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miércoles, 10 de agosto de 2011

Adelantarse a sí mismo

Una compulsión no es un simple deseo: es un impulso inapelable que no deja margen para plantearnos las consecuencias de nuestra acción. Nos precipitamos a fumar, comer, beber, tener relaciones sexuales... sin pensar en cómo nos vamos a sentir después. Más aún: ahuyentamos cualquier posibilidad de pensar en cualquier consecuencia negativa: resaca, arrepentimiento, enfermedad... Consumir rápida e irreflexivamente es lo único que importa.

No hay más "truco" para superar nuestras compulsiones que la fuerza de voluntad. Pero hay formas de ayudarse. Y una de ellas es adelantando en nuestra imaginación el momento del castigo.

Así fue como dejé de fumar porros cuando me empezaron a sentar mal. Llegó un momento en que ya sólo lo hacía por costumbre y por un vago recuerdo de lo bien que me hacían sentir antes. Cada vez que fumaba, luego me preguntaba: ¿ya para qué lo habré hecho?... Poco a poco, fui adelantantando la sensación de malestar: hacía un esfuerzo por recordar cómo me sentiría después de haber fumado en el momento justo anterior a fumar. Y el deseo se desvanecía: de repente, ya no asociaba el olor del hachís a nada agradable, todo lo contrario...

Estoy seguro de que el mismo mecanismo se puede aplicar a multitud de otras circunstancias. Porque anda que adoptamos comportamientos desordenados que luego hacen preguntarnos sobre porqué lo habremos hecho... Se puede intentar evitar tratando de pensar en lo pesado que te vas a sentir antes de abusar de la comida... O en la pasta que te vas a gastar antes de empezar a pedir copas por los bares, por ejemplo...

Suponer que el conocimiento y la conciencia son un antídoto contra nuestros vicios es mucho suponer, claro... Pero, desde luego, son un buen cable para quien quiera enfrentarse de una vez a sí mismo y salir ganando.

jueves, 26 de mayo de 2011

La cobardía

Para hacer lo correcto, para ser bueno con los demás, para responder por los actos propios... hay que tener valor. La cobardía fabrica malas personas y es la fuente de muchas de nuestras miserias.

Por eso no entiendo porqué tiene una apariencia más excusable que otros vicios. A nadie se le ocurre decir "No es que sea mala gente, sólo que es avaricioso" y sin embargo es muy normal el "No lo hace a mal, es que es muy cobarde"... ¿Será que al cobarde no se le achaca mala fe ni, por tanto, dolo en la acción? Pero, ¿y acaso el avaricioso tiene mala intención? Si él sólo quiere lucrarse... ¿Y el crimen pasional? Tiene menos maldad todavía: se hace por un exceso de amor... ¿Y el ideológico? Si es lo contrario a la mala intención: se hace para construir un mundo mejor...

Quizá al cobarde se le consienta más porque sus faltas son por omisión. Pero la omisión no es poco... El cobarde dejará a un accidentado a su suerte. Traicionará. Se callará ante las injusticias. No responderá por sus actos: podrá hacer cualquier cosa y luego mirar para otro lado, con la excusa de que es demasiado cobarde para responder por ello.

Socavará la confianza, porque en un cobarde no se puede confiar: a cada momento te puede dejar con el culo al aire y nunca sabes si te está diciendo realmente lo que piensa o es que le faltan huevos para decir la verdad. Y si los cobardes son muchos, uno deja de saber en quién puede confiar. La desconfianza se convierte en una constante de las relaciones humanas.

No entiendo porqué la miseria del cobarde despierta lástima o pena. Y no cabreo como otras miserias humanas.

¿Quizá sólo pasa en nuestra sociedad, porque nosotros mismos nos hemos vuelto tan cobardes que nos identificamos con él y, al encubrirlo, en realidad nos estamos encubriendo a nosotros mismos? Algo parecido pasa cada vez más con la avaricia: todo el mundo se está volviendo tan avaricioso que termina por justificar incluso al que se lucra a su costa.

¿O quizá sea por culpa de nuestro instinto social? Un rasgo básico de la sociabilidad humana es la defensa del débil. ¿El cobarde se percibe como débil y de allí que le protejamos? ¿Como a un cachorro que tras haberse meado por todas las moquetas se tumba panza arriba y nos sentimos incapaces de castigarlo?

Pero yo no entiendo que el cobarde sea débil. La cobardía es la voluntad de ahorrarse un esfuerzo, la debilidad es un impedimento objetivo.

La cobardía sólo tiene un castigo habitual. Al generar desconfianza, incertidumbre, impide al cobarde construir relaciones profundas con los demás. Deviniendo en una íntima soledad...

sábado, 7 de mayo de 2011

Por qué creo que ser de izquierdas es de mejor persona

A ver, antes de nada, conozco un montón de mierdas que se dicen de izquierdas. Conozco a cabrones que militan en sindicatos o en partidos de izquierdas y luego explotan a su mujer en casa. También a otros que son gilipollas insolidarios, egoístas y egocéntricos, pese a ser tan radicales y reivindicativos que ni siquiera militan en un sindicato o un partido. También alguno que es de izquierdas por tradición familiar y, en el fondo, más rancio que Libertad Digital. Y algún otro que se ha obsesionado tanto con la Humanidad que se le ha olvidado ser humano con las personas.

También conozco a alguno que es de derechas y que no es un hijo de puta redomado.

Y a pesar de todo ello sigo pensando que ser de izquierdas es tendencialmente de mejores personas. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque la política, entendida de una forma sana, viva, no se separa de la vida, del día a día, de lo que una persona es. Si una persona es solidaria, respetuosa con el débil o con el diferente, amante de la razón y de la justicia en su vida cotidiana (es decir, lo que yo entiendo por "buena persona"), la proyección social de sus valores personales debería llevarla a posicionarse políticamente en la izquierda.

Claro, que todos sabemos muy bien que la lógica no termina de funcionar en la realidad social. De allí tantas y tantas excepciones que impiden que por regla la gente de izquierdas sea mejor que la de derechas.

Pero sí buscamos (aunque nunca la terminemos de encontrar) una cierta coherencia interna entre nuestras cogniciones. Y ello precisamente es lo que me permite afirmar que tendencialmente, a igualdad de condiciones, sí se cumple el argumento de este post.

Al fin y al cabo, creo firmemente en ese ya manido chistecillo que dice que Dios, cuando creo al hombre lo dividió según sus naciones de origen y así dijo:

"- Los franceses seran cultos y refinados

- Los ingleses serán aventureros y puntuales

- Los italianos serán creativos y divertidos

- Los alemanes serán formales y trabajadores

- Los norteamericanos seran luchadores y patriotas

- Los argentinos serán intelectuales y sociables

- Los españoles serán inteligentes, buenas personas y votantes del PP."

A esto le dijo el arcángel San Gabriel: "Dios, que todos los países tienen dos virtudes y los españoles tienen tres.
Eso no es justo." Dios dijo: "Es verdad, pero ya no me puedo echar para atrás. Bueno, estas serán las virtudes de los españoles, pero cada español sólo podrá tener dos de ellas a la vez..."

Y así, desde entonces los españoles que son inteligentes y votantes del PP no son buenas personas. Los españoles que son buenas personas y votantes del PP no son inteligentes. Y los españoles que son inteligentes y buenas personas no son votantes del PP.

jueves, 21 de abril de 2011

La insoportable levedad de nuestras convicciones

Mucho refunfuño de bar, los políticos (y de paso la política) caen en descrédito, los medios de comunicación no paran de bombardear con noticias de corruptelas (de signo contrario al suyo, claro)... Pero... ninguna consecuencia real. No sólo la ciudadanía (si es que tal cosa existe) no se anima a construir algo con sus propias manos. ¡Es que ni siquiera se dan consecuencias electorales! ¡Ni en la distribución de votos, ni en los índices de abstención!

Como corderos al matadero, siempre que son convocados, los electores marchan a las urnas y echan su papeleta a favor del PPSOE... La sangre de horchata que ello supone impresiona... en un primer momento...

Pero en verdad: ¿porqué iba a indignarse la gente realmente? Los políticos se forran, trafican con influencias, colocan a sus numerosas familias, se tiran a menores y recalifican espacios naturales.... Pero, ¿y a quién no le gustaría hacerlo?

"Son todos iguales" y "¿Qué se puede hacer?" son sólo excusas. En realidad, el cinismo de la política sólo refleja el cinismo de la sociedad. Nadie ataca en serio el sistema porque nadie se siente con autoridad moral para hacerlo. Nadie se considera mejor (ni aspira a serlo).

Ningún corrupto horroriza ya, porque el ciudadano medio no haría cosa distinta de encontrarse en su lugar.

Pasa no sólo con los políticos: las cantidades astronómicas que cobran los futbolistas e incluso los abusos de los empresarios son, cuando no justificados, al menos exculpados, por la creencia en que, en el fondo, todos somos iguales...

Si ayer era la fe en el orden y en la bondad de los que nos explotaban, hoy es la fe en la sinvergüenza innata del ser humano lo que nos paraliza de la misma forma. La sociedad es una especie de mafia generalizada en la que todo el mundo está en el ajo (o alberga la esperanza de estarlo). Y por eso nadie tira de la manta, ni se enfrenta a la situación.


Ver Mapa de Corrupción por Partidos Políticos en un mapa más grande

sábado, 12 de marzo de 2011

Escepticismo vs. Cinismo

Es un hecho comprobado que con la edad llegan las dudas. Se han observado los bastidores y uno ya no se cree tanto. Se sabe que el mundo es más hipócrita, aleatorio, triste de lo que se soñaba. Que el orden es, con frecuencia, una ilusión que se mantiene por los pelos. Que hay una amplia mayoría de necios y corruptos... Y son bastantes más quienes son ambas cosas a la vez que ninguna.

Pero esta conciencia puede llevar tanto al escepticismo como al cinismo, dos cosas bien diferentes.

Si el escéptico dice que todo es una mierda, el cínico dice que todo es una mierda y además contribuye a que todo sea una mierda.

El escepticismo es el sano espíritu crítico que nos ayuda a no tragarnos cualquier milonga de las que nos cuentan. Es lo que nos mantiene atados a la realidad cuando nos dejamos llevar demasiado por nuestras fantasías e ideologías: ya sean personales, religiosas, políticas, filosóficas o, incluso, científicas.

El cinismo por el contrario, es una forma de justificar las propias miserias, respaldándose en que "el mundo funciona así". Y quien no se aproveche de ello es un ingenuo, un bobo, un perdedor...

Una forma de cinismo mitigado es el cinismo de los medios: el que coloca un dogma sobre un pedestal y afirma que todos los medios son válidos para este fin. Suele ser mera justificación, sencilla y accesible, para hacer lo que a uno le entra en gana.

Apuesto por el escepticismo. Que nadie, los "buenos" ni los "malos", me vengan con cuentos. Pero los años no me harán cínico. Por mis cojones.

domingo, 6 de marzo de 2011

Totems


Hay una forma muy fácil de calmar la conciencia: construirse un tótem. Hay muchos en el mercado de totems: la familia, la nación, la ideología, el partido, el sindicato, la raza, la religión, la realización personal... Basta con enarbolar uno de ellos y, desde ese momento, acometer las mayores bajezas y cualesquiera traiciones, aunque siempre por la familia, por la nación o por la idea.

Las cosas más bonitas del mundo pueden por este camino convertirse en nauseabundos montones de estiércol. Es perfectamente posible en nombre de la amistad, del amor, de la libertad o de la igualdad dejar morir a un inocente o abrazar a un genocida.

Porque quien tiene un tótem, ¿para qué necesita más? ¿Para qué necesita ver personas ? ¿Para qué plantearse si está bien o mal lo que hace? El tótem ya se lo dice todo... Conciencia en calma, acusaciones públicas... ¡repelidas con éxito!

Lo mejor de todo es que los totems de hoy ya ni siquiera exigen demasiado: el capitalismo ha otorgado valor moral al lucro y las teorías liberales han puesto la individualidad por encima de todo. De ahora en adelante está mejor visto cometer un crimen por dinero que por un ideal (se castiga más gravosamente a uno calificado de terrorista que a un asesino a sueldo, por ejemplo). Y a cualquier acusación es posible responder yo soy así, déjame en paz, sin mayor argumentación.

El dinero y el ego son los totems más legítimos y están siempre a mano... ¿Para qué más?

domingo, 6 de febrero de 2011

¿Qué es la Historia?

Ocho mil años de un planeta... Una mota en el tiempo y una migaja en el espacio. Pasiones, miserias y luchas por el poder de unos monos pelados. Batallas, matanzas, traiciones, sacrificios... de los que algún día nadie se acordará. Opulencia, opresión, hambre, resistencia... que se desvanecerán sin rastro en la oscuridad del tiempo. Creencias que mañana no importarán a nadie. Hipocresías.

Dar un sentido a la vida es una necesidad del ser humano. Casi tan importante como llenar su estómago. La razón es nuestra naturaleza social: el gregarismo está en la genética humana. Al sentirlo, pero sin entenderlo, inventamos dioses, banderas, naciones y tribus. Todo son proyecciones, representaciones del grupo, del colectivo, de aquello único que, como bien ha señalado Durkheim, está al mismo tiempo dentro y fuera de nosotros. Pero no nos importa. Alegremente insuflamos vida propia a nuestros totems, erigiéndonos en dioses para nuestros dioses.

Nuestra Historia sólo es una historia. Pero también es como el aire que respiramos: lo único que conocemos, nuestra única forma de vivir posible. Y en ese sentido tan absurdo es mistificarla, como renegar de ella. Nadie se puede situar por encima. Todos somos hijos de una madre y de un padre. De un tiempo y de un lugar. Sólo de nuestro entorno social aprendemos lo que es bueno y lo que es malo. Ese aprendizaje moral construye la Historia y forma parte de nosotros. Es nosotros. Es la Historia. Somos la Historia.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Mi intolerancia moral

De vez en cuando me llaman intolerante.

Cuando lo hace un homófobo o un racista, alguien que lleva "intolerancia" tatuado en la frente, no me preocupa demasiado: resulta grotesco, evidentemente manipulador. Pero cuando lo dice un amigo o un familiar, quieras o no, te quedas pensando.

Sin entrar en lo justificada que pueda ser la acusación en sí, he pensado hoy en un aspecto "supletorio" de la cuestión. Y es que el primer objeto de mi intolerancia moral soy yo mismo. Cuando escucho a una persona próxima a mí decir barbaridades, mi conciencia ataca, antes que a esa persona, a mí mismo: me castiga por tener afecto a alguien cuyas manifestaciones me parecen tan moralmente inaceptables.

Se le llama disonancia cognitiva y es la razón por la que, con frecuencia, reacciono con mayor agresividad a una declaración de alguien allegado, que a otra igual pero de un extraño. Dos cogniciones, dos juicios y sentimientos encontrados, chocan. Y el malestar provocado por ese choque se vierte inmediatamente contra la persona que parece haberlo causado.

sábado, 1 de agosto de 2009

La descomposición moral del zarismo

Fuerza oscura (1979), del escritor soviético Valentín Píkul me ha llevado a pensar en las situaciones tan diferentes en que pueden desembocar las crisis morales de la sociedad. En paralelo a la alternativa crítica/negación, la crisis moral ofrece la alternativa apertura/descomposición. Cuando se opta por la apertura, se aceptan a examen valores morales diferentes de los que venían dictados por la tradición, unos se desechan, otros permanecen e incluso pueden surgir otros nuevos. Es una reacomodación social pacífica y relativamente lenta. Por el contrario, si la situación social impide seguir manteniendo los valores tradicionales pero al mismo tiempo el grupo es incapaz de afrontar una revisión, entonces se produce la descomposición. Una lenta agonía en la que la conducta real se aleja cada vez más de la ideología mantenida. Ésta se va quedando así hueca, descompuesta. Esa situación, insostenible, desemboca bien en una actitud cínica, que niega cualquier posibilidad de moral, o bien en un aferrarse histérico al roto cascarón ideológico, negando con pasión mística toda evidencia. Ambas reacciones se pudieron observar en la alta sociedad del último zarismo.

En los mismos salones se encontraban damas fascinadas por el ocultismo y la videncia, y exitosos buscavidas siempre dispuestos a aprovecharse de sus supersticiones. Hombres de negocios que acumulaban cantidades astronómicas tratando como ganado a sus obreros al lado de militares de mirada vidriosa, obsesionados con la supervivencia de una monarquía que ya no preocupaba seriamente ni al propio zar. Usureros judíos, nobles ociosos, oscurantistas ortodoxos... todos jugando a un juego con cada vez menos reglas.

Sólo en esas circunstancias se explica el ascenso de una figura como Grigori Rasputin y el ascendiente moral que llegó a adquirir sobre la zarina Aleksandra Fiódorovna y sobre la política de Estado. Hijo descarriado de campesinos, aprendió hacia los veinte y tantos años técnicas de manipulación mental y formas de discurso místico en una secta religiosa. Pronto fue apadrinado por un sector ultrareaccionario relacionado con la Centuria Negra que lo presentó en la alta sociedad petersburguesa como visionario, con la intención de utilizarlo en sus propios intereses. Sin embargo, pronto Rasputin se desliga de ellos y da comienzo a una próspera carrera en solitario. Adquiere renombre como místico y, a través de la favorita de la zarina Anna Vyrubova, penetra hasta la familia imperial. Desde ese momento, según Píkul, hace y deshace: nombra y quita ministros, provoca ciertas decisiones trascendentes (incluso algunas militares, durante la I Guerra Mundial)... No lo hace para sí, sino para lobbies que le tienen en nómina y actúan así a través de él. En particular, siempre según Píkul, industriales y banqueros judíos que tenían, por su credo, vetado el acceso a los cargos públicos.

Píkul fue violentamente acusado de falta de rigor por numerosos historiadores y críticos literarios. Ciertamente el tratamiento que otorga a la documentación histórica es con frecuencia negligente. Pero aunque se exageren la influencia de Rasputin en los asuntos del Estado y su presencia en la Corte, el perfil del personaje es innegable. También está suficientemente demostrada la facilidad con la que la zarina (y buena parte del entorno petersburgués de la época) se prestaba a las manipulaciones oscurantistas. Lo bastante como para seguir negando, cada vez con mayor histerismo, los escándalos públicos que causaba Rasputin. Ésa era una cara de la moneda.

La otra la representaban los compañeros de borracheras del starets, aquellos para los que la crisis social suponía desvanecimiento de cualquier objetivo moral. Cualquier cosa que dictara la tradición podía ser ignorada y no era necesario colocar nada en su lugar. Desinhibición sexual, afán de lucro, maquinaciones y corrupción más absoluta, drogas (alcohol, cocaína, opio)... todo se mezclaba indistintamente en una orgía de "todo está permitido". Y eso en un país que seguía siendo muy mayoritariamente rural y tradicional.

Unas pocas décadas más tarde el capitalismo aprenderá a tratarse esa "enfermedad del crecimiento" que le suponen las crisis morales que acompañan a las crisis sociales con píldoras fascistas. Los fascismos encauzarán la indignación popular ante la relajación moral sin plantear cuestiones de justicia social. Pero en la Rusia de 1917 las elites dirigentes, demasiado ocupadas en sus negocios, nunca prestaron atención alguna al potencial de la extrema derecha fascistoide que tenía no pocos escaños en la Duma. Cabe pensar que si alguien, desde el poder económico o la aristocracia, hubiera apostado fuertemente por ellos la historia podía haber sido algo distinta. De hecho, los hubo: buena parte de los militares blancos tenían un perfil claramente fascistoide. Pero ponían el acento en la grandeza imperial de Rusia y no tanto en la corrupción moral. Y además llegaban tarde: ambos aspectos -indignación moral e injusticia social- ya habían sido capitalizados por un solo movimiento: el bolchevismo (1). Se podría decir que los blancos se quedaron sin consignas.

Esa impronta permanece hasta hoy y es la que explica el conservadurismo (incluidos el militarismo y la homofobia) del PCFR. En Rusia no existe un partido socialdemócrata fuerte y los comunistas podrían ir a ocupar su lugar. Pero están atrapados: no pueden ir a pescar clases medias con liberalismo social porque su historia y sus bases son fuertemente moralistas.

En conclusión, la crisis social fue de la mano con la moral. La polarización social y geográfica extrema había creado mundos completamente diferentes y separados en la Rusia de comienzos del XX. Lógicamente acabaron viviendo en mundos morales muy poco comunicados. Y así fue como la sociedad capitalina, nulamente preocupada por crear una hegemonía moral alternativa a la que estaba a punto de pasar a la historia, se entregó plácidamente a la descomposición mientras millones de obreros holgaban anunciando el advenimiento de un sistema social nuevo pero con una moral... no tan nueva.

(1) En realidad, el mismo patrón se volvería a repetir en varias revoluciones y movimientos posteriores. Quizá el ejemplo más llamativo fuera a ser la Teología de la Liberación (moralismo católico + socialismo comunista).