predecir los resultados de las elecciones; la historia se ha visto reducida a un repertorio de curiosidades puramente anecdóticas; la antropología no va más lejos de exóticas y pintorescas fotos de los salvajes selváticos... Al menos de cara al público, las ciencias sociales no tienen derecho a ser útiles o profundas. En esa situación es normal que más de uno considere que no sirven para nada.


¿Cómo hemos ido a parar aquí? Sin ánimo de bucear en las causas más profundas, sólo indicar que, casi como en un acto reflejo, el dedo señala en dirección hacia los medios. La irresponsabilidad, la manipulación y la ignorancia con las que manejan los datos y las nociones de las ciencias sociales no parecen tener allí límite alguno. Detrás, las ambiciosas carreras de algunos periodistas. Mercenarios sin ética, industriales de la puesta en escena. Son los educadores de hoy.