En sociología se ha hablado siempre mucho de la doble vara de medir que se emplea para catalogar los comportamientos "desviados" como criminales. En la mayoría de los casos el acento se ha puesto en cómo se criminaliza al pobre: cómo se le persigue por el aspecto visible de su pobreza, cómo se castigan con mayor dureza los crímenes más propios de su clase... Y a mi gusto no se ha insistido lo suficiente en el otro lado de la ecuación: en cómo se libran los ricos de la persecución. Una realidad que, ni siquiera el manoseo mediático de la corrupción en los últimos años, ha conseguido cambiar. Los ricos:
Controlan la definición ideológica de la desviación. La hegemonía de clase se extiende, naturalmente, a la definición de lo que está "bien" y lo que está "mal". Un ejemplo de los muchos que se podrían poner: está bastante más estigmatizado en el imaginario popular ser prostituta (trabajadora) que proxeneta (empresario).
Controlan la definición legal del delito. Quienes dicen ser nuestros representantes en realidad solo representan, lógicamente, a su clase social y, en consecuencia, al elaborar las leyes, regulan con una laxitud pasmosa los delitos propios de su clase, tales como la evasión fiscal.
Controlan los recursos para hacer frente a las acusaciones. Recursos informales, como contactos en el mundo de los fiscales y los jueces, y recursos formales, dinero para llegar a acuerdos, pagar fianzas y contratar buenos abogados.
Controlan el castigo mediático. Cuando los ricos son perseguidos merecen mayor consideración que otros: las "humillaciones" o "calvarios" por los que pasan los corruptos que se sientan en el banquillo no son nada comparado con lo que puede sufrir un inmigrante sin papeles en una sola noche de calabozos. Pero llevar traje te da un plus de respetabilidad y presunción de inocencia.
La conclusión principal para mi es que, aunque puede que los pobres sean con frecuencia castigados con injustificada dureza, el problema principal es que los ricos, gracias a todos estos mecanismos, se encuentran en gran medida fuera del alcance de todo castigo o control.
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martes, 5 de agosto de 2014
sábado, 2 de abril de 2011
Masacre de clase
Más que la "lucha de clases", enunciada por Marx, esto empieza a parecer una "masacre de clase". Al menos, por lo que al Estado español se refiere.
Los núcleos de resistencia son cada vez menos. Mires por donde mires, ves gente abatida, derrotada, sin confianza en sus propias posibilidades... Abandonando el barco común en el que ha navegado tanto tiempo la clase trabajadora, pisándose y mordiéndose los unos a los otros como ratas en desbandada.
Y el enemigo no perdona ni afloja. No toma prisioneros: masacra sin piedad todos los derechos sociales y laborales que consigue alcanzar.
Ya no podremos ni jubilarnos dignamente, ni llevar a nuestros hijos a escuelas de calidad, ni tener una cobertura sanitaria decente... El paisaje urbano también empieza a reflejar esta masacre: si en los años 80 se tiraron la mayoría de los poblados y emergieron barrios populares de aspecto aceptable, ahora vuelven poco a poco a llenarse de basura, de delincuencia y calzadas descalabradas.
Por contra, proliferan a más no poder las urbanizaciones con seguridad privada, privados servicios de limpieza, donde vive gente con seguros privados de salud, que lleva a sus hijos a colegios privados y que, por supuesto, tiene su privado plan de pensiones. No sólo eso: para que esta gente, que lo tiene todo, también pueda disfrutar del paisaje urbano cuando le plazca, muchos barrios céntricos se habilitan para ellos, al tiempo que la policía y precios prohibitivos se encargan de que los jóvenes de clases populares no molesten la vista a los señores.
La Historia demuestra que, para que los trabajadores pudieran llevar una existencia digna, más importante que la presencia de partidos de izquierda en los gobiernos (cosa que, claro está, ayuda), ha sido la capacidad autoorganizativa de la clase. La facultad de erguirse, sacar pecho, sentirse fuerte, orgullosa de sí misma. Nutrir y controlar sus propios sindicatos, asociaciones vecinales, cooperativas. Formar un tejido social vivo y musculoso. Tan lejos de lo que nos ha tocado vivir...
La Historia demuestra que, para que los trabajadores pudieran llevar una existencia digna, más importante que la presencia de partidos de izquierda en los gobiernos (cosa que, claro está, ayuda), ha sido la capacidad autoorganizativa de la clase. La facultad de erguirse, sacar pecho, sentirse fuerte, orgullosa de sí misma. Nutrir y controlar sus propios sindicatos, asociaciones vecinales, cooperativas. Formar un tejido social vivo y musculoso. Tan lejos de lo que nos ha tocado vivir...
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