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domingo, 12 de enero de 2014

Avenida de la Unión Soviética y otras calles de Madrid

¿Os suena la avenida de la Unión Soviética de Madrid?


Cuya continuación es la avenida de la CNT:


Ambas serían conocidas algo más tarde como la avenida de José Antonio Primo de Rivera:


La CNT, además de la avenida también tuvo una calle en la capital española...


...que confluía en la plaza de la Alianza Obrera...


...con la calle (¡no os lo perdáis!) de la UGT...


...que a su vez finalizaba al encontrarse el paseo de la Unión Proletaria:


¿Qué tal? ¿Os ha faltado alguna por adivinar? ;)

  • Avenida de la Unión Soviética / avenida de la CNT / avenida de José Antonio Primo de Rivera: Gran Vía
  • Calle de la CNT: calle Sagasta
  • Plaza de la Alianza Obrera: plaza de Alonso Martínez
  • Calle de la UGT: calle Génova
  • Paseo de la Unión Proletaria: paseo de la Castellana
Algo más de 200 calles cambiaron de nombre durante la Guerra Civil y luego nuevamente, tras la victoria de Franco. Prácticamente todas recuperarían sus títulos originales con Tierno Galván de alcalde, durante los años 80.

jueves, 21 de julio de 2011

¿Oportunismo?


Con frecuencia, para explicar porqué hacen lo que hacen las cúpulas de las grandes centrales sindicales y algunos dirigentes políticos de izquierdas, se recurre (yo mismo lo hago muchas veces) a la palabra "oportunismo"...

¿Pero todo es oportunismo? Me lo he empezado a cuestionar... Claro que maniobran, cambian de chaqueta cada dos días, en gran medida como parte de un simple juego de poder. Y en ocasiones por simple beneficio personal -a eso ya se le llama corrupción.

Pero hay algo más... y se está revelando ahora, en este último año. La crisis de la izquierda ha llegado a un momento verdaderamente existencial. Las maniobras que están realizando, las vergonzosas concesiones que alternan con un discurso reivindicativo vacío de contenido y no refrendado en la práctica, ponen en cuestión su propia supervivencia... ¿De qué oportunismo podemos estar hablando entonces?

Desorientación, miopía y sobre todo cobardía... Llevan tanto tiempo comiendo de la mano de gobiernos y empresarios que ahora el miedo les paraliza y no les permite entender que -ya no por el bien de los trabajadores, sino por el suyo propio- hace falta reorganizarse, trabajar de formas nuevas, volver a las trincheras de las que nunca se debió haber salido para estrechar la mano del enemigo... Simplemente no tienen huevos para hacer lo que hay que hacer.

¿Es mejor la cobardía que el oportunismo? Eso no importa realmente... El resultado es parecido, pero no está de más tener en cuenta la diferencia entre ambos para interpretar lo que están haciendo los líderes de la izquierda tradicional. Esa izquierda que ya se ha fundido tanto con las instituciones que es incapaz de enfrentarse a ellas sin sentir que se está atacando a sí misma...

¿Oportunistas? Puede... Pero lo cierto es que, a día de hoy, mucho más que oportunistas o corruptos, son simplemente... unos inútiles.

sábado, 5 de marzo de 2011

¿Huelga o nada?

Muchos compañeros de Comisiones Obreras me preguntaban, a propósito del impresentable pacto firmado para la reforma de las pensiones: ¿qué se podía haber hecho? ¿haber convocado una huelga que a buen seguro habría sido un sonoro fracaso?

El paro convocado por los sindicatos minoritarios hace un mes puede que fuera importante para impulsar sus dinámicas internas, pero su capacidad para frenar la que se nos venía encima fue nula. Ya se sabía de antes, yo no creo en los milagros.

Parece que aquí nadie contempla más alternativas que la huelga o el pactismo desenfrenado. A nadie se le ocurre que, en lugar de pactar se puede ir construyendo, poco a poco, en el día a día, el apoyo social. Y en lugar de ir a la huelga se puede recurrir a otros medios de menor alcance, pero también menos costosos para los movilizados.

Así, uno de los problemas del sector de servicios es que los trabajadores, al ir a la huelga, se exponen a la presión tanto del patrón como de los clientes. Pero este punto débil es al mismo tiempo fuerte: la empresa es muy vulnerable a su imagen pública. Las campañas orientadas a compartir con la sociedad lo que sucede dentro de las corporaciones son en estos casos extraordinariamente eficaces para conseguir objetivos puntuales, reforzando la confianza de los trabajadores en que las cosas sí pueden cambiar y sumando crédito a los sindicatos.

Estas campañas de información de cara al público también pueden ser parte de las medidas de presión regulares y cotidianas. ¿Cómo consigue el capital financiero que tiemblen los gobiernos y apliquen sus políticas, sin entrar siquiera en discusión? Pues a través de la calificación del riesgo. ¿Por qué no establecer como una prioridad de la política sindical la publicación regular de clasificaciones de respeto a los trabajadores? Se puede hacer tanto entre empresarios como entre diferentes directivos de una misma empresa. Se podrán hacer mucho los machotes pero lo cierto es que, a medida que se vaya acercando la próxima fecha de calificación, se van a estar meando de miedo.

Por supuesto la eficacia de todas estas medidas estará muy vinculada a la publicidad que se les consiga dar. Una asignatura pendiente de los sindicatos, que han desaprendido por completo a trabajar en la calle.

En sectores no abiertos al público la huelga es más eficaz, pero, si por las razones que sean, la movilización general es difícil, otras medidas de presión clásicas funcionan a la perfección: sabotaje, huelgas de celo, brazos caídos, etc. Intercambios de favores entre trabajadores de diferentes empresas, con el objetivo de sortear las represalias en el centro de uno...

En momentos como este es necesario ir recuperando las buenas viejas tradiciones de la clase obrera y poner toda la imaginación en marcha para idear nuevas formas de lucha. Pero limitarnos a convocar huelgas a las que nadie va o a firmar porquerías para seguir siendo "importantes" no me parece demasiado productivo...

viernes, 4 de marzo de 2011

Comisiones, adeu!


Tras bastantes años dando la cara por el sindicato, habiendo militado como el que más y habiendo llevado una sección durante tres años, decidí, hará un mes, dejar Comisiones Obreras.

El detonante inmediato fue evidentemente el pensionazo. Pero, ¿por qué ahora? ¿Si anteriormente (con el deleznable Fidalgo, por ejemplo) se llegaron a tomar decisiones tan malas o peores? Pues por contraste. Por haber hundido las ilusiones (bastante matizadas, por otra parte) que algunos nos habíamos hecho tras la huelga del 29-S.

Escribí, por aquellas fechas, una especie de desideratum, enumerando los aspectos en los que me parecía necesario avanzar para devolver a la vida el sindicalismo. Parecía en aquel momento que esos sindicatos que se dicen de clase (aunque sin precisar nunca de qué clase exactamente) pudieran estar emprendiendo un camino diferente. Pero, tras unas movilizaciones mal organizadas y fracasadas en diciembre, volvieron con el rabo entre las piernas al redil del concierto social. La imagen era la de dos cebados animalillos que, tras años de cautividad, ven la verja abierta y asoman fuera, pero, al darse cuenta de que la libertad puede suponer hambre, frío y lucha, dan la vuelta y regresan con su amo, pidiéndole perdón con las orejas gachas.

Se ha desaprovechado una oportunidad histórica (quizá la última) de mantener un espacio social amplio para la resistencia de una cultura de izquierdas.

La deriva

Los incentivos materiales individuales -unos legítimos, otros no tanto- se han convertido desde hace un tiempo en la única razón para afiliarse. Comisiones y UGT han terminado por ser auténticas empresas de servicios, y así son entendidos tanto por los asalariados como por los propios cargos sindicales. Muy atrás quedan los tiempos en que un sindicato era una organización de trabajadores, pertenecer a la cual tenía sus ventajas materiales, claro, pero donde al mismo tiempo se cultivaban valores tales como la militancia, la solidaridad, etc. El modelo sindical de hoy es sólo el de una subvencionada organización de profesionales que prestan una serie de servicios a trabajadores asalariados.

Esta reforma se habría hecho igual con o sin la firma de CC.OO. y UGT. ¿Cuáles entonces han sido las razones y los efectos de haberla firmado?
  1. Dar legitimidad a una medida injusta y antisocial, que -todos los estudios lo apuntan- causará graves situaciones de pobreza en la futura tercera edad.
  2. Sostener al PSOE, un Titanic que se está hundiendo.
  3. Desacreditar a los sindicatos mayoritarios, ahuyentando de ellos más todavia a los elementos más coherentes, más íntegros, con mayor voluntad transformadora y, lo cual es grave, a muchos jóvenes que ya estaban contemplándolos con gran escepticismo.
  4. Garantizar a sus cúpulas la continuidad en su papel de interlocutores formalmente legitimados. Son, por tanto, dentro de los sindicatos, los únicos beneficiados de la operación.
Su gran argumento a favor es que se ha salvado la acción colectiva. Pero en primer lugar ésta desde hace mucho tiempo es papel mojado, papeleo sin sentido, en sectores no sindicalizados, donde nadie vigila su cumplimiento (y con "sindicalizado" obviamente no me refiero a que tenga su Comité de Empresa, sino a que la mayor parte de la plantilla esté afiliada y los delegados hagan concienzudamente su trabajo). Y en segundo lugar -seamos realistas- no se ha salvado nada porque los sindicatos están con una mano por delante y otra por detrás, el Gobierno y el capital son conscientes de ello, y su ofensiva ya no va a parar hasta arrasar con todo.

En resumen, firmar esta reforma ha supuesto ir en contra de los intereses:
  • DE LOS TRABAJADORES. Por razones evidentes.
  • DE LOS PROPIOS SINDICATOS. Dentro de unos años, los sindicatos serán como cualquier empresa privada: una cúpula directiva que manda exclusivamente en beneficio propio, un plantel de técnicos asalariados sin otro interés que el de hacer su jornada y largarse, y una cartera de clientes (de momento, conocidos como afiliados). Pero el error está en que la fuerza de un sindicato está en su apoyo social. Y éste no se obtiene de clientes.
  • DEL SINDICALISMO. Ojalá los descontentos se escindieran o se fueran a otro sindicato... Pero mucho me temo que eso no va a pasar. La gran mayoría de los decepcionados abandonarán la lucha, hartos de todo. Pasarán a engrosar las ya amplias filas de los que ya pasan de todo. Y encima alguno de los culpables tendrá la desfachatez de echárselo en cara... Así que esto se podría considerar un golpe para el futuro del sindicalismo en general, no solamente de Comisiones y UGT.
El sindicalismo sigue siendo tan necesario hoy como ayer. Pero un sindicalismo vivo. Como un cuerpo sólo puede vivir si están vivas sus células, un sindicato está vivo si son sindicalistas quienes lo integran. Si se compone, por el contrario, de profesionales y clientes, será un cuerpo muerto, una momia embalsamada con mera apariencia de sindicato.

Que cada uno haga lo que quiera: yo, por mi parte no me quiero herniar peleando inútilmente contra un orden bien amarrado por una maraña de intereses bastardos, que toma el pelo y se ríe de cualquiera que intente mejorarlo desde dentro. De momento, me voy a la CGT porque en CC.OO. no me puedo quedar. Ya veremos si es un acierto o no. Lo que sí tengo claro es que, allá donde esté, seguiré haciendo sindicalismo, aunque no tenga un sindicato al lado. La dignidad del trabajo siempre ha estado y estará por encima de siglas y banderas.

Viva la lucha de los trabajadores. Que se pudran quienes la han vendido.

lunes, 31 de enero de 2011

Etnocidio


Etnocidio:
exterminio de una cultura a través de políticas de aculturación. Interfiere en los procesos de transmisión intergeneracional de saberes, elimina prácticas que refuerzan las identidades culturales, merma la memoria histórica y la autoconciencia colectiva. Robert Jaulin lo define como una destrucción sistemática de los modos de pensar y de vivir de un grupo que finalmente conduce a su desaparición en tanto que sistema socio-cultural diferenciado. Para Jaulin, el fin, el resultado, no el medio, define un etnocidio.

Desde los años 60, numerosos estudios históricos y antropológicos, sobre todo entre las culturas indígenas americanas, han puesto de manifiesto cómo tantas de ellas han perecido víctimas de acciones combinadas de iglesias cristianas, ejércitos mercenarios y gubernamentales, y de grandes empresas multinacionales.

Pues bien, ahora, afirmo, estamos viviendo un etnocidio de la izquierda. En concreto, de la izquierda europea.

Para sostener esta afirmación parto de dos premisas:

  1. Que existe, o al menos ha existido hasta ahora, una cultura de izquierdas.

  2. Que, independientemente de factores sociales objetivos que la debilitan, esta cultura está siendo conducida a la extinción por una ofensiva orquestada.

Observando a vista de pájaro el último siglo y medio de la historia europea, pienso que es difícil negar que ha existido algo que se podría denominar una cultura de izquierdas.

Ésta habría tenido todos los atributos de una cultura (y en algunos momentos, cuando caía en la referencia en una genealogía obrera común, hasta los de una etnia). Comenzando por lo más concreto y material: ha tenido sus rituales, banderas e himnos. Pero también ha llegado a modelar sus propios códigos lingüísticos. Ha construido sus propias instituciones sociales (partidos, sindicatos, cooperativas, asociaciones, etc.). Se ha referenciado en modelos humanos, más o menos mistificados.

Ha producido toda una maraña de ramificaciones, de auténticas tradiciones, muy diferentes entre sí, aunque siempre identificadas como parte de un cuerpo común. Los mecanismos de reproducción, principalmente proseléticos en sus comienzos, se fueron produciendo cada vez más en el seno familiar. Si a ello sumamos su concentración en determinadas barriadas y determinados sectores productivos, el resultado es un caldo reproductivo tan poderoso como casi el de cualquier cultura étnica.

Esa cultura de izquierdas habría tenido también los rasgos más invisibles, subyacentes de toda cultura: unos valores profundos, patrones implícitos de comportamiento, particulares mundos de vida de sus miembros. Las personas de izquierda realmente tuvieron en la cabeza y se guiaron en sus relaciones sociales por conceptos tales como “justicia social”, “derechos sociales”, “progreso social”... Ser obrero no estaba necesariamente reñido con la educación y la conciencia. La actitud hacia la mujer no era la represiva del tradicionalismo religioso ni la comercializadora del liberalismo. Todo ello a veces incluso difícilmente comprensible desde culturas de derechas, lo que subraya la diferencia de capital simbólico acumulado existente entre ambas: las claves interpretativas de unos simplemente no servían para entender a los otros.

La cultura de izquierdas no fue una cultura minoritaria en oposición a otra cultura principal. En ciertos momentos de explosión revolucionaria, sus formas más puras llegaban a ser mayoritarias en la sociedad. Pero es que, aparte de eso, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX amplias mayorías fueron de izquierdas en un sentido más laxo en Europa occidental. Sus valores impregnaban la agenda política y las clases dominantes se veían obligadas a tener en cuenta sus reivindicaciones.

La era Thatcher ya fue un primer intento a gran escala de frenar el progreso social y la democratización de la vida económica, el avance lento pero hasta entonces imparable de esa cultura de izquierdas. Ofensivas mediáticas para desacreditar a sus líderes y sus principios, apropiadas reformas de sistemas electorales, duros pulsos con los sindicatos... Esas y muchas otras estrategias perfectamente calculadas y coordinadas se pusieron en marcha en los años 80 y significaron una ruptura con lo que se suele denominar el pacto social de la posguerra. Asimismo supusieron una inversión de la tendencia. Desde ese momento el retroceso de la izquierda ya no se interrumpiría.

Al caer la Unión Soviética, los ataques continuaron con energías renovadas. Por un lado, por los ideólogos neoliberales, desde posiciones ya muy fuertes en Estados Unidos, en varias instituciones supraestatales y, algo más tarde, en la Unión Europea. Un complemento excelente de sus propuestas de (a)política económica fue la propaganda del fin de las ideologías. Su extensión, más allá de los desvaríos del deleznable Fukuyama, tomó muy diversas formas, postulando ya abiertamente la total inutilidad y el final de la izquierda. Se trataba de un primer intento de exterminar a la izquierda de la faz de la Tierra.

Por otro lado, la social-democracia y buena parte del sindicalismo europeo fueron mostrando a lo largo de aquellos años (con algunas diferencias de calendario) una espeluznante miopía. Rapiñando sobre los menguados Partidos comunistas los unos y apuntándose a la moda del apoliticismo los otros.

Pese a todo, la izquierda sobrevivió. Recibió un soplo de aire fresco desde fuera de Europa (sobre todo, desde América Latina), acaparó algunos telediarios como movimiento antiglobalización, los sindicatos mayoritarios siguieron desempeñando su papel de legítimo actor social, los partidos comunistas bajaron pero no desparecieron, los socialistas seguían gobernando por aquí y por allá...

La crisis de 2008 cuestionó públicamente el capitalismo. Se llegó a saber que incluso el MI6 estuvo preocupado por un nuevo auge del marxismo en Europa. Y sin embargo los años subsiguientes han arrojado un balance de lo más desolador: los ideólogos liberales se han reorganizado y vuelven a imponer sus recetas por doquier, la derecha y la extrema derecha ha copado casi todos los gobiernos europeos, los sindicatos intentan reaccionar pero acaban optando por pactar lo que sea para salvar su capacidad negociadora. Y la respuesta social, cuando se produce, es claramente minoritaria (o bien encauzada por la extrema derecha). El capitalismo se había retorcido víctima de sus propias contradicciones, tal como siempre había predicho el marxismo, pero la repercusión política resultó nula: ya no existía una cultura de izquierdas en la población que permitiera aprovechar la oportunidad.

Y ese momento fue elegido, con buen criterio, para intentar rematar, de un golpe de gracia, a lo que queda de la izquierda. Una guerra de exerminio total: incluye hasta a la social-democracia y a los sindicatos, es decir, a aquellos que habían contribuido a la estabilidad del capitalismo en las décadas anteriores. Ahora ya no se les necesita, se puede prescindir de ellos. Una nueva operación de fin de las ideologías se pone en marcha. La izquierda es completamente marginada en el discurso mediático. La religión es reinvocada y refinanciada para parchear la amoralidad del capitalismo. Los sindicatos son ninguneados y se ven obligados a bajadas de pantalones espectaculares para no ser proyectados al mismo pozo de olvido y marginación que la izquierda política. Las legislaciones ad hoc y la represión policial desempeñan un papel supletorio, terminando de invisibilizar a la izquierda allá incluso donde aún respira fuerte.

El objetivo es uno sólo: borrar todo rastro de la cultura de izquierdas. Que al final no se perciba de forma muy diferente a un grupo de izquierda que a cualquier secta religiosa. Que desaparezca por fin ese odioso (para el capitalismo) eje electoral izquierda-derecha. La sociedad parece preparada para aceptar su extinción como un proceso natural. El etnocidio de la izquierda está servido.

Si consiguen lo que pretenden, dentro de pocas décadas simplemente definirse de izquierdas será tan friki como hoy lo es ser, por ejemplo, de la CNT. Ya veremos entonces de quién se ríen los militantes del PSOE o de Comisiones Obreras que hoy se mofan de los partidos o sindicatos minoritarios. Si es que hay que ser cortitos de vista...

Y aquellos que dicen ¿y qué? ante la extinción de la cultura de izquierdas... que no se engañen. No pasarán a la historia solamente trasnochados rituales y burócratas corruptos. Pasará a la historia todo un complejo de valores que ha hecho de nuestras sociedades lo que son desde hace un siglo y medio. Que nos ha permitido, mal que bien, vivir trabajando honradamente sin someternos a humillaciones. Llevar una existencia digna con un techo sobre la cabeza y un ingreso estable. En unas sociedades relativamente equilibradas y solidarias, sin obsesiones securitarias, sin exacerbadas ansiedades competitivas. Con la ilusión de que la sociedad y las personas siempre podríamos seguir mejorando por faro.

jueves, 30 de septiembre de 2010

A los sindicatos con amor

Vale, no ha ido mal la huelga. Por esta vez CC.OO. y UGT se han librado. Pero probablemente es la última oportunidad que se les da. Si no se dan por enterados de la cantidad de gente que ha ido a esta huelga a pesar de ellos, si no se están planteando cambios más o menos drásticos en su forma de funcionar, se estarán suicidando (y lo que es peor: matando el sindicalismo).

Desburocratizar las estructuras internas. Arriesgarse un poco y quitarse los pesos muertos de encima. El politiqueo y el maniobreo les han llevado a tal punto de marasmo que los sindicalistas de buena fe (que son muchos) se sienten impotentes para hacer nada con el desperdicio monumental de horas de trabajo que suponen los vagos y los corruptos. Más vale que se vayan a sindicatos amarillos y perder algo de peso numérico a que sigan envenenando el sindicalismo honrado.

Acción en la calle. Sacar a luz lo que pasa en esas cajas oscuras que son las empresas. No esperando a la siguiente huelga general. Ni siquiera al próximo convenio. En el día a día hay motivos suficientes para que todos los meses haya piquetes en las puertas de las empresas. Y de momento los sindicatos tienen capacidad para hacerlo. De momento sólo falta voluntad. Y huevos.

Hablar con los trabajadores, renovar las bases. Nadie patea los centros de trabajo, nadie explica lo que es el sindicalismo ni lo que son los derechos laborales. Incluso los comités de empresa viven a veces en la inopia, qué decir sobre miembros de las ejecutivas. En ocasiones, aún con toda la buena intención, viven en otro mundo, aparte de los trabajadores de a pie. Un primer paso a dar debería ser limitar la liberación a tiempo completo: que nadie deje de respirar el ambiente laboral. Que nadie deje de sentirse responsable de sus compañeros/as.

Volcarse, ahora que aún tienen capacidad, en sectores que les han fallado en esta huelga. Analizar lo que ha sucedido en el sector público, pero sobre todo prestar una atención prioritaria al proletariado de servicios, el más expuesto al arbitrio empresarial, el más dependiente económicamente, el más ignorado por los sindicatos, el más ignorante de sus derechos.

Dejar de pactar para obtener un volátil y fantasmal peso político. Dejar de alimentar su ego con la participación en grandes negociaciones, con la etiqueta de agente social. Pensar más en la suerte de los currelas y menos en comidas y cafés en que cerdos trajeados los tratan de igual a igual. Como se les ocurra negociar alguna otra mierda con la reforma de las pensiones que se nos viene encima...

No es fácil pero deben remangarse y esforzarse al máximo en estas y otras cuestiones. Si no lo hacen, lo mejor que nos puede pasar es que empiecen a ser socialmente más visibles fuerzas sindicales al margen de los sindicatos mayoritarios.

Porque si no, apaga y vámonos.

Un buen día para ser vallecano

Rayo Vallecano, el único equipo de fútbol que hizo huelga ayer. Las oficinas no abrieron por decisión del club, mientras que la plantilla, en un entrenamiento, fue informada sobre la huelga por un piquete de Bukaneros, tomando finalmente la decisión de secundar el paro general.

Desde luego no me alegro de que los demás equipos no hayan hecho huelga... pero sí es un día para sentirse orgulloso de un barrio que consigue parar hasta la poderosa maquinaria futbolística.

Y aprovecho la ocasión para recordar que el Rayo va primero en Segunda División con 5 partidos de 5 ganados. ¡Aupa el Rayo! ¡Es de Primera!

http://www.nodo50.org/bukaneros/wordpress/?p=659

martes, 28 de septiembre de 2010

La plaga de nuestros días

La miopía es la plaga de nuestros días. Miopía voluntaria y asumida con cinismo egoísta en unos casos, con resignación en otros.

Intercambiando opiniones sobre la huelga general con un colega, me he encontrado con "argumentaciones" como esta:
yo creo más bien poco en los servicios sociales ya que no los uso.
pero eso personalmente, pero si pienso globalmente son imprescindibles.
estoy de acuerdo.
pero mira yo prefiero que mi 40% de mi sueldo bruto me lo den a mí que ya me encargaría de buscarme la vida. porque no me creo nada más que lo que veo. así de corta tengo la vista.
Nada excepcional, una opinión muy generalizada, sobre todo entre perceptores de rentas altas y medias-altas. No les gusta pagar impuestos porque creen que no usan los servicios sociales. O mejor dicho, les encanta pensar que no lo hacen porque van a la sanidad privada y llevan a sus retoños a colegios privados donde estos no se mezclan con la chusma.

Quizás, aunque no me conste, también se pagan de su propio bolsillo las calles por las que conducen y pasean y los aeropuertos de los que despegan los aviones. Yo pensaba que todo eso era dinero público.

Pero igual me estaba equivocando y la policía que patrulla sus calles (y reprime a obreros cuando éstos se hartan de aguantar la injusticia) tampoco está pagada con impuestos. Ni los juzgados que aplican el sistema normativo que, aunque no se den cuenta, les ahorra muchos quebraderos de cabeza...

Y no habría problema quizás con que se quedasen con su IRPF si se pagaran con él el sistema de enseñanza pública sin el cual los trabajadores que sostienen toda nuestra compleja economía no sabrían ni hacer la O con un canuto. O el sistema de salud que evita unas tasas de mortalidad infantil tercermundistas como las que tiene EE UU. ¡Uy! quizá allí se me haya escapado un toque demagógico: no sé cómo se me ocurre sugerir que gente con sueldos que rondan el medio kilo al mes debería también acordarse de vez en cuando de los niños de aquellos que no pueden pagarse un hospital privado... Por un momento, se me ha olvidado lo demagógico que es apelar a la solidaridad y al altruismo... Intentaré no caer más en ese error.

También, para ser justos, esa gente que no quiere pagar impuestos debería pagarse sus propias bajas por enfermedad o por paternidad y no permitir la humillación de ser subvencionados por una Seguridad Social pública. Tendrían que pasarse la vida rezando para que no les tocara en suerte un hijo minusválido o una invalidez permanente que les impidiera trabajar y les obligara a ponerse en la calle con una mano por delante y otra por detrás... Pero, oye, es un riesgo razonable por no pagar impuestos... O a lo mejor creen, como dicen a veces los curas, que esas son cosas del castigo divino y sólo pasan a los malvados. Con lo que sería suficiente ir a misa los domingos... Seguridad Social, ¿pa qué?

La degradación social y ecológica va a la par con la degradación de lo público, no hay que ser muy listo para entenderlo. Es casi una afirmación circular.

Pero también es verdad que la miopía y la avaricia no entienden de argumentos. Son tan autosuficientes que ni siquiera se acuerdan de quién les da de comer. Porque el caso es que este coleguita mío cobra su sueldo de la subcontrata de un Ministerio. Y su pareja del Ministerio mismo. Es decir, que viven, más que nadie, de las arcas públicas, de los impuestos que pagamos todos...

Pero en fin... así están las cosas.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Secuestros de palabras

Huelga: deliberada y coordenada interrupción de la actividad laboral por parte de los trabajadores para presionar a sus empleadores.

Cierre patronal: medida de acción directa que consiste en la paralización total o parcial de las actividades de uno o varios establecimientos o actividades económicas, por decisión del empresario o patrón.

Creo que está claro, ¿no? Pues parece que no... Como siempre los medios de comunicación se dedican a moldear los conceptos y los términos a su antojo. Los ejemplos se extienden desde las "huelgas" estudiantiles hasta la "huelga" de transportes de 2008. Pero el más flagrante ha sido el de la "huelga" de los cines catalanes del lunes pasado.
La huelga de exhibidores apagó el 72% de las pantallas catalanas - El País

La huelga de cines se calienta - El País

La huelga de cines en Cataluña desata una tormenta política - El Correo

Seguimiento aplastante de la huelga de cines en Cataluña - Intereconomía

Lunes de huelga en los cines de Cataluña - El Público

Arranca la huelga de cines en Cataluña - Diario de Mallorca

Les Gavarres se suman a la huelga de cines pero el Lauren de Reus, no - Diari de Tarragona

Las salas de cine van a la huelga el lunes - La Vanguardia

El cine se pone de huelga en Cataluña - El Diario Vasco
Prácticamente ningún medio mencionó la expresión "cierre patronal" (que es lo que fue la supuesta huelga). Y la casi totalidad de los que lo hicieron fue para referirse a las declaraciones del portavoz de Esquerra Republicana. Así, el ABC, por ejemplo, titulaba:
ERC lamenta el "cierre patronal" y asegura que seguirá impulsando la ley
Con el grotesco añadido de... ¡entrecomillar "cierre patronal"! Como es evidente, si Ignasi Llorente se hubiera referido a una "huelga", a los maravillosos redactores del ABC no se les hubiera ocurrido entrecomillarlo. ¡El mundo al revés!

El motivo del conflicto es, en este caso, lo de menos para mí. Lo que me parece inadmisible es que, una vez más, la ignorancia, la negligencia, el afán de sensacionalismo u otro interés inconfesable de los que ejercen la profesión periodística (apenas me atrevo a llamarles periodistas) nos oculte información relevante. Secuestros de palabras que terminan por transformar su significado y nuestra percepción de las noticias.