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domingo, 20 de marzo de 2022

La hegemonía en el cine a través de las décadas

Todo viene de la intuición que tenía de hace tiempo de que el cine europeo ha tenido tiempos mejores (como Europa misma). Pero mejores de verdad: películas que se quedan para la posteridad. Para comprobarlo, he buceado en la base de datos de Filmaffinity y he sacado a qué región pertenecieron las 100 películas mejor valoradas en cada década. He aquí el resultado:

Al tiempo que confirmo que Europa ha tenido tiempos mejores, observo 3 fases bastante claras que coinciden con el impacto de la Guerra Fría:

Fase 1: años 20-30-40

La hegemonía de EEUU nunca volverá a ser tan apabullante como en la Edad Dorada. Europa (Francia, Alemania y la URSS principalmente) también tiene mucho que decir en los años 20 aunque a partir de ahí va bajando y Norteamérica va subiendo hasta el momento culminante de los años 40 cuando los países europeos estaban, supongo, muy liados en otras cosas.

Fase 2: años 50-60-70-80

La Guerra Fría le sienta muy bien a Europa también en el cine. El cine europeo alcanza su cota más alta en los años 70. Las cuatro décadas que dura este período se caracterizan al mismo tiempo por ser las más bajas para el cine norteamericano y por la irrupción del cine japonés que goza de un primer período de esplendor en los años 50 y 60.

Fase 3: años 90-00-10

Desde los años 90 EEUU vuelve a posiciones hegemónicas aunque de forma más moderada. Europa toca suelo en la primera década del siglo y en esa misma década otras regiones se abren espacio, especialmente el cine latinoamericano (sobre todo, por Argentina pero también por Brasil y Colombia) y el asiático.

La composición interna de Europa esconde, además, una importante sorpresa. Su historia es básicamente la historia del ascenso británico:

Tras un período de Entreguerras, en que el cine europeo más destacado está sobre todo en Francia, Alemania y la URSS, otros países se van sumando con un número cada vez mayor de producciones dando lugar al período de mayor auge del continente en su conjunto. Pesan sobre todo Italia desde los 40, Suecia y España desde los 60, pero también Portugal, Dinamarca y Polonia, y en menor medida Checoslovaquia, Grecia, Irlanda, Noruega, etc.. Una diversidad espectacular que no se volverá a dar.

Todo acaba a partir de los 90. El cine ruso se podría decir que desaparece del mapa junto con la URSS, y los demás se ven reducidos a su mínima expresión, inclusive la sólida industria de cine francés. Si hablamos de cine anglosajón como un conjunto (estadounidense, británico, australiano, neozelandés, canadiense), nos encontramos con su hegemonía absoluta en las décadas posteriores a la Guerra Fría.

No quiero terminar sin mostrar la composición interna del cine asiático que, siempre dominado por Japón, da también una poderosa emergencia de Corea del Sur en las últimas décadas. Me llama la atención la práctica ausencia (por el momento) de China.

viernes, 14 de mayo de 2021

La propiedad privada y la contaminación radiactiva

Al principio todo eran campos. Nada era de nadie y algunas cosas eran de quien las usaba. Como la cueva en la que vivía. Y si alguien venía a meterse en su cueva, este lógicamente la defendía del intruso. Pero tan pronto como dejaba de necesitar esa cueva (por ejemplo, porque se iba a vivir a la cueva de sus suegros que era más grande) esa cueva caía en desuso y volvía a no ser de nadie.

Pero en algún momento de la Historia alguien dijo: no, esto no solo será mío mientras lo utilice y lo necesite sino para siempre, aunque me vaya, aunque me muera. Y así nació la propiedad privada, un derecho divino que trasciende la realidad del uso y trasciende incluso la muerte.

Pero ni siquiera el hombre más fuerte era capaz de defender una cueva de la que se ha ido. Entonces reunió las pieles de oso que había acumulado (por ser el cazador más hábil, o por un golpe de suerte, o por haberlas robado, quién sabe) y las repartió entre otros hombres fuertes. Les grapó una placa a la piel de oso, les dio una porra y los puso a vigilar su cueva mientras él no estaba.

Al principio los demás no entendían nada. ¿Cómo que no puedes entrar en una cueva vacía si te estás mojando? Pero a golpe de porras lo fueros entendiendo, interiorizando y confundiendo con el derecho de uso.

Los efectos de la propiedad privada son semejantes a la contaminación radiactiva. Una vez privatizado algo, es muy difícil descontaminarlo. Se convierte en un suelo que no podrá pisar el ser humano sin cumplir determinadas condiciones durante siglos, mucho más tiempo del que vive una persona, del que vive una civilización incluso. La privatización es la sustracción permanente de una parte de la realidad no solo a otras personas sino a futuras generaciones con una justificación que raya en lo religioso.

La propiedad privada es un robo y la privatización, un crimen.

lunes, 8 de junio de 2020

Mapa: formación de los Estados modernos


Acertadas o no, las decisiones que he tenido que tomar en la elaboración de este mapa han sido una estupenda oportunidad para reflexionar sobre la relatividad y complejidad de los conceptos vinculados a la formación de los Estados modernos: soberanía, territorialidad, continuidad.

Empezando por la difícil definición de lo que es un Estado y lo que no lo es. Aunque ningún ente puede recibir calificativo de Estado moderno por lo menos hasta el siglo XVI, muchos mantienen una relación de continuidad patente con formaciones actuales. He intentado situar el hecho soberano en el centro de la metodología aunque también este ofrece multitud de grises: ¿es soberano un ente como el Sacro Imperio, formado por múltiples vasallos independientes de facto? ¿Es soberano un reino formalmente independiente pero que paga tributos como lo haría durante siglos Valaquia respecto al Imperio Otomano? En general, me he declinado por un criterio restrictivo en estos casos: salvo que el ente fuera manifiestamente independiente, lo he considerado parte integrante de un ente superior.

La segunda dificutad metodológica se refiere a la continuidad. Para dar una definición exacta y única he considerado que hay continuidad entre un ente histórico y un Estado actual:
1. desde el momento en que aquel ocupa el 75 % del territorio del actual Estado,
2. siempre que la capital del ente se encuentre en el territorio del Estado contemporáneo,
3. y la capital del Estado actual se encuentre en el territorio del ente histórico.

Estos criterios han dado lugar a dos tipos de entes.
a) Los formados por ampliación: aquellos que, como Castilla tras la toma de Granada, Rusia en su expansión siberiana, Inglaterra tras su unión con Escocia o Rumanía tras la anexión de Transilvania, han alcanzado el 75 % de su territorio en un proceso, normalmente progresivo, de ampliación.
b) Los formados por secesión: aquellos que han pasado a cumplir las condiciones anteriores de forma sobrevenida al convertirse en soberanos tras una separación de un ente más amplio: Suecia tras su salida de la la Unión de Kalmar, Países Bajos tras conquistar su independencia del Imperio Español o Eslovaquia tras la separación de Checoslovaquia.

Y una última decisión metodológica, quizás la más cuestionable (y no porque las otras no lo sean). ¿Qué hacer con las pérdidas temporales de soberanía? Sería absurdo reiniciar la cuenta de la soberanía italiana por el lapso que esta le fue arrebatada durante la II Guerra Mundial pero igualmente absurdo sería considerar que la soberanía italiana es continuadora de aquella otra del Imperio Romano desaparecido hace un milenio y medio. Como por algún lado había que cortar, y en el mismo afán de tener un criterio objetivo y único para todos los casos, he tomado el límite temporal de los 100 años para considerar que se mantiene la continuidad.

domingo, 26 de abril de 2020

Defender la igualdad, respetar la diversidad

La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la ...

La diversidad es una realidad a respetar. No un valor a promover.

Así podría formular una de las conclusiones principales que me vienen a la cabeza tras terminar La trampa de la diversidad de Daniel Bernabé. Agradecer a autor, en primer lugar, sus dotes de observador, su capacidad para describir de forma gráfica la realidad política y su sentido de humor (Para un neoliberal hasta un semáforo es liberticida, casi como un gulag con luces, me he podido reír mucho con esto).

Pero si recomiendo sin duda su lectura, es sobre todo por los debates que plantea. Especialmente por la pregunta central: ¿hasta qué extremo se puede llegar por el camino de obviar lo común y reivindicar lo particular? El libro describe un gran problema objetivo: la izquierda débil e impotente que emergió tras la crisis de los años 90 ha sobrevivido eligiendo el camino fácil de atender la agenda mediática de la diversidad y ahora va camino de convertirse, emulando el modelo liberal estadounidense, en un popurrí incoherente de reivindicaciones fractales que, llevadas a sus últimas consecuencias lógicas suponen el encumbramiento del individuo por encima de lo social. Un camino claramente contra natura para toda tradición de izquierdas.

El libro también hace un importante apunte: el trabajo como elemento político central es un antídoto contra el veneno liberal. Bernabé describe una realidad alarmante: la condición de trabajador está siendo enfocada en los entornos politizados como una categoría identitaria más. Están los gays, los trans, los negros, los veganos, los refugiados y también, aparte, los trabajadores. El papel del trabajo como factor estructurante de la vida social y política para todos (los gays, los trans, los negros, los veganos, los refugiados inclusive) es felizmente ignorado por el activismo que acapara el protagonismo político de la izquierda.

También hay que señalar algunas debilidades importantes en el libro. En primer lugar, su marco teórico le queda grande. Bernabé toma como paradigma el paso de la Modernidad a la Posmodernidad. En el último medio siglo habríamos transitado, supuestamente, de un mundo regido por el espíritu de la racionalidad, lo social, lo universal y lo transformador a otro gobernado por el irracionalismo, lo individual, el relativismo y, en definitiva, el fatalismo. Es verdad que se reconocen en este relato muchas de nuestras realidades y también está claro que todos estos binomios (racionalismo - irracionalismo, justicia social - individualismo, teorías universales - teorías parciales, voluntad transformadora - resignación) están estrechamente conectados. Pero todo ello no implica que se los pueda alinear fácilmente en ese supuesto eje histórico que sería Modernidad-Posmodernidad. Esta alineación sirve al autor para asociar el supuesto declive de la Modernidad con el declive de lo que sería para él su máximo exponente: el socialismo. Pero este esquema no resiste un análisis riguroso.

No es evidente, por ejemplo, que el socialismo sea la quinta esencia del pensamiento moderno. Hay autores tienden a enfocarlo como la vertiente social de la tradición racionalista moderna. Otros racionalismos habrían competido con el socialismo en una especie de mercado de teorías modernas. Y una de ellas habria sido el liberalismo: presa de individualismo metodológico pero tan racionalista como el socialismo.

Las conclusiones llegan en cascada. Si hay varias teorías racionalistas en pugna, hay que reconocer que la razón no produce una y solo una teoría universal. La razón es una buena herramienta, un lenguaje para entendernos, pero no conduce siempre a los mismos resultados y viene condicionada siempre por las condiciones materiales de la existencia de quien razona. La crítica del universalismo (que ya encontramos en autores indiscutiblemente modernos como Weber) podría ir asociada actualmente a lo que algunos autores han denominado modernidad reflexiva: una modernidad que reflexiona sobre sí misma. No habría en ese sentido una Posmodernidad, sino tan solo una Modernidad que se actualiza a través de la autocrítica, sin renunciar a su esencia que es el uso de la razón.

Bernabé sitúa los primeros cuestionamientos de la Ilustración en la posguerra pero eso supone ignorar el Romanticismo, a Nietzsche o el fascismo, por poner solo tres ejemplos de envergadura. Ni antes éramos tan racionales, ni ahora hemos dejado de serlo. Los brotes de pensamiento mágico e irracionalismo a los que asistimos periódicamente, muy magnificados ahora por las redes sociales, no alcanzan una extensión que realmente permita hablar de una crisis del racionalismo dominante. La prueba de que su hegemonía se mantiene está en que incluso muchas de las supersticiones contemporáneas (como la homeopatía) buscan la coartada de la ciencia y la razón y no se reconocen abiertamente irracionalistas al estilo de las religiones tradicionales o los misticismos de la Nueva Era.

Y por lo que respecta a la política, esta nunca fue el debate racional en sociedad que el autor pretende. Como Bernabé mismo dice, la gente más que votar a un partido era de un partido. Se trata de una descripción muy acertada, pero no apunta ni de lejos a un comportamiento ilustrado. Los eventos y formalidades siempre tuvieron una importancia fundamental en la adhesión a los movimientos políticos tradicionales y antes de afirmar que las ideologías han perdido importancia quizás sería conveniente definir ideología.

Ni la racionalidad en sí se está muriendo, ni el pensamiento en clave social lo hace. Lo que sí es constatable es el declive del pensamiento que asociaba con éxito ambos elementos, lo social y lo racional: el pensamiento de izquierdas. Las lógicas liberales se han hecho hegemónicas en el campo racionalista y el espacio de lo social viene a ser ocupado por ideologías irracionalistas (nacionalismos, religiones). Pero eso no significa que hayamos retrocedido a un tiempo premoderno porque nunca hubo un tiempo premoderno donde las personas [compitiesen] en un mercado de especificidades. Este estado (liberalismo hegemonizando la razón y los nacionalismos dominando lo social) es simplemente capitalismo, el de toda la vida (que a su vez es resultado, dicho sea de paso, de la Modernidad). En realidad, el propio Bernabé lo reconoce cuando dice que la revolución neoliberal (aunque yo no hablaría en ningún caso de revolución) no es más que una restauración victoriana. El libro está plagado de estas pequeñas contradicciones fruto del deseo de hacerlo encajar todo en un gran marco teórico único y coherente. Se trata de un esfuerzo que, a mi entender, no aporta nada a las tesis centrales del ensayo.

También como parte de ese empeño de abarcar demasiado se mezclan temas que no tienen relación directa. Uno de los ejemplos predilectos del autor (que abre el libro y es retomado en repetidas ocasiones) es el de la campaña para que las mujeres pudieran fumar en público. No es que no sea jugosa la historia de cómo la industria tabacalera manipuló aquella reivindicación. ¿Pero cómo hilar aquella defensa ¡de la igualdad! con el leitmotiv principal del libro: la trampa de la diversidad? Aquellas mujeres no pretendían diferenciarse y fragmentar, sino todo lo contrario.

Otra cosa que pasa cuando alineamos todos los hechos para que sean coherentes con nuestro marco teórico es que empieza a parecer que había un plan premeditado. Es decir, una conspiración. Es verdad que es muy difícil describir sin parecer un conspiranoico el mundo real, en el que los medios de comunicación, muy concentrados, mantienen una agenda, los poderosos se reúnen en clubes cerrados para discutir políticas a nivel global, y se fabrican intereses creados en un juego con apuestas muy elevadas. Pero construir un relato que por momentos deja la sensación de que todo lo que ha pasado en los últimos 40 años más o menos ha seguido un plan diseñado en think tanks neoliberales no parece la mejor manera de hacerlo.

La historia real es más errática que eso. Sus fuerzas motrices son más materiales y menos ideológicas. Así, por ejemplo, el hecho de que con Thatcher amplias capas de la clase trabajadora urbana se convirtieran en propietarias de vivienda causó más impacto en su forma de pensar que todas las series de HBO y Netflix que vinieron después. La miríada de empresas que se alimentan del individualismo de la clase media aspiracional, a las que Bernabé acusa de representar un modelo pensado para destruir la acción colectiva, en realidad piensan principalmente en ganar dinero, sin más. De la misma manera que Ford no pensaba que su modelo productivo fuera a facilitar el desarrollo de los grandes sindicatos.

En definitiva, no fue la ingeniería social de los ideólogos neoliberales con sus intentos de control mental de masas. Ya les hubiera gustado. La izquierda ya estaba descompuesta cuando llegó la obsesión con el lenguaje inclusivo. Los partidos no se vaciaron por ese cambio de orientación ideológica, como sugiere el autor. Se vaciaron por otras causas en las que no voy a entrar ahora y, al buscar soluciones, una parte de la izquierda se lanzó al mercado de la diversidad.

A partir de ese momento en los partidos de la nueva izquierda se van mezclando desde antiguos militantes obreros hasta cachorros desclasados de la burguesía metidos a activistas. Y esto me conduce a mi última pregunta: ¿para quién es este libro? ¿Qué pretende y qué consigue? Seguro que recogió el aplauso de los que ya estaban convencidos. Y seguro que los denostados activistas de Bernabé encontraron por dónde atacar una argumentación que, al intentar abarcar tanto, dejaba muchos flancos abiertos. Pero al final de tanta polémica, que siempre es muy entretenida, siempre me queda esa pregunta: ¿convence este libro a quien tiene que convencer?

viernes, 17 de enero de 2014

Problemas de ayer... ¿y de mañana?

Así relata, con un punto crítico-sarcástico, las condiciones del transporte público la revista "El comité de vecinos" del 24 de enero de 1937. Pero no nos riamos demasiado. Que como siga esto así, mañana nos podemos encontrar con lo mismo: por el momento, todos sabemos que el metro y los autobuses pasan menos, van más lento, se paran más y son más caros. Que nadie se crea que hemos tocado fondo:
Los tranvías se han convertido en vehículos para hombres, para hombres duchos en equilibrismo y atletas. Las mujeres, las sufridas mujeres que aguantan horas y horas en las aborrecibles colas, tienen que renunciar al tranvía, a menos que se presten a viajar lapidadas, soportando los empujones de unos y otros.

jueves, 16 de enero de 2014

Zona Militar en el Madrid asediado

Hasta el 24 de abril de 1937, Madrid tuvo un gobierno militar a cargo del general Miaja. Desde esa fecha, se crea la Zona Militar, bajo administración del Ejército. El resto de la ciudad recupera su gobierno civil.


Mostra Zona Militar en un mapa més gran

domingo, 12 de enero de 2014

Avenida de la Unión Soviética y otras calles de Madrid

¿Os suena la avenida de la Unión Soviética de Madrid?


Cuya continuación es la avenida de la CNT:


Ambas serían conocidas algo más tarde como la avenida de José Antonio Primo de Rivera:


La CNT, además de la avenida también tuvo una calle en la capital española...


...que confluía en la plaza de la Alianza Obrera...


...con la calle (¡no os lo perdáis!) de la UGT...


...que a su vez finalizaba al encontrarse el paseo de la Unión Proletaria:


¿Qué tal? ¿Os ha faltado alguna por adivinar? ;)

  • Avenida de la Unión Soviética / avenida de la CNT / avenida de José Antonio Primo de Rivera: Gran Vía
  • Calle de la CNT: calle Sagasta
  • Plaza de la Alianza Obrera: plaza de Alonso Martínez
  • Calle de la UGT: calle Génova
  • Paseo de la Unión Proletaria: paseo de la Castellana
Algo más de 200 calles cambiaron de nombre durante la Guerra Civil y luego nuevamente, tras la victoria de Franco. Prácticamente todas recuperarían sus títulos originales con Tierno Galván de alcalde, durante los años 80.

sábado, 11 de enero de 2014

¿Borrar la Historia?

Cuenta la investigadora Valentina Fernández Vargas que su abuelo "era firme partidario del sistema neoyorkino de numerar las calles. Así se evita —decía— que cambien de nombre siguiendo las alteraciones políticas."

Es verdad que los nombres de las calles, al igual que la Historia, los sobreescriben los vencedores. Pero numerarlas es parte del intento estadounidense de borrar la Historia. Renegaron de la Historia de su metrópoli, exterminaron la Historia de los aborígenes en cuyas tierras se asentaron, numeraron las calles y pretendieron crear una eterna "tabula rasa" social: la ficción de que cada generación empieza a construir de cero. Como si nunca nada hubiera pasado antes: sólo números.

¿Pero qué es la Historia? ¿Un inútil lastre de odios y prejuicios que arrastramos con nosotros allá donde vayamos? ¿O una realidad que es peligroso ignorar?

lunes, 13 de febrero de 2012

Historia al servicio del pesimismo antropológico

La Historia, en tanto ciencia y no mera historiografía, es una disciplina analítica, reveladora de las relaciones causales e incluso dotada de una cierta capacidad predictiva.

La Historia es una ciencia absolutamente necesaria. Sin ella, estamos irremediablemente condenados a la impotencia, al bucle de los mismos errores una y otra vez. A acumular quizás (bienes, conocimientos...), pero sin progresar, sin ser más racionales y conscientes.

Pero en manos conservadoras la Historia, en lugar de ayudarnos a avanzar hacia donde queremos, se convierte en el medio para hacer que nos quedemos donde estamos. Sazonada de pesimismo antropológico, de teologías basada en el pecado original o de individualismo metodológico, proclama que el ser humano es incorregible y que más vale lo malo conocido...

Se convierte en una teoría de largo alcance que intenta convencernos de que el ser humano ha sido siempre igual de insolidario y egoísta, un lobo para sus hermanos. Niega que pueda existir progreso alguno. Afirma que siempre y en todas partes ha prevalecido la guerra de todos contra todos, y que apenas existe un instinto de sociabilidad en nosotros.

Una teoría muy conveniente para algunos, alérgicos a cualquier insinuación de que podamos esforzarnos por ser mejores y actuar en común. También para aquellos, claro, que se sienten cómodos con las cosas tales como están.

Pretende seguir siendo ciencia, pero se vuelve ideología. Porque una ciencia de verdad explica, previene y ayuda. Pero nunca, jamás, una ciencia nos dice lo que no podemos ser.

martes, 3 de enero de 2012

Quien no lo ve, es porque no quiere...

Apasionante es la cuestión de la interpretación del Cantar de los Cantares.

Lo lees y parece inverosímil que un poema tan claramente erótico pueda interpretarse en el sentido del amor entre Dios y la comunidad de creyentes. Que no puede ser que tal comparación hubiera salido sino de una mente inflamada por las drogas o por la religión.

Es posiblemente el mejor ejemplo de que siempre vemos lo que queremos ver. Disponemos de un número reducido de claves interpretativas y son las que manejamos. Y está claro que para unos ese número es más reducido que para otros. En el cristianismo, en las simplezas de la teoría económica liberal o en la escolástica marxista, por doquier se pueden encontrar personas que son simplemente incapaces de ver el mundo en tres dimensiones.

Fray Luis de Limón es uno de los máximos exponentes de los psicopáticos extremos que puede alcanzar la mente humana. Por sus santos cojones de fraile tenía que hacer encajar el Cantar en las coordenadas religiosas más impensables y su exégesis merece ser leída para admirar el sobrehumano esfuerzo que, a buen seguro, le supusieron versos como estos:
¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
El rey me ha metido en sus cámaras;
Nos gozaremos y alegraremos en ti
Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable
Como las tiendas de Cedar,
Como las cortinas de Salomón.
No reparéis en que soy morena,
Porque el sol me miró. (Se ve que ya en la antigua Judea los caballeros las preferían rubias...)
He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa;
Tus ojos entre tus guedejas como de paloma;
Tus cabellos como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de Galaad.
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas,
Que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y ninguna entre ellas estéril.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela,
Que se apacientan entre lirios.
¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía! (A todo eso, ¿cuándo ha considerado el dios judeo-cristiano a la esirpe humana "hermana" suya?)
Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa;
Miel y leche hay debajo de tu lengua
Venga mi amado a su huerto,
Y coma de su dulce fruta.
¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias,
Oh hija de príncipe!
Los contornos de tus muslos son como joyas,
Obra de mano de excelente maestro.
Tu ombligo como una taza redonda
Que no le falta bebida.
Tu vientre como montón de trigo
Cercado de lirios.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela.
Tenemos una pequeña hermana,
Que no tiene pechos;
¿Qué haremos a nuestra hermana
Cuando de ella se hablare?
(Aquí es cuando el relato ya se vuelve demencial y discuten de con quién van a casar a la hermana pequeña de la "amada", al parecer de escaso tetamen.)

martes, 27 de diciembre de 2011

viernes, 8 de julio de 2011

El sentido profundo del "sentido común"

¿A qué nos referimos cuando apelamos -y lo hacemos con gran frecuencia- al "sentido común"? Intuitivamente entendemos que "de sentido común" es "lo normal", "lo evidente por sí mismo", algo que no necesita demostración...

¿Qué puede ser tan poderoso?

Echando mano de la RAE, descubro lo siguiente:
sentido común.

1. m. Modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas.

Me veo entonces gratamente sorprendido por la perspicacia de los señores académicos. Bastante más razonables, sólo por esta vez, que los redactores de la Wikipedia: "El término sentido común describe las creencias o proposiciones que benefician (??) a la mayoría de la gente de una familia, clan, pueblo y/o nación".

Es tan buena la definición de la RAE porque, desechando las interpretaciones superficiales va, siguiendo una metodología casi durkheimiana, al grano: "lo común" es lo generalizado, subrayando así que se trata de un concepto eminentemente social. El "sentido común" es un cuerpo de creencias compartidas que aplicamos intuitiva y acríticamente.


Así definido, se ve claro que el "sentido común" comparte todas las virtudes y vicios de las creencias colectivas. Muchas menos probabilidades de error que las de las creencias individuales. Pero, al mismo tiempo, errores más profundos e inamovibles.

Casi todas las creencias sociales son ciertas o, al menos, eficaces (de esta constatación nació aquel proverbio de "dos cabezas piensan mejor que una"). Es normal, son el resultado de una ingente acumulación de experiencias. Y cuantas más vivencias suman más completo se vuelve el cuadro. Ésta ha sido la base del progreso humano, al menos hasta la aparición de la ciencia moderna: acumulación de experiencias y evolución del "sentido común".

Por otra parte, cuando el "sentido común" se equivoca, las consecuencias pueden llegar a ser dramáticas. No sólo porque, al ser un error colectivo, adquiere proporciones mayores, sino también porque las creencias compartidas se retroalimentan formando bloques impenetrables que no sucumben ni ante las evidencias más flagrantes.

Es infinitamente más poderoso lo que piensa mi entorno que lo que ven mis ojos.

Recordemos que hubo un tiempo en que era "de sentido común" que la luna era del tamaño de una moneda, o que la desaparición de un niño tenía que ser necesariamente cosa de brujería, o que lavarse más de una vez al año era perjudicial para la salud. Y no había quien nos sacase de allí...

La mayor cruzada jamás acontecida contra el "sentido común" fue la emprendida por la ciencia moderna. Y gracias a la enorme eficacia del método científico se operó en cuestión de décadas la mayor revolución de la Historia: la ciencia pasó a ser el "sentido común". En adelante, hacer caso a los científicos sería cada vez más una cuestión "de sentido común". Hasta el punto de aplicar, en ocasiones, los avances de la ciencia sin ningún "sentido común", valga el absurdo...

La misma tarea de desmontar el "sentido común" fue emprendida también por las Ciencias Sociales, pero con un éxito más que dudoso... Puede que haya sido así porque tratan cuestiones más cotidianas, o porque su eficacia es inferior y más difícil de probar, o porque con demasiada frecuencia amenazan las relaciones de poder existentes... Seguramente habrá un poco de todo...

El caso es que sigue costando una barbaridad extraer del ámbito del "sentido común" las preconcepciones, por poner unos pocos ejemplos, sobre los roles de género, sobre las realidades nacionales, sobre la naturaleza del trabajo remunerado... E incluso sobre el sentido del propio "sentido común"...

sábado, 21 de mayo de 2011

El más adaptable, el más inadaptado

A pesar de no tener vello abundante, ni fuerza física excepcional, ni gran velocidad, ni colmillos enormes... el animal humano se ha expandido a las zonas más áridas del planeta, desde los desiertos de nieve de Groenlandia hasta los desiertos de arena del Sáhara... Lo ha hecho gracias a su ingenio pero también -y quizá en la misma medida- a su capacidad de sufrimiento. A diferencia de las claves evolutivas de otros animales (que sólo les ayudan a sobrevivir con éxito en un hábitat determinado) estas dos características han sido herramientas polivalentes que, como una llave inglesa ajustable, le han valido para ser aplicadas en cualquier condición adversa.

Pero al mismo tiempo el ser humano es el ser más inadaptado. Nunca, jamás, se ha sentido del todo a gusto, ni ante las circunstancias más favorables. Siempre ha visto alguna cosa que fuera posible mejorar. Y se ha aplicado a mejorarla. De ahí su tormentosa historia de bastante continuo progreso tecnológico y no tan continuo progreso social.

Religiones como el budismo violan la naturaleza humana cuando pretenden que nos quedemos quietos, parados, contemplando sin más. Hay algo dentro de nosotros que nos impide ser completa y permanentemente felices, conformarnos. Nunca nos ha bastado saciar el hambre: siempre hemos buscado además la forma óptima de hacerlo.

Un perfeccionismo imposible que ha convertido nuestra Historia en una carrera hacia un horizonte que se aleja un paso de nosotros con cada paso que damos hacia él. La fuente de nuestra permanente insatisfacción...

domingo, 17 de abril de 2011

La fundación de Quahog



"We're gonna build a new settlement! We'll have a happy new life, and we'll have equal rights for all... except Blacks, Asians, Hispanics, Jews, Gays, Women, Muslims... uhm... Everybody who's not a white man. And I mean, WHITE white. So no Italians, no Polish... Just people from Ireland, England and Scotland. But only certain parts of Scotland and Ireland. Just full-blooded Whites. No, ya'know what? Not even Whites. Nobody gets any rights.................... Ah, America."

"¡Vamos a construir una nueva colonia! Aquí tendremos una vida feliz y derechos iguales para todos. Menos para negros, asiáticos, hispanos, judíos, gays, mujeres, musulmanes... ehem... en fin, todos los que no sean blancos... O sea, blancos blancos, ni italianos ni polacos... sólo gente de Irlanda, Inglaterra y Escocia. Pero sólo algunas partes de Escocia e Irlanda. Sólo los blancos pura sangre. ¡Qué coño! ¡Ni siquiera blancos! Nadie tiene derechos. Ah... América."

sábado, 9 de abril de 2011

Grupo de excursionismo reivindicativo

Desde hoy ponemos en marcha esta iniciativa vinculada al Ateneo Roig a la que todos y todas estáis invitados.

¿Quiénes somos?

Un grupo de gente, informal y sin ánimo de lucro alguno, que nos organizamos para hacer escapadas al campo y a la montaña, conectando aspectos del excursionismo tales como el deporte, la diversión y el aprendizaje de diversos aspectos históricos y sociales del territorio.

¿Qué pretendemos?

RESPIRAR: algo que nos oxigene el cerebro, algo diferente de la contaminación diaria a la que estamos expuestos.

CONOCER: el territorio, el entorno, aquello que está a tiro de piedra pero que no vemos más que por la ventanilla del coche o del tren cuando vamos de una ciudad a otra.

RECORDAR: a aquellos/as que pisaron estas tierras antes de nosotros, muchos de los cuales pasando mil penurias, luchando por nuestra libertad.

SENTIR: que somos capaces de mucho más de lo que nos imaginamos.

APRENDER: a amar aquello que estuvo aquí mucho antes de nosotros y que seguirá cuando nos hayamos ido, el verdadero hogar de nuestra hermosa y sufrida especie.

¿Cómo participar?

Muy fácil. Consulta la programación y rellena este formulario. Nosotros/as te mantendremos al corriente de los detalles de la salida. También puedes escribirnos a grupexcursionista@roigcultura.cat para cualquier duda o consulta.

http://porllanurasymontanas.blogspot.com/

lunes, 28 de marzo de 2011

Los oídos sordos de la izquierda

La crisis de la izquierda en Europa trajo consigo penosos divorcios en sus desarrollos teóricos.

Por una parte, los think tanks de los macrotraficantes de votos, los social-demócratas partidos "atrápalotodo" no se dedicaron más que a desarrollar el márketing electoral. Nada de extrañar, son empresas y hacen lo que saben hacer las empresas: vender.

Los grandes sindicatos fueron por un camino parecido, centrando sus desarrollos cada vez más en justificar su propia existencia, en un contexto en que se iban convirtiendo cada vez más en representantes de los empresarios ante los trabajadores que viceversa.

¿Y qué pasó con los teóricos de la izquierda que mantuvo, en mayor o menor medida una voluntad transformadora, aquella que realmente me importa a mí y con la que me siento identificado? Pues que su pensamiento se iba volviendo, cada vez más, pura ideología. Más o menos radical, se fue encerrando en argumentos circulares, escuchándose sólo a sí misma. Se recluyó en grupúsculos cerrados dentro de los que sus miembros se realimentaban con sus propias leyendas y tradiciones. Rehuyó toda realidad social, despreciando cada vez más cualquier cosa que pudiera oler a vida real, aferrándose a complejos constructos ideológicos o remitiéndose a los constreñimientos superestructurales (políticos, ¡no sociales!) para justificar sus acciones. Imposible ser más antimarxista.

Y lo peor de todo es que dejaron de escuchar al "ciudadano de a pie". Y eso va tanto por aquellos que perdieron el pulso a la sociedad recluyéndose en su maximalismo como por quienes lo hicieron huyendo "hacia arriba", hacia las "enseñanzas" de "gurús" universitarios, sindicales, parlamentarios o mediáticos.

Pena, penita, pena... ¿Ya nadie en la izquierda es lo bastante valiente como para escuchar y conocer? No necesariamente aceptar... pero al menos entrar en interacción con la sociedad y salir de su burbuja ideológica, dentro de la cual llevamos décadas cociéndonos como en nuestra propia salsa.

domingo, 13 de marzo de 2011

La Verdad de Ágora

El otro día vi Ágora y me gustó mucho. No entiendo las críticas que se han vertido contra ella y sospecho que muchas tienen inconfesables motivaciones ideológicas. Es un film de bellas imágenes, estupendas actuaciones, un ritmo muy bien mantenido y equilibrio entre la veracidad histórica y el compromiso del autor.

Se trata de un hermoso alegato por la razón, la cordura y la pasión por el saber. Contra el oscurantismo religioso, y la manipulación de los curas. Sobre el drama de la verdad atrapada en el cepo del politiqueo.

Pero hay una reflexión cuya dimensión no es plenamente captada en la película. Y es la de porqué el cristianismo gana tantos adeptos. La respuesta no está oculta, la tenemos constantemente ante nuestras narices: porque libera a los esclavos. Porque, claro, es muy bonito contar la historia de un esclavo enamorado de su ama, pero lo cierto es que ésa no era la función principal de los esclavos.

El cristianismo oscureció las mentes y atacó la razón, pero ello debería hacernos pensar: ¿de qué sirven las luces de la ciencia a quienes están privados de su libertad? ¡Qué poca cosa es al final la razón si es privilegio de aquellos que pueden vivir del trabajo de sus esclavos!

Pensar la ciencia y la razón como algo abstracto, que está por encima de las condiciones sociales que las producen, es hacerles un flaco favor. Es condenarlas a estar siempre a la defensiva, a sentirse acosadas por la "plebe", a buscar refugio en espacios libres de la agitación social, bajo el paraguas, con frecuencia, del poder y sus intereses espurios. Un triste destino, alejado en la práctica del ideal de la reflexión pura, de la búsqueda de la Verdad por amor a la Verdad.

Dicho esto, me reitero en que la película es una delicia...

domingo, 6 de febrero de 2011

¿Qué es la Historia?

Ocho mil años de un planeta... Una mota en el tiempo y una migaja en el espacio. Pasiones, miserias y luchas por el poder de unos monos pelados. Batallas, matanzas, traiciones, sacrificios... de los que algún día nadie se acordará. Opulencia, opresión, hambre, resistencia... que se desvanecerán sin rastro en la oscuridad del tiempo. Creencias que mañana no importarán a nadie. Hipocresías.

Dar un sentido a la vida es una necesidad del ser humano. Casi tan importante como llenar su estómago. La razón es nuestra naturaleza social: el gregarismo está en la genética humana. Al sentirlo, pero sin entenderlo, inventamos dioses, banderas, naciones y tribus. Todo son proyecciones, representaciones del grupo, del colectivo, de aquello único que, como bien ha señalado Durkheim, está al mismo tiempo dentro y fuera de nosotros. Pero no nos importa. Alegremente insuflamos vida propia a nuestros totems, erigiéndonos en dioses para nuestros dioses.

Nuestra Historia sólo es una historia. Pero también es como el aire que respiramos: lo único que conocemos, nuestra única forma de vivir posible. Y en ese sentido tan absurdo es mistificarla, como renegar de ella. Nadie se puede situar por encima. Todos somos hijos de una madre y de un padre. De un tiempo y de un lugar. Sólo de nuestro entorno social aprendemos lo que es bueno y lo que es malo. Ese aprendizaje moral construye la Historia y forma parte de nosotros. Es nosotros. Es la Historia. Somos la Historia.

lunes, 31 de enero de 2011

Etnocidio


Etnocidio:
exterminio de una cultura a través de políticas de aculturación. Interfiere en los procesos de transmisión intergeneracional de saberes, elimina prácticas que refuerzan las identidades culturales, merma la memoria histórica y la autoconciencia colectiva. Robert Jaulin lo define como una destrucción sistemática de los modos de pensar y de vivir de un grupo que finalmente conduce a su desaparición en tanto que sistema socio-cultural diferenciado. Para Jaulin, el fin, el resultado, no el medio, define un etnocidio.

Desde los años 60, numerosos estudios históricos y antropológicos, sobre todo entre las culturas indígenas americanas, han puesto de manifiesto cómo tantas de ellas han perecido víctimas de acciones combinadas de iglesias cristianas, ejércitos mercenarios y gubernamentales, y de grandes empresas multinacionales.

Pues bien, ahora, afirmo, estamos viviendo un etnocidio de la izquierda. En concreto, de la izquierda europea.

Para sostener esta afirmación parto de dos premisas:

  1. Que existe, o al menos ha existido hasta ahora, una cultura de izquierdas.

  2. Que, independientemente de factores sociales objetivos que la debilitan, esta cultura está siendo conducida a la extinción por una ofensiva orquestada.

Observando a vista de pájaro el último siglo y medio de la historia europea, pienso que es difícil negar que ha existido algo que se podría denominar una cultura de izquierdas.

Ésta habría tenido todos los atributos de una cultura (y en algunos momentos, cuando caía en la referencia en una genealogía obrera común, hasta los de una etnia). Comenzando por lo más concreto y material: ha tenido sus rituales, banderas e himnos. Pero también ha llegado a modelar sus propios códigos lingüísticos. Ha construido sus propias instituciones sociales (partidos, sindicatos, cooperativas, asociaciones, etc.). Se ha referenciado en modelos humanos, más o menos mistificados.

Ha producido toda una maraña de ramificaciones, de auténticas tradiciones, muy diferentes entre sí, aunque siempre identificadas como parte de un cuerpo común. Los mecanismos de reproducción, principalmente proseléticos en sus comienzos, se fueron produciendo cada vez más en el seno familiar. Si a ello sumamos su concentración en determinadas barriadas y determinados sectores productivos, el resultado es un caldo reproductivo tan poderoso como casi el de cualquier cultura étnica.

Esa cultura de izquierdas habría tenido también los rasgos más invisibles, subyacentes de toda cultura: unos valores profundos, patrones implícitos de comportamiento, particulares mundos de vida de sus miembros. Las personas de izquierda realmente tuvieron en la cabeza y se guiaron en sus relaciones sociales por conceptos tales como “justicia social”, “derechos sociales”, “progreso social”... Ser obrero no estaba necesariamente reñido con la educación y la conciencia. La actitud hacia la mujer no era la represiva del tradicionalismo religioso ni la comercializadora del liberalismo. Todo ello a veces incluso difícilmente comprensible desde culturas de derechas, lo que subraya la diferencia de capital simbólico acumulado existente entre ambas: las claves interpretativas de unos simplemente no servían para entender a los otros.

La cultura de izquierdas no fue una cultura minoritaria en oposición a otra cultura principal. En ciertos momentos de explosión revolucionaria, sus formas más puras llegaban a ser mayoritarias en la sociedad. Pero es que, aparte de eso, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX amplias mayorías fueron de izquierdas en un sentido más laxo en Europa occidental. Sus valores impregnaban la agenda política y las clases dominantes se veían obligadas a tener en cuenta sus reivindicaciones.

La era Thatcher ya fue un primer intento a gran escala de frenar el progreso social y la democratización de la vida económica, el avance lento pero hasta entonces imparable de esa cultura de izquierdas. Ofensivas mediáticas para desacreditar a sus líderes y sus principios, apropiadas reformas de sistemas electorales, duros pulsos con los sindicatos... Esas y muchas otras estrategias perfectamente calculadas y coordinadas se pusieron en marcha en los años 80 y significaron una ruptura con lo que se suele denominar el pacto social de la posguerra. Asimismo supusieron una inversión de la tendencia. Desde ese momento el retroceso de la izquierda ya no se interrumpiría.

Al caer la Unión Soviética, los ataques continuaron con energías renovadas. Por un lado, por los ideólogos neoliberales, desde posiciones ya muy fuertes en Estados Unidos, en varias instituciones supraestatales y, algo más tarde, en la Unión Europea. Un complemento excelente de sus propuestas de (a)política económica fue la propaganda del fin de las ideologías. Su extensión, más allá de los desvaríos del deleznable Fukuyama, tomó muy diversas formas, postulando ya abiertamente la total inutilidad y el final de la izquierda. Se trataba de un primer intento de exterminar a la izquierda de la faz de la Tierra.

Por otro lado, la social-democracia y buena parte del sindicalismo europeo fueron mostrando a lo largo de aquellos años (con algunas diferencias de calendario) una espeluznante miopía. Rapiñando sobre los menguados Partidos comunistas los unos y apuntándose a la moda del apoliticismo los otros.

Pese a todo, la izquierda sobrevivió. Recibió un soplo de aire fresco desde fuera de Europa (sobre todo, desde América Latina), acaparó algunos telediarios como movimiento antiglobalización, los sindicatos mayoritarios siguieron desempeñando su papel de legítimo actor social, los partidos comunistas bajaron pero no desparecieron, los socialistas seguían gobernando por aquí y por allá...

La crisis de 2008 cuestionó públicamente el capitalismo. Se llegó a saber que incluso el MI6 estuvo preocupado por un nuevo auge del marxismo en Europa. Y sin embargo los años subsiguientes han arrojado un balance de lo más desolador: los ideólogos liberales se han reorganizado y vuelven a imponer sus recetas por doquier, la derecha y la extrema derecha ha copado casi todos los gobiernos europeos, los sindicatos intentan reaccionar pero acaban optando por pactar lo que sea para salvar su capacidad negociadora. Y la respuesta social, cuando se produce, es claramente minoritaria (o bien encauzada por la extrema derecha). El capitalismo se había retorcido víctima de sus propias contradicciones, tal como siempre había predicho el marxismo, pero la repercusión política resultó nula: ya no existía una cultura de izquierdas en la población que permitiera aprovechar la oportunidad.

Y ese momento fue elegido, con buen criterio, para intentar rematar, de un golpe de gracia, a lo que queda de la izquierda. Una guerra de exerminio total: incluye hasta a la social-democracia y a los sindicatos, es decir, a aquellos que habían contribuido a la estabilidad del capitalismo en las décadas anteriores. Ahora ya no se les necesita, se puede prescindir de ellos. Una nueva operación de fin de las ideologías se pone en marcha. La izquierda es completamente marginada en el discurso mediático. La religión es reinvocada y refinanciada para parchear la amoralidad del capitalismo. Los sindicatos son ninguneados y se ven obligados a bajadas de pantalones espectaculares para no ser proyectados al mismo pozo de olvido y marginación que la izquierda política. Las legislaciones ad hoc y la represión policial desempeñan un papel supletorio, terminando de invisibilizar a la izquierda allá incluso donde aún respira fuerte.

El objetivo es uno sólo: borrar todo rastro de la cultura de izquierdas. Que al final no se perciba de forma muy diferente a un grupo de izquierda que a cualquier secta religiosa. Que desaparezca por fin ese odioso (para el capitalismo) eje electoral izquierda-derecha. La sociedad parece preparada para aceptar su extinción como un proceso natural. El etnocidio de la izquierda está servido.

Si consiguen lo que pretenden, dentro de pocas décadas simplemente definirse de izquierdas será tan friki como hoy lo es ser, por ejemplo, de la CNT. Ya veremos entonces de quién se ríen los militantes del PSOE o de Comisiones Obreras que hoy se mofan de los partidos o sindicatos minoritarios. Si es que hay que ser cortitos de vista...

Y aquellos que dicen ¿y qué? ante la extinción de la cultura de izquierdas... que no se engañen. No pasarán a la historia solamente trasnochados rituales y burócratas corruptos. Pasará a la historia todo un complejo de valores que ha hecho de nuestras sociedades lo que son desde hace un siglo y medio. Que nos ha permitido, mal que bien, vivir trabajando honradamente sin someternos a humillaciones. Llevar una existencia digna con un techo sobre la cabeza y un ingreso estable. En unas sociedades relativamente equilibradas y solidarias, sin obsesiones securitarias, sin exacerbadas ansiedades competitivas. Con la ilusión de que la sociedad y las personas siempre podríamos seguir mejorando por faro.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Los talibanes vuelven a ser buenos

La tortuosa relación del Occidente con el totalitarismo islámico en Afganistán en breves trazos:

  1. El islamismo militante fue bueno (buenísimo) cuando se trataba de destruir la República Democrática de Afganistán (aliada de la Unión Soviética) en los años 80.
  2. Los talibanes fueron vistos con mejores ojos incluso en los 90 como una solución a la guerra civil de todos contra todos en que se sumió el país tras la retirada soviética: el restablecimiento del orden convenía tanto a la explotación de recursos naturales, como a la política interior pakistaní.
  3. Algunos ceños fruncieron cuando Al-Qaeda, con la que estaban íntimamente relacionados, atentó contra las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania.
  4. Los talibanes de volvieron malos (malísimos) tras los atentados contra el WTC y la prensa de repente descubrió las barbaridades que hacían a las mujeres, los ataques a la diversidad cultural, etc. (como si nada de eso hubiera pasado antes)
  5. Ahora, en el callejón sin salida de la guerra, los estadounidenses, los pakistaníes y el presidente Karzai (ex representante de la petrolera californiana Unocal, por cierto) tienden la mano otra vez a los talibanes del mulá Omar para poder hacer frente de alguna manera a los talibanes pakistaníes, plenamente identificados desde hace algunos años con la yihad global de Bin Laden y que amenazan con desestabilizar por completo dicho país. Si al final resulta que tampoco era para tanto lo de las mujeres...

Con razón se pregunta, irónico, el antropólogo y diplomático Georges Lefeuvre: si las negociaciones con los talibanes no llegan a buen fin, ¿se debería entonces negociar con Al Qaeda?

El circo afgano continúa...