Mostrando entradas con la etiqueta racionalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta racionalismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de abril de 2011

El romanticismo

El romanticismo es el pequeño tesoro que se puede permitir hasta el más pobre.

Es algo que nos ilumina por dentro. Un fruto de nuestra imaginación, es verdad. Pero la imaginación en sí, y por ende sus efectos, son perfectamente reales.

El romanticismo es al mismo tiempo la fe y la ironía del relativismo, la alegría y la comprensión profunda. Nietzsche acusó a los científicos y a los hombres de razón de miseria moral por aferrarse a un castillo de tautologías que ellos mismos habían elevado y del que se habían hecho esclavos. Y, aunque fuera una persona bastante trastornada que difícilmente pudiera dar lecciones sobre la felicidad, es fácil entender la razón que le asiste: vivir sólo en la ciencia, sólo en la razón, renegar de lo irracional que hay en nosotros, renunciar al arte... es vivir en la indigencia.

Saber no siempre implica entender. La importancia de un atardecer en la montaña, o de la inmensidad del cielo, o de la inteligencia humana, o de una alucinación que en cuestión de segundos pone en cuestión la fiabilidad de nuestros sentidos, o del gesto hermoso de un prójimo... no puede ser captada por el que sólo las enfoca como un hecho astronómico, neuronal o sociológico. Que es a lo que se tiende. A la imbecilidad instruida. El científico que hoy en día tiene este tipo de entendimiento se puede atribuir todo el mérito de ello, porque el sistema que le ha educado desde luego se esfuerza por lo contrario.

El romanticismo es más aún. Amar es sublimar y sublimar es imaginar, idealizar. Por tanto, vivir sin imaginar también es vivir sin amar. Nuevamente: grisura, mendicidad, tristeza...

Hasta en la política es necesaria la sublimación. Ideales sin hechos se convierten en fanatismo y/o desprendimiento de la sociedad. Pero la obsesión con los hechos, olvidados los principios, se convierte en un vagar sin rumbo. Cuando no en oportunismo de quien sólo quiere defender su profesión. Cuando no en la simple cobardía de no atreverse a hacer otra cosa. En todo caso pobreza, escasez, mezquindad...

Por no hablar de la relación entre la imaginación y la voluntad. La voluntad es la proyección en el mundo real de lo imaginado. Sin ella, nada cambia. Negar la voluntad y despreciar la imaginación es, por tanto, conservador.

El romanticismo es lo único que a veces nos queda. Saber que lo que estamos haciendo es hermoso. Lástima de aquellos que no son conscientes de la importancia de considerar hermoso lo que hacen porque están demasiado ocupados en ganar más dinero o en retener el poder o en satisfacer sus cualesquiera otras cochinas compulsiones.

Y más lástima todavía de aquellos que, sin tener dinero y sin tener poder, también reniegan del romanticismo. Renunciando voluntariamente a lo que les podría hacer ricos. Si la vida de aquellos es gris, la de éstos es negra, una vida sin orgullo ni dignidad.

domingo, 13 de marzo de 2011

La Verdad de Ágora

El otro día vi Ágora y me gustó mucho. No entiendo las críticas que se han vertido contra ella y sospecho que muchas tienen inconfesables motivaciones ideológicas. Es un film de bellas imágenes, estupendas actuaciones, un ritmo muy bien mantenido y equilibrio entre la veracidad histórica y el compromiso del autor.

Se trata de un hermoso alegato por la razón, la cordura y la pasión por el saber. Contra el oscurantismo religioso, y la manipulación de los curas. Sobre el drama de la verdad atrapada en el cepo del politiqueo.

Pero hay una reflexión cuya dimensión no es plenamente captada en la película. Y es la de porqué el cristianismo gana tantos adeptos. La respuesta no está oculta, la tenemos constantemente ante nuestras narices: porque libera a los esclavos. Porque, claro, es muy bonito contar la historia de un esclavo enamorado de su ama, pero lo cierto es que ésa no era la función principal de los esclavos.

El cristianismo oscureció las mentes y atacó la razón, pero ello debería hacernos pensar: ¿de qué sirven las luces de la ciencia a quienes están privados de su libertad? ¡Qué poca cosa es al final la razón si es privilegio de aquellos que pueden vivir del trabajo de sus esclavos!

Pensar la ciencia y la razón como algo abstracto, que está por encima de las condiciones sociales que las producen, es hacerles un flaco favor. Es condenarlas a estar siempre a la defensiva, a sentirse acosadas por la "plebe", a buscar refugio en espacios libres de la agitación social, bajo el paraguas, con frecuencia, del poder y sus intereses espurios. Un triste destino, alejado en la práctica del ideal de la reflexión pura, de la búsqueda de la Verdad por amor a la Verdad.

Dicho esto, me reitero en que la película es una delicia...

domingo, 20 de junio de 2010

Atrapado

Desde hace un tiempo me siento atrapado.

Atrapado entre quienes quieren prohibir el burka por racismo puro y duro, y quienes no ven en el burka más que un simpático atuendo étnico.

Atrapado entre quienes odian a las prostitutas porque proyectan sobre ellas su misoginia, y quienes creen que ser puta es una profesión como otra cualquiera.

Atrapado entre quienes rechazan todo lo tradicional -porque rechazan lo sencillo y popular- y quienes resucitarían, si les dejasen, hasta los combates de gladiadores.

Atrapado entre quienes han hecho del científico el nuevo santo incorruptible, y quienes ven en la ciencia un maligno mecanismo del poder.

Atrapado entre quienes creen que hay una conspiración de capitalistas para controlar el mundo y quienes creen que el capital no intenta controlarlos.

Atrapado entre quienes piensan que la única razón posible es la de los libros en los que les ha dado por creer, y quienes no creen que haya razón alguna en absoluto.

Estoy en la misma trampa que buena parte de la izquierda actual. Nos obligan a elegir, nos recluyen en una rígida agenda, la moderna mordaza mediática. Nos destierran del terreno del sentido común y nos privan de la que ha sido una de nuestras armas ideológicas más fuertes, la racionalidad.

Y así unas izquierdas se lanzan incautamente a los brazos del irracionalismo -sólo para desmarcarse de sus enemigos ideológicos. Otras izquierdas se entregan a debates circulares que ya no interesan a nadie desde hace décadas. Y otras "izquierdas" intentan desesperadamente agarrarse a sillones que llevan demasiado tiempo calentando.

También hay izquierdas vivas, izquierdas que pelean por hacerse oír y no se resignan a elegir entre sus dos absurdas opciones. Pero se están quedando sin espacio para respirar. Hay que hacerse oír, ahora que aún se está a tiempo: la razón, el sentido común, la dialéctica, el respeto, la solidaridad y la justicia no son una opción más. Son nuestra única posibilidad.

miércoles, 20 de enero de 2010

Cuestión de confianza

Uno de nuestros problemas es que ya no confiamos los unos en los otros. Ya nadie escucha a nadie.

Nos hemos vuelto demasiado listos. El otro ya no es nadie para decirnos nada, ya nada nuevo se puede aprender del que tenemos al lado. Ahora sabemos demasiado para confiar en las tradiciones o, por el contrario, en el primer iluminado que pase a nuestro lado, como sucedía antaño. Y, en combinación con la cultura individualista del capitalismo avanzado que ha ensanchado nuestros egos a más no poder, ello está generando una sociedad de sordos nada mudos: todo el mundo habla, nadie escucha.

A simple vista parece que estamos creando una sociedad de individuos menos crédulos, más independientes y con más criterio. Pero en realidad la destrucción de la confianza mutua tiene algunas consecuencias dramáticas.

En primer lugar, el individuo en exceso confiado en sí mismo es, a fin de cuentas, la presa más fácilmente manipulable. Como dice una canción: "No hace falta cuchillo para robar al jactancioso, con seguirle un poco la corriente puedes hacer con él lo que quieras." (en ruso rima más). Por muy listos que nos creamos, siempre habrá alguien aún más listo que además sabrá aprovecharse de nuestro egocentrismo. He ahí el ejemplo más inocente de todos, el de la publicidad, que no para de adular nuestra individualidad, originalidad, inteligencia... todo para conseguir que compremos lo que nos dicen. Cuando más independientes nos creemos, resulta que más esclavos somos...

En segundo lugar, el niño aprende porque confía en el maestro o en sus padres. Si de mayores perdemos toda capacidad de confiar, perdemos asimismo toda capacidad de aprender. Nos aferramos a nuestros dioses personales y nos convertimos en dogmáticos de nosotros mismos.

Porque se trata de una cuestión de confianza, no de fe. La crisis de confianza, y a eso quería llegar, es una crisis de la razón. La fe es ciega e irracional, pero la confianza es precisamente la opción por escuchar al otro confiando en oír algo interesante en sus palabras. Es la confianza en la fuerza de los argumentos. En que si éstos son buenos, es bueno que nos convenzan. Y si son malos, no nos convencerán. Es, por tanto, en última instancia, confianza en la razón.

No es extraño entonces que en una época de razón convertida en sofismas, por un lado, y apología del irracionalismo, por otro, la confianza también entre en crisis. Al ver como los argumentos son sistemáticamente manipulados o suprimidos en aras de la mistificación del turno, ¿cómo confiar? ¿para qué confiar?

domingo, 10 de enero de 2010

Una caricatura del racionalismo


La razón como antítesis de la emoción. Una absurda y obviamente imposible negación de lo subjetivo es lo que ofrece el estereotipado racionalista Dr. House. La serie no hace sino ahondar en una caricatura de la razón que encanta a sus adversarios: argumentos simplistas y un duro dogmatismo. Es sintomático el recurso hasta rozar el sinsentido a argumentos genéticos: constantemente esto o aquello resulta ser "por imperativo evolutivo". Refleja el deseo de reforzarse con la robustez de los argumentos biológicos, simples y fuertes. Pero finalmente sólo consigue poner la ciencia, la razón, antidogmática por definición, al mismo nivel que las demás ideologías, religiosas o no.

Por otra parte, el personaje de House es una prueba "viviente" de que el ateísmo es amargura y la lógica es crueldad. Tras cada enfrentamiento con un irracionalista -religioso o no- todo termina en "sí, supongo que tienes razón, pero me da igual porque yo soy feliz y tú un infeliz, House" o "no tengo argumentos, pero mi vida tiene un sentido y la tuya no". Este estereotipo imbécil de racionalista incluye por supuesto el "yo no creo en nada". Evidentemente todo el mundo cree en algo, por eso ningún racionalista mínimamente en sus cabales utilizaría esa autodefinición. Sin embargo, House la utiliza, dando fácilmente pie a un "por eso vives tan atormentado".

Por último, House ha dado lugar a una tropa de seguidores que se identifican en serio con él. A fin de cuentas, es un tipo fuerte, duro, que no necesita a nadie, que anda solo por la vida (¡pero porque quiere, eh!), pegando cortes a diestro y siniestro, siendo siempre él mismo, y por supuesto (casi) siempre ganando, (casi) siempre teniendo razón. Es una imagen muy atractiva que a más de uno le gustaría dar de sí mismo. Pero esos minihouses se dejan llevar por la ficción de la serie y olvidan con facilidad, en su fantasía, lo que sería en la vida real House. Que, por muy genial que fuera, tendría ya los huevos morados por las patadas que se habría llevado a causa de sus comentarios machistas. O que, con toda probabilidad, se habría cargado ya un montón de gente y estaría en la cárcel o en un psiquiátrico. En lugar de babear por los pasillos tras las lujuriosas nalgas de la Dra. Cuddy.

A ver, que no estoy criticando la serie. Está muy bien hecha, engancha, es original. Que yo sólo quería hacer una breve referencia a las ideologías que habitan en la sociedad y en los medios norteamericanos.