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lunes, 13 de febrero de 2012

Historia al servicio del pesimismo antropológico

La Historia, en tanto ciencia y no mera historiografía, es una disciplina analítica, reveladora de las relaciones causales e incluso dotada de una cierta capacidad predictiva.

La Historia es una ciencia absolutamente necesaria. Sin ella, estamos irremediablemente condenados a la impotencia, al bucle de los mismos errores una y otra vez. A acumular quizás (bienes, conocimientos...), pero sin progresar, sin ser más racionales y conscientes.

Pero en manos conservadoras la Historia, en lugar de ayudarnos a avanzar hacia donde queremos, se convierte en el medio para hacer que nos quedemos donde estamos. Sazonada de pesimismo antropológico, de teologías basada en el pecado original o de individualismo metodológico, proclama que el ser humano es incorregible y que más vale lo malo conocido...

Se convierte en una teoría de largo alcance que intenta convencernos de que el ser humano ha sido siempre igual de insolidario y egoísta, un lobo para sus hermanos. Niega que pueda existir progreso alguno. Afirma que siempre y en todas partes ha prevalecido la guerra de todos contra todos, y que apenas existe un instinto de sociabilidad en nosotros.

Una teoría muy conveniente para algunos, alérgicos a cualquier insinuación de que podamos esforzarnos por ser mejores y actuar en común. También para aquellos, claro, que se sienten cómodos con las cosas tales como están.

Pretende seguir siendo ciencia, pero se vuelve ideología. Porque una ciencia de verdad explica, previene y ayuda. Pero nunca, jamás, una ciencia nos dice lo que no podemos ser.

jueves, 19 de mayo de 2011

Simetrías

Parecemos simétricos pero, como es bien sabido, no lo somos. Tenemos un corazón a la izquierda y un hígado a la derecha. Pero ni siquiera lo aparentemete simétrico –como nuestro rostro o nuestras manos- lo es. Y para el colmo siempre existe un lado dominante: el derecho en los diestros, el izquierdo en los zurdos.

Pero a pesar de todo la evolución ha querido que parezcamos simétricos y que además nos sintamos atraídos por la simetría. No sé porqué ha pasado, pero sí sé que estas pseudosimetrías se encuentran en todas partes. El mundo está estructurado de esta forma: a primera vista, desde los cuerpos celestes hasta las partículas subatómicas, todo parece simétrico… y nada lo es. Como si todo tendiera al orden, al tiempo que el orden fuera una absoluta quimera.

Nuestra organización social parece que ha heredado esta especie de principio universal. Buscamos el orden, lo anhelamos, nos angustiamos cuando no existe. Pero al mismo tiempo nos conformamos, como por una especie de cinismo natural, con su apariencia.

Inventamos ficciones jurídicas, tales como naciones, Estados, democracias, socialismos… Pero luego nos conformamos con que todo funcione más o menos. Nos molestan menos las grietas en el orden ideológico que quien denuncia esas grietas. Un ejemplo claro son, por ejemplo, los países tan gangrenados por la corrupción o la economía informal que una amplia mayoría acaba por aceptarlas tanto como las propias ideologías formales que las censuran. Y todo ello sin excesivo perjuicio para su salud mental.

Posiblemente ninguna otra invención humana ha hecho tanta apología del orden, la simetría, la previsibilidad y la exactitud como la burocracia. Pero quien ha asomado a los bastidores de la realidad funcionarial sabe cómo funcionan las cosas: por los pelos. El factor humano cuenta mucho más de lo que dicta la norma… Pero al público se le sigue apareciendo como un monolito coherente e inamovible.

Desde niños, nos acostumbramos a que la realidad sea siempre una mezcla de mantenimiento de exigencia de orden y transigencia con el infractor. De hecho, se censura mucho más a un infractor que amenaza la susodicha apariencia que a otro que no lo hace aunque cause un daño mayor según los propios parámetros valorativos del sistema. Así, existe más animadversión social (convenientemente estimulada, claro, por los medios de comunicación) contra el okupa que contra el especulador que impide cuyo negocio impide la realización del derecho constitucional a la vivienda digna para todos…

La simetría es orden. La simetría es belleza. Pero al mismo tiempo es un fantasma: la vemos pero no existe ni puede existir. La ansiamos. Pero al mismo tiempo nos conformamos con fingirla colectivamente...

miércoles, 30 de marzo de 2011

La propiedad privada es un robo

Para entenderlo, es necesario primero entender la diferencia entre uso, posesión, necesidad... y el concepto de propiedad. Ésta no es una realidad física. Pertenece al ámbito de las ficciones jurídicas, es decir al ámbito de la ideología.

Al principio, existía una realidad: un grupo que usaba un territorio sobre el que cazaba o unas tierras que labraba y que protegía frente a otros por la necesidad de garantizarse la propia existencia. Hasta allí, nada necesita justificación como no la necesita ningún hecho natural.

Pero se produce una ruptura, al principio casi imperceptible. A esta situación de hecho se le acopla una afirmación de derecho: "Tengo derecho a poseer estas tierras y tengo derecho a defenderlas frente a cualquiera que me las intente arrebatar." Hemos pasado ya a un constructo de ideas, nos encontramos con una ideología edificada para proteger nuestras legítimas aspiraciones a la supervivencia.

Pero la ideología es como comer pipas: todo es empezar. La avaricia y las ansias de poder hacen el resto. Enseguida a alguien se le ocurre: "Esto no sólo lo poseo. Es de mi propiedad. Si me marcho, seguirá siendo mío. Si muero, se lo dejaré a quien me venga en gana." Nace así la propiedad privada: una ficción jurídica que hunde sus raíces en el uso, la necesidad y la posesión, pero que sirve fundamentalmente para justificar la desigualdad social.

Unas tierras que no eran de nadie (que equivale a decir que eran de todos) han sido valladas. Les han puesto hombres armados para guardarlas y quien quiera darles un uso -porque quizá las necesita para sobrevivir- debe pagar una parte de los frutos de su trabajo a su autodenominado "propietario".

Los empresarios se quejan de los impuestos a los que les obliga el Estado. Pero son ellos quienes obligan al trabajador a pagarles un "impuesto" sobre la riqueza que éste produce. Y lo hacen secuestrando los medios de producción y validando este mafioso procedimiento a través de la ideología de la propiedad privada.

¿Qué es esto si no un robo en toda regla?

viernes, 7 de enero de 2011

Paletos listos

Puedo entender a quienes utilizan los argumentos macroeconómicos ultraliberales porque corresponden a sus intereses de clase. Puedo entender a quienes los construyen porque así se labran una próspera carrera académica. Hasta puedo entender a quienes no ven más allá de un simple "trabajar duro y no pensar".

Pero a quien más me cuesta entender es a los que, contra toda evidencia y contra sus propios intereses, rumian y escupen nociones básicas prefabricadas extraídas de algún tertuliano o editorialista. Son, como escuché decir a alguien una vez, los paletos listos. Se creen muy listos porque saben dos cosas más que quienes les rodean sobre estructuras financieras o sobre el mercado de trabajo. Y se zampan ávidamente toda la ideología que se fabrica para ellos, asombrando con su estupidez hasta a los propios ideólogos.

El ejemplo que más llama la atención (por ser especialmente imbécil) es el de los (no pocos) que, puteados en su curro, llegando a duras penas a final de mes, defienden luego en el bar la flexibilización de las condiciones laborales o el abaratamiento del despido como solución para el paro. De nada sirve argumentar con ellos: no es la razón sino la vanidad lo que sostiene su engaño.

Son los mismos que se creen que hay medios de izquierdas y medios de derechas y que viendo la tele pueden llegar a tener un punto equidistante y objetivo. Ignorando, con agilidad felina, que las grandes polémicas mediáticas son, con frecuencia, simples cortinas de humo.

O los que creen que las razones de la actual crisis se reducen a la irresponsabilidad de quienes contrataron créditos hipotecarios sin suficientes garantías... O los que piensan que ya no existe el "capitalismo", ni el "proletariado"...

En el fondo, esos paletos listos son los que más lástima dan: la presa más fácil, siempre a cuatro patas... y encima alabando a quien que se la mete hasta las trancas.

domingo, 10 de enero de 2010

Una caricatura del racionalismo


La razón como antítesis de la emoción. Una absurda y obviamente imposible negación de lo subjetivo es lo que ofrece el estereotipado racionalista Dr. House. La serie no hace sino ahondar en una caricatura de la razón que encanta a sus adversarios: argumentos simplistas y un duro dogmatismo. Es sintomático el recurso hasta rozar el sinsentido a argumentos genéticos: constantemente esto o aquello resulta ser "por imperativo evolutivo". Refleja el deseo de reforzarse con la robustez de los argumentos biológicos, simples y fuertes. Pero finalmente sólo consigue poner la ciencia, la razón, antidogmática por definición, al mismo nivel que las demás ideologías, religiosas o no.

Por otra parte, el personaje de House es una prueba "viviente" de que el ateísmo es amargura y la lógica es crueldad. Tras cada enfrentamiento con un irracionalista -religioso o no- todo termina en "sí, supongo que tienes razón, pero me da igual porque yo soy feliz y tú un infeliz, House" o "no tengo argumentos, pero mi vida tiene un sentido y la tuya no". Este estereotipo imbécil de racionalista incluye por supuesto el "yo no creo en nada". Evidentemente todo el mundo cree en algo, por eso ningún racionalista mínimamente en sus cabales utilizaría esa autodefinición. Sin embargo, House la utiliza, dando fácilmente pie a un "por eso vives tan atormentado".

Por último, House ha dado lugar a una tropa de seguidores que se identifican en serio con él. A fin de cuentas, es un tipo fuerte, duro, que no necesita a nadie, que anda solo por la vida (¡pero porque quiere, eh!), pegando cortes a diestro y siniestro, siendo siempre él mismo, y por supuesto (casi) siempre ganando, (casi) siempre teniendo razón. Es una imagen muy atractiva que a más de uno le gustaría dar de sí mismo. Pero esos minihouses se dejan llevar por la ficción de la serie y olvidan con facilidad, en su fantasía, lo que sería en la vida real House. Que, por muy genial que fuera, tendría ya los huevos morados por las patadas que se habría llevado a causa de sus comentarios machistas. O que, con toda probabilidad, se habría cargado ya un montón de gente y estaría en la cárcel o en un psiquiátrico. En lugar de babear por los pasillos tras las lujuriosas nalgas de la Dra. Cuddy.

A ver, que no estoy criticando la serie. Está muy bien hecha, engancha, es original. Que yo sólo quería hacer una breve referencia a las ideologías que habitan en la sociedad y en los medios norteamericanos.