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jueves, 21 de abril de 2011

La insoportable levedad de nuestras convicciones

Mucho refunfuño de bar, los políticos (y de paso la política) caen en descrédito, los medios de comunicación no paran de bombardear con noticias de corruptelas (de signo contrario al suyo, claro)... Pero... ninguna consecuencia real. No sólo la ciudadanía (si es que tal cosa existe) no se anima a construir algo con sus propias manos. ¡Es que ni siquiera se dan consecuencias electorales! ¡Ni en la distribución de votos, ni en los índices de abstención!

Como corderos al matadero, siempre que son convocados, los electores marchan a las urnas y echan su papeleta a favor del PPSOE... La sangre de horchata que ello supone impresiona... en un primer momento...

Pero en verdad: ¿porqué iba a indignarse la gente realmente? Los políticos se forran, trafican con influencias, colocan a sus numerosas familias, se tiran a menores y recalifican espacios naturales.... Pero, ¿y a quién no le gustaría hacerlo?

"Son todos iguales" y "¿Qué se puede hacer?" son sólo excusas. En realidad, el cinismo de la política sólo refleja el cinismo de la sociedad. Nadie ataca en serio el sistema porque nadie se siente con autoridad moral para hacerlo. Nadie se considera mejor (ni aspira a serlo).

Ningún corrupto horroriza ya, porque el ciudadano medio no haría cosa distinta de encontrarse en su lugar.

Pasa no sólo con los políticos: las cantidades astronómicas que cobran los futbolistas e incluso los abusos de los empresarios son, cuando no justificados, al menos exculpados, por la creencia en que, en el fondo, todos somos iguales...

Si ayer era la fe en el orden y en la bondad de los que nos explotaban, hoy es la fe en la sinvergüenza innata del ser humano lo que nos paraliza de la misma forma. La sociedad es una especie de mafia generalizada en la que todo el mundo está en el ajo (o alberga la esperanza de estarlo). Y por eso nadie tira de la manta, ni se enfrenta a la situación.


Ver Mapa de Corrupción por Partidos Políticos en un mapa más grande

jueves, 10 de junio de 2010

Montilla, el creyente


No salía de mi asombro viendo pasar, sobre el lateral de un autobús, la cara del Montilla acompañada de la siguiente frase: "Sigo creyendo en la justicia social". Parecía de cachondeo. No sabía si reírme o llorar.

Pero el destino me deparaba algo mejor: al alejarse el autobús, pude ver, en su parte trasera, al mismo Montilla con un "Sigo creyendo en la política". Había que tener cojones para lanzar una campaña así justo cuando las cloacas estaban reventando y toneladas de corrupción salían a borbotones a la superficie.

Si la primera afirmación sonaba a burla a la luz de las últimas medidas gubernamentales pero aún era capaz de encontrar alguna aceptación, la segunda parecía una provocación. Una amplia mayoría ve hoy en la política el chiringuito de unos pocos, algo que no trae más que problemas y sin lo que estaríamos mejor. Y todo hay que decirlo: si hablamos de la política de facto, de la alta política de los consistorios y parlamentos, buena parte de razón no les falta. ¿Cuál es, entonces, el cálculo electoral que lleva al PSC a proclamar su vinculación con la política cuando lo que procede es agachar la cabeza y confesar los errores cometidos?

Siguen intentando vivir de las rentas. Como no se ha llegado a producir una explosión social de rechazo contra la política, el desgaste nunca se impone; siempre, al afrontar las próximas elecciones, es más rentable tirarse el farol y decir que aún se cree en la política. Pero el avance de la abstención es progresivo. España va con un calendario algo atrasado en este sentido respecto a la avanzadilla de Europa, pero sigue el mismo camino. La aversión a la política y a los políticos va ganando terreno y perjudica, significativamente más, a la izquierda.

Si se sigue insistiendo en ignorar la despolitización de las bases de la izquierda, si se siguen utilizando las viejas fórmulas repitiendo que las cosas podrían ir peor, auguro dos escenarios posibles.

Una deriva a la norteamericana hacia un "sistema de partidos" que ni merece tal nombre, dado que los cauces de actuación forman, de hecho, parte del aparato del Estado. El montaje dispone de la suficiente flexibilidad como para permitir la emergencia de un Obama o de un Bush según el caso. Pero por muy diversos que sean los personajes ni por asomo pueden amenazar la respetabilidad burguesa de la gran política y la continuidad de los principales intereses que se hallan tras ellos. La izquierda se queda fuera, dividida, descafeinada, condenada a debatir consigo misma sin nadie que la escuche.

El otro escenario es la consolidación de nuevas fuerzas políticas con discursos de regeneración y despolitización. Su pretendido apoliticismo y su discurso tecnocrático oculta políticas antisociales y xenófobas. Su arco se extiende desde la extrema derecha pura y dura, como ya pasa en muchos países de Europa, hasta formaciones oportunistas y demagogas del tipo de UPyD.

Ambos escenarios suponen la completa expulsión de toda izquierda medianamente transformadora de las instituciones. No es derrotismo: sólo un aviso para los que, al estilo de Montilla, piensan seguir tratando de idiota a la gente.