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martes, 3 de enero de 2012

Quien no lo ve, es porque no quiere...

Apasionante es la cuestión de la interpretación del Cantar de los Cantares.

Lo lees y parece inverosímil que un poema tan claramente erótico pueda interpretarse en el sentido del amor entre Dios y la comunidad de creyentes. Que no puede ser que tal comparación hubiera salido sino de una mente inflamada por las drogas o por la religión.

Es posiblemente el mejor ejemplo de que siempre vemos lo que queremos ver. Disponemos de un número reducido de claves interpretativas y son las que manejamos. Y está claro que para unos ese número es más reducido que para otros. En el cristianismo, en las simplezas de la teoría económica liberal o en la escolástica marxista, por doquier se pueden encontrar personas que son simplemente incapaces de ver el mundo en tres dimensiones.

Fray Luis de Limón es uno de los máximos exponentes de los psicopáticos extremos que puede alcanzar la mente humana. Por sus santos cojones de fraile tenía que hacer encajar el Cantar en las coordenadas religiosas más impensables y su exégesis merece ser leída para admirar el sobrehumano esfuerzo que, a buen seguro, le supusieron versos como estos:
¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
El rey me ha metido en sus cámaras;
Nos gozaremos y alegraremos en ti
Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable
Como las tiendas de Cedar,
Como las cortinas de Salomón.
No reparéis en que soy morena,
Porque el sol me miró. (Se ve que ya en la antigua Judea los caballeros las preferían rubias...)
He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa;
Tus ojos entre tus guedejas como de paloma;
Tus cabellos como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de Galaad.
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas,
Que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y ninguna entre ellas estéril.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela,
Que se apacientan entre lirios.
¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía! (A todo eso, ¿cuándo ha considerado el dios judeo-cristiano a la esirpe humana "hermana" suya?)
Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa;
Miel y leche hay debajo de tu lengua
Venga mi amado a su huerto,
Y coma de su dulce fruta.
¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias,
Oh hija de príncipe!
Los contornos de tus muslos son como joyas,
Obra de mano de excelente maestro.
Tu ombligo como una taza redonda
Que no le falta bebida.
Tu vientre como montón de trigo
Cercado de lirios.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela.
Tenemos una pequeña hermana,
Que no tiene pechos;
¿Qué haremos a nuestra hermana
Cuando de ella se hablare?
(Aquí es cuando el relato ya se vuelve demencial y discuten de con quién van a casar a la hermana pequeña de la "amada", al parecer de escaso tetamen.)

sábado, 21 de mayo de 2011

El más adaptable, el más inadaptado

A pesar de no tener vello abundante, ni fuerza física excepcional, ni gran velocidad, ni colmillos enormes... el animal humano se ha expandido a las zonas más áridas del planeta, desde los desiertos de nieve de Groenlandia hasta los desiertos de arena del Sáhara... Lo ha hecho gracias a su ingenio pero también -y quizá en la misma medida- a su capacidad de sufrimiento. A diferencia de las claves evolutivas de otros animales (que sólo les ayudan a sobrevivir con éxito en un hábitat determinado) estas dos características han sido herramientas polivalentes que, como una llave inglesa ajustable, le han valido para ser aplicadas en cualquier condición adversa.

Pero al mismo tiempo el ser humano es el ser más inadaptado. Nunca, jamás, se ha sentido del todo a gusto, ni ante las circunstancias más favorables. Siempre ha visto alguna cosa que fuera posible mejorar. Y se ha aplicado a mejorarla. De ahí su tormentosa historia de bastante continuo progreso tecnológico y no tan continuo progreso social.

Religiones como el budismo violan la naturaleza humana cuando pretenden que nos quedemos quietos, parados, contemplando sin más. Hay algo dentro de nosotros que nos impide ser completa y permanentemente felices, conformarnos. Nunca nos ha bastado saciar el hambre: siempre hemos buscado además la forma óptima de hacerlo.

Un perfeccionismo imposible que ha convertido nuestra Historia en una carrera hacia un horizonte que se aleja un paso de nosotros con cada paso que damos hacia él. La fuente de nuestra permanente insatisfacción...

domingo, 13 de marzo de 2011

La Verdad de Ágora

El otro día vi Ágora y me gustó mucho. No entiendo las críticas que se han vertido contra ella y sospecho que muchas tienen inconfesables motivaciones ideológicas. Es un film de bellas imágenes, estupendas actuaciones, un ritmo muy bien mantenido y equilibrio entre la veracidad histórica y el compromiso del autor.

Se trata de un hermoso alegato por la razón, la cordura y la pasión por el saber. Contra el oscurantismo religioso, y la manipulación de los curas. Sobre el drama de la verdad atrapada en el cepo del politiqueo.

Pero hay una reflexión cuya dimensión no es plenamente captada en la película. Y es la de porqué el cristianismo gana tantos adeptos. La respuesta no está oculta, la tenemos constantemente ante nuestras narices: porque libera a los esclavos. Porque, claro, es muy bonito contar la historia de un esclavo enamorado de su ama, pero lo cierto es que ésa no era la función principal de los esclavos.

El cristianismo oscureció las mentes y atacó la razón, pero ello debería hacernos pensar: ¿de qué sirven las luces de la ciencia a quienes están privados de su libertad? ¡Qué poca cosa es al final la razón si es privilegio de aquellos que pueden vivir del trabajo de sus esclavos!

Pensar la ciencia y la razón como algo abstracto, que está por encima de las condiciones sociales que las producen, es hacerles un flaco favor. Es condenarlas a estar siempre a la defensiva, a sentirse acosadas por la "plebe", a buscar refugio en espacios libres de la agitación social, bajo el paraguas, con frecuencia, del poder y sus intereses espurios. Un triste destino, alejado en la práctica del ideal de la reflexión pura, de la búsqueda de la Verdad por amor a la Verdad.

Dicho esto, me reitero en que la película es una delicia...

miércoles, 19 de enero de 2011

Ansiedad y muerte

¿Puede ser nuestra mortalidad la razón última de todas nuestras ansiedades?

La ansiedad nos impulsa a satisfacer compulsiva, desesperada, urgentemente nuestros deseos. Como si se fuera a acabar el mundo. Pero es que realmente se va a acabar. Para nosotros, claro. Moriremos y nunca podremos hacer esto o aquello que deseamos. Conscientemente o no, no lo aceptamos y por eso nos precipitamos en una frenética actividad por hacerlo todo mientras aún queda tiempo. Y nunca tenemos bastante porque olemos cerca el final. Nos afanamos siempre un poco más. Y nos ahogamos siempre un poco más.

¿Qué razones para la ansiedad tendríamos de ser inmortales? ¿Qué podría preocuparnos más que el momento? ¿Qué necesidad tendríamos de pensar en el futuro?

Lo más parecido a un ser inmortal no es aquel que pasa a los libros de Historia por sus proezas. Si está en los libros es porque, a fin de cuentas, está muerto. Tras una vida probablemente llena de ansiedades que le impulsaron a hacer todas esas cosas por las que los libros han terminado por recogerlo.

Las religiones niegan la muerte. Pero ésta es real: el creyente no hace más que mentirse a sí mismo. Hace un esfuerzo sobrehumano para insistir en que una pared es negra cuando evidentemente es blanca. Lo cual no le crea más que contradicciones que resuelve reafirmándose en compulsivos rituales. En resumen, la religión no aporta más que nuevos miedos, más ansiedad.

Lo más parecido a un ser inmortal es una persona libre de sus ansiedades. Una persona que vive como si fuera inmortal. Una que es inmortal mientras vive.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Bendito sea

Bendito sea el Señor
por haber decidido
tan espontáneamente
no existir
Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920 – Montevideo, 2009)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Propuesta constructiva


Días acaparando titulares en la prensa nacional en EE.UU., centenares de debates en las televisiones, reacciones de todas las jerarquías civiles y militares, revuelo absoluto en el Pentágono y la Interpol, declaraciones de líderes mundiales, culminando en las intervenciones de Barack Obama y una llamada personal del Secretario de Defensa Robert Gates...

Ni el contacto con formas de vida extraterrestres hubiera conseguido atraer tanta atención como la amenaza de quemar el Corán por parte de un pastorcillo de una parroquia floridana de no más de 30 miembros.

Lo que me ha hecho pensar. Si ha conseguido esto con la quema de un sólo libro... ¿¿¿qué podríamos conseguir nosotros si amenazáramos con quemar de golpe y porrazo la Biblia, el Corán, la Torá, y todos los demás textos sagrados que consiguiéramos encontrar???

Sí, es verdad que habría un montón de gente cabreada a lo largo y ancho del mundo... ¡Pero todos estarían cabreados con nosotros! ¡Y eso quiere decir que estarían unidos entre ellos! Habríamos hecho más por la Alianza de Civilizaciones que Zapatero en todos estos años. Y sólo habrá hecho falta demostrar a los subnormales de todos los colores lo mucho que tienen en común. A la larga, la historia reconocería nuestro mérito.

Tal evento podría generar imágenes inéditas, tales como:
  • El Ratzinger paseado a hombros por talibanes en la plaza de San Pedro
  • Sara Palin insinuándose al ayatolá Jamenei
  • Mel Gibson dirigiendo una segunda parte de La Pasión desde el punto de vista de los judíos
  • Hasta puede que todo culminara en una espectacular orgía interconfesional (véase ilustración)...
  • O que Israel dejara de matar niños... (no, no caerá esa breva)

jueves, 25 de febrero de 2010

El vicio antropológico

Todas las disciplinas sociales tienen sus vicios característicos. La obsesión de ciertos sociólogos con cálculos numéricos imposibles, la ficción del individuo racional-individualista de los economistas liberales, la incapacidad para salir de la casuística de algunos historiadores… son sólo algunos ejemplos. El vicio más típico de la Antropología es, sin duda, el sesgo culturalista: la negación (o subestimación) de otros factores en beneficio del peso del relato ideológico. Como si las dinámicas sociales no fueran más que un juego de constructos ideales.

Esta tendencia, en ocasiones, puede llevar tan lejos que el antropólogo que estudia textos “sagrados” acaba saltando la línea que separa la ciencia social de la teología.

No cabe la menor duda de que el análisis de las biblias, coranes y talmudes es fundamental para entender la sociedad de la época en la que fueron escritos, y también, por supuesto, para tener un cuadro completo de cómo se conforma el presente. Pero a veces los antropólogos se han dedicado a interpretar la letra de dichos libros no con el fin de comprender una sociedad (histórica o actual), sino con el de contrastar su mensaje con las interpretaciones en vigor. Su objetivo se desplaza de forma sutil, en la mayoría de los casos inconsciente, del conocimiento de realidades científicas, a la búsqueda del sentido “auténtico” o “verdadero”, de la palabra "divina".

Así sucede con “El islam sin velo” de Nazanín Amirian y Martha Zein. Un libro de divulgación antropológica, rico y riguroso en las informaciones que aporta, y que persigue el muy loable fin de desmentir los prejuicios existentes contra el mal llamado “mundo islámico”. Pero también es verdad que por momentos se recrea en la interpretación de los versículos coránicos o bíblicos. Si bien su perspectiva general es laica, parece, sin embargo, en ocasiones, que está discutiendo con algún erudito islámico sobre lo que realmente quiso decir Mahoma sobre uno u otro asunto. Pero lo relevante para el análisis social no es tanto lo que quiso realmente decir el fundador de X religión sino cómo lo interpretan los agentes sociales que hablan en su nombre. Lo otro pertenece al ámbito teológico y no debería interesar a científicos sociales, sino a imanes, curas y rabinos.

Este afán por mezclar ciencia y teología se puede ilustrar también con las aportaciones de las teólogas cristianas feministas (no necesariamente, pero sí con frecuencia, antropólogas). Escudriñan incansablemente los textos cristianos de referencia, así como el patrimonio iconográfico del cristianismo, para encontrar pruebas de que su religión no es tan machista en su esencia y raíz, como lo ha llegado a parecer. (Un propósito más que inútil, desde mi punto de vista.)

Es interesante descubrir los vaivenes históricos del machismo cristiano. En ese sentido, sus trabajos tienen un gran valor para las ciencias sociales. Pero lo que debería ser absolutamente irrelevante para un científico es lo que un supuesto dios presuntamente quiso decir. Lo que los curas realmente piensan y hacen, eso sí es importante. Pero entrar en su juego y discutir sus historias como presumiendo que tienen algún valor cognitivo no es tarea científica. El debate sobre las orientaciones bíblicas y eclesiásticas es –llamemos simplemente las cosas por su nombre –teología.