Al principio todo eran campos. Nada era de nadie y algunas cosas eran de quien las usaba. Como la cueva en la que vivía. Y si alguien venía a meterse en su cueva, este lógicamente la defendía del intruso. Pero tan pronto como dejaba de necesitar esa cueva (por ejemplo, porque se iba a vivir a la cueva de sus suegros que era más grande) esa cueva caía en desuso y volvía a no ser de nadie.
Pero en algún momento de la Historia alguien dijo: no, esto no solo será mío mientras lo utilice y lo necesite sino para siempre, aunque me vaya, aunque me muera. Y así nació la propiedad privada, un derecho divino que trasciende la realidad del uso y trasciende incluso la muerte.
Pero ni siquiera el hombre más fuerte era capaz de defender una cueva de la que se ha ido. Entonces reunió las pieles de oso que había acumulado (por ser el cazador más hábil, o por un golpe de suerte, o por haberlas robado, quién sabe) y las repartió entre otros hombres fuertes. Les grapó una placa a la piel de oso, les dio una porra y los puso a vigilar su cueva mientras él no estaba.
Al principio los demás no entendían nada. ¿Cómo que no puedes entrar en una cueva vacía si te estás mojando? Pero a golpe de porras lo fueros entendiendo, interiorizando y confundiendo con el derecho de uso.
Los efectos de la propiedad privada son semejantes a la contaminación radiactiva. Una vez privatizado algo, es muy difícil descontaminarlo. Se convierte en un suelo que no podrá pisar el ser humano sin cumplir determinadas condiciones durante siglos, mucho más tiempo del que vive una persona, del que vive una civilización incluso. La privatización es la sustracción permanente de una parte de la realidad no solo a otras personas sino a futuras generaciones con una justificación que raya en lo religioso.
La propiedad privada es un robo y la privatización, un crimen.
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viernes, 14 de mayo de 2021
miércoles, 30 de marzo de 2011
La propiedad privada es un robo
Para entenderlo, es necesario primero entender la diferencia entre uso, posesión, necesidad... y el concepto de propiedad. Ésta no es una realidad física. Pertenece al ámbito de las ficciones jurídicas, es decir al ámbito de la ideología.
Al principio, existía una realidad: un grupo que usaba un territorio sobre el que cazaba o unas tierras que labraba y que protegía frente a otros por la necesidad de garantizarse la propia existencia. Hasta allí, nada necesita justificación como no la necesita ningún hecho natural.
Pero se produce una ruptura, al principio casi imperceptible. A esta situación de hecho se le acopla una afirmación de derecho: "Tengo derecho a poseer estas tierras y tengo derecho a defenderlas frente a cualquiera que me las intente arrebatar." Hemos pasado ya a un constructo de ideas, nos encontramos con una ideología edificada para proteger nuestras legítimas aspiraciones a la supervivencia.
Pero la ideología es como comer pipas: todo es empezar. La avaricia y las ansias de poder hacen el resto. Enseguida a alguien se le ocurre: "Esto no sólo lo poseo. Es de mi propiedad. Si me marcho, seguirá siendo mío. Si muero, se lo dejaré a quien me venga en gana." Nace así la propiedad privada: una ficción jurídica que hunde sus raíces en el uso, la necesidad y la posesión, pero que sirve fundamentalmente para justificar la desigualdad social.
Unas tierras que no eran de nadie (que equivale a decir que eran de todos) han sido valladas. Les han puesto hombres armados para guardarlas y quien quiera darles un uso -porque quizá las necesita para sobrevivir- debe pagar una parte de los frutos de su trabajo a su autodenominado "propietario".
Al principio, existía una realidad: un grupo que usaba un territorio sobre el que cazaba o unas tierras que labraba y que protegía frente a otros por la necesidad de garantizarse la propia existencia. Hasta allí, nada necesita justificación como no la necesita ningún hecho natural.
Pero se produce una ruptura, al principio casi imperceptible. A esta situación de hecho se le acopla una afirmación de derecho: "Tengo derecho a poseer estas tierras y tengo derecho a defenderlas frente a cualquiera que me las intente arrebatar." Hemos pasado ya a un constructo de ideas, nos encontramos con una ideología edificada para proteger nuestras legítimas aspiraciones a la supervivencia.
Pero la ideología es como comer pipas: todo es empezar. La avaricia y las ansias de poder hacen el resto. Enseguida a alguien se le ocurre: "Esto no sólo lo poseo. Es de mi propiedad. Si me marcho, seguirá siendo mío. Si muero, se lo dejaré a quien me venga en gana." Nace así la propiedad privada: una ficción jurídica que hunde sus raíces en el uso, la necesidad y la posesión, pero que sirve fundamentalmente para justificar la desigualdad social.
Unas tierras que no eran de nadie (que equivale a decir que eran de todos) han sido valladas. Les han puesto hombres armados para guardarlas y quien quiera darles un uso -porque quizá las necesita para sobrevivir- debe pagar una parte de los frutos de su trabajo a su autodenominado "propietario".
Los empresarios se quejan de los impuestos a los que les obliga el Estado. Pero son ellos quienes obligan al trabajador a pagarles un "impuesto" sobre la riqueza que éste produce. Y lo hacen secuestrando los medios de producción y validando este mafioso procedimiento a través de la ideología de la propiedad privada.
¿Qué es esto si no un robo en toda regla?
¿Qué es esto si no un robo en toda regla?
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