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domingo, 26 de abril de 2020

Defender la igualdad, respetar la diversidad

La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la ...

La diversidad es una realidad a respetar. No un valor a promover.

Así podría formular una de las conclusiones principales que me vienen a la cabeza tras terminar La trampa de la diversidad de Daniel Bernabé. Agradecer a autor, en primer lugar, sus dotes de observador, su capacidad para describir de forma gráfica la realidad política y su sentido de humor (Para un neoliberal hasta un semáforo es liberticida, casi como un gulag con luces, me he podido reír mucho con esto).

Pero si recomiendo sin duda su lectura, es sobre todo por los debates que plantea. Especialmente por la pregunta central: ¿hasta qué extremo se puede llegar por el camino de obviar lo común y reivindicar lo particular? El libro describe un gran problema objetivo: la izquierda débil e impotente que emergió tras la crisis de los años 90 ha sobrevivido eligiendo el camino fácil de atender la agenda mediática de la diversidad y ahora va camino de convertirse, emulando el modelo liberal estadounidense, en un popurrí incoherente de reivindicaciones fractales que, llevadas a sus últimas consecuencias lógicas suponen el encumbramiento del individuo por encima de lo social. Un camino claramente contra natura para toda tradición de izquierdas.

El libro también hace un importante apunte: el trabajo como elemento político central es un antídoto contra el veneno liberal. Bernabé describe una realidad alarmante: la condición de trabajador está siendo enfocada en los entornos politizados como una categoría identitaria más. Están los gays, los trans, los negros, los veganos, los refugiados y también, aparte, los trabajadores. El papel del trabajo como factor estructurante de la vida social y política para todos (los gays, los trans, los negros, los veganos, los refugiados inclusive) es felizmente ignorado por el activismo que acapara el protagonismo político de la izquierda.

También hay que señalar algunas debilidades importantes en el libro. En primer lugar, su marco teórico le queda grande. Bernabé toma como paradigma el paso de la Modernidad a la Posmodernidad. En el último medio siglo habríamos transitado, supuestamente, de un mundo regido por el espíritu de la racionalidad, lo social, lo universal y lo transformador a otro gobernado por el irracionalismo, lo individual, el relativismo y, en definitiva, el fatalismo. Es verdad que se reconocen en este relato muchas de nuestras realidades y también está claro que todos estos binomios (racionalismo - irracionalismo, justicia social - individualismo, teorías universales - teorías parciales, voluntad transformadora - resignación) están estrechamente conectados. Pero todo ello no implica que se los pueda alinear fácilmente en ese supuesto eje histórico que sería Modernidad-Posmodernidad. Esta alineación sirve al autor para asociar el supuesto declive de la Modernidad con el declive de lo que sería para él su máximo exponente: el socialismo. Pero este esquema no resiste un análisis riguroso.

No es evidente, por ejemplo, que el socialismo sea la quinta esencia del pensamiento moderno. Hay autores tienden a enfocarlo como la vertiente social de la tradición racionalista moderna. Otros racionalismos habrían competido con el socialismo en una especie de mercado de teorías modernas. Y una de ellas habria sido el liberalismo: presa de individualismo metodológico pero tan racionalista como el socialismo.

Las conclusiones llegan en cascada. Si hay varias teorías racionalistas en pugna, hay que reconocer que la razón no produce una y solo una teoría universal. La razón es una buena herramienta, un lenguaje para entendernos, pero no conduce siempre a los mismos resultados y viene condicionada siempre por las condiciones materiales de la existencia de quien razona. La crítica del universalismo (que ya encontramos en autores indiscutiblemente modernos como Weber) podría ir asociada actualmente a lo que algunos autores han denominado modernidad reflexiva: una modernidad que reflexiona sobre sí misma. No habría en ese sentido una Posmodernidad, sino tan solo una Modernidad que se actualiza a través de la autocrítica, sin renunciar a su esencia que es el uso de la razón.

Bernabé sitúa los primeros cuestionamientos de la Ilustración en la posguerra pero eso supone ignorar el Romanticismo, a Nietzsche o el fascismo, por poner solo tres ejemplos de envergadura. Ni antes éramos tan racionales, ni ahora hemos dejado de serlo. Los brotes de pensamiento mágico e irracionalismo a los que asistimos periódicamente, muy magnificados ahora por las redes sociales, no alcanzan una extensión que realmente permita hablar de una crisis del racionalismo dominante. La prueba de que su hegemonía se mantiene está en que incluso muchas de las supersticiones contemporáneas (como la homeopatía) buscan la coartada de la ciencia y la razón y no se reconocen abiertamente irracionalistas al estilo de las religiones tradicionales o los misticismos de la Nueva Era.

Y por lo que respecta a la política, esta nunca fue el debate racional en sociedad que el autor pretende. Como Bernabé mismo dice, la gente más que votar a un partido era de un partido. Se trata de una descripción muy acertada, pero no apunta ni de lejos a un comportamiento ilustrado. Los eventos y formalidades siempre tuvieron una importancia fundamental en la adhesión a los movimientos políticos tradicionales y antes de afirmar que las ideologías han perdido importancia quizás sería conveniente definir ideología.

Ni la racionalidad en sí se está muriendo, ni el pensamiento en clave social lo hace. Lo que sí es constatable es el declive del pensamiento que asociaba con éxito ambos elementos, lo social y lo racional: el pensamiento de izquierdas. Las lógicas liberales se han hecho hegemónicas en el campo racionalista y el espacio de lo social viene a ser ocupado por ideologías irracionalistas (nacionalismos, religiones). Pero eso no significa que hayamos retrocedido a un tiempo premoderno porque nunca hubo un tiempo premoderno donde las personas [compitiesen] en un mercado de especificidades. Este estado (liberalismo hegemonizando la razón y los nacionalismos dominando lo social) es simplemente capitalismo, el de toda la vida (que a su vez es resultado, dicho sea de paso, de la Modernidad). En realidad, el propio Bernabé lo reconoce cuando dice que la revolución neoliberal (aunque yo no hablaría en ningún caso de revolución) no es más que una restauración victoriana. El libro está plagado de estas pequeñas contradicciones fruto del deseo de hacerlo encajar todo en un gran marco teórico único y coherente. Se trata de un esfuerzo que, a mi entender, no aporta nada a las tesis centrales del ensayo.

También como parte de ese empeño de abarcar demasiado se mezclan temas que no tienen relación directa. Uno de los ejemplos predilectos del autor (que abre el libro y es retomado en repetidas ocasiones) es el de la campaña para que las mujeres pudieran fumar en público. No es que no sea jugosa la historia de cómo la industria tabacalera manipuló aquella reivindicación. ¿Pero cómo hilar aquella defensa ¡de la igualdad! con el leitmotiv principal del libro: la trampa de la diversidad? Aquellas mujeres no pretendían diferenciarse y fragmentar, sino todo lo contrario.

Otra cosa que pasa cuando alineamos todos los hechos para que sean coherentes con nuestro marco teórico es que empieza a parecer que había un plan premeditado. Es decir, una conspiración. Es verdad que es muy difícil describir sin parecer un conspiranoico el mundo real, en el que los medios de comunicación, muy concentrados, mantienen una agenda, los poderosos se reúnen en clubes cerrados para discutir políticas a nivel global, y se fabrican intereses creados en un juego con apuestas muy elevadas. Pero construir un relato que por momentos deja la sensación de que todo lo que ha pasado en los últimos 40 años más o menos ha seguido un plan diseñado en think tanks neoliberales no parece la mejor manera de hacerlo.

La historia real es más errática que eso. Sus fuerzas motrices son más materiales y menos ideológicas. Así, por ejemplo, el hecho de que con Thatcher amplias capas de la clase trabajadora urbana se convirtieran en propietarias de vivienda causó más impacto en su forma de pensar que todas las series de HBO y Netflix que vinieron después. La miríada de empresas que se alimentan del individualismo de la clase media aspiracional, a las que Bernabé acusa de representar un modelo pensado para destruir la acción colectiva, en realidad piensan principalmente en ganar dinero, sin más. De la misma manera que Ford no pensaba que su modelo productivo fuera a facilitar el desarrollo de los grandes sindicatos.

En definitiva, no fue la ingeniería social de los ideólogos neoliberales con sus intentos de control mental de masas. Ya les hubiera gustado. La izquierda ya estaba descompuesta cuando llegó la obsesión con el lenguaje inclusivo. Los partidos no se vaciaron por ese cambio de orientación ideológica, como sugiere el autor. Se vaciaron por otras causas en las que no voy a entrar ahora y, al buscar soluciones, una parte de la izquierda se lanzó al mercado de la diversidad.

A partir de ese momento en los partidos de la nueva izquierda se van mezclando desde antiguos militantes obreros hasta cachorros desclasados de la burguesía metidos a activistas. Y esto me conduce a mi última pregunta: ¿para quién es este libro? ¿Qué pretende y qué consigue? Seguro que recogió el aplauso de los que ya estaban convencidos. Y seguro que los denostados activistas de Bernabé encontraron por dónde atacar una argumentación que, al intentar abarcar tanto, dejaba muchos flancos abiertos. Pero al final de tanta polémica, que siempre es muy entretenida, siempre me queda esa pregunta: ¿convence este libro a quien tiene que convencer?

lunes, 23 de enero de 2012

Vida retirada

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.

Fray Luis de Limón, 1527-1591 (meneando el plectro...)

martes, 3 de enero de 2012

Quien no lo ve, es porque no quiere...

Apasionante es la cuestión de la interpretación del Cantar de los Cantares.

Lo lees y parece inverosímil que un poema tan claramente erótico pueda interpretarse en el sentido del amor entre Dios y la comunidad de creyentes. Que no puede ser que tal comparación hubiera salido sino de una mente inflamada por las drogas o por la religión.

Es posiblemente el mejor ejemplo de que siempre vemos lo que queremos ver. Disponemos de un número reducido de claves interpretativas y son las que manejamos. Y está claro que para unos ese número es más reducido que para otros. En el cristianismo, en las simplezas de la teoría económica liberal o en la escolástica marxista, por doquier se pueden encontrar personas que son simplemente incapaces de ver el mundo en tres dimensiones.

Fray Luis de Limón es uno de los máximos exponentes de los psicopáticos extremos que puede alcanzar la mente humana. Por sus santos cojones de fraile tenía que hacer encajar el Cantar en las coordenadas religiosas más impensables y su exégesis merece ser leída para admirar el sobrehumano esfuerzo que, a buen seguro, le supusieron versos como estos:
¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
El rey me ha metido en sus cámaras;
Nos gozaremos y alegraremos en ti
Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable
Como las tiendas de Cedar,
Como las cortinas de Salomón.
No reparéis en que soy morena,
Porque el sol me miró. (Se ve que ya en la antigua Judea los caballeros las preferían rubias...)
He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa;
Tus ojos entre tus guedejas como de paloma;
Tus cabellos como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de Galaad.
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas,
Que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y ninguna entre ellas estéril.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela,
Que se apacientan entre lirios.
¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía! (A todo eso, ¿cuándo ha considerado el dios judeo-cristiano a la esirpe humana "hermana" suya?)
Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa;
Miel y leche hay debajo de tu lengua
Venga mi amado a su huerto,
Y coma de su dulce fruta.
¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias,
Oh hija de príncipe!
Los contornos de tus muslos son como joyas,
Obra de mano de excelente maestro.
Tu ombligo como una taza redonda
Que no le falta bebida.
Tu vientre como montón de trigo
Cercado de lirios.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela.
Tenemos una pequeña hermana,
Que no tiene pechos;
¿Qué haremos a nuestra hermana
Cuando de ella se hablare?
(Aquí es cuando el relato ya se vuelve demencial y discuten de con quién van a casar a la hermana pequeña de la "amada", al parecer de escaso tetamen.)

domingo, 25 de diciembre de 2011

"Educación siberiana" continúa su imparable ascenso

Superventas en Italia, llegó el año pasado a España, gracias a la editorial Salamandra, "Educación Siberiana" de Nikolai Lilin. Jaleado sin el menor ánimo crítico por una orda de periodistas ávidos de sensacionalismo, ahora también ha dado lugar a la filmación de una película protagonizada por John Malkovich que a buen seguro reimpulsará su venta en las navidades del año que viene. Y lo cierto es que el libro entra muy bien. Pero es éticamente dudoso venderlo como una autobiografía, cuando es más que cuestionable que lo sea.

Estilísticamente no se puede decir que sea gran cosa, pero tampoco lo pretende, ni falta que le hace, a mi parecer. Transmite muy bien lo que quiere transmitir, entra muy fácilmente y engancha, engancha mucho, en buena medida gracias a la construcción global del relato. Y eso siempre es de agradecer.

Chirrían las traducciones y las transcripciones. Se nota que llegan al español vía italiano y, entre eso y las erratas y la deficiente calidad de la traducción en algunos casos, la gran mayoría de las palabras originales se hacen completamente irreconocibles. Empezando por que no sé exactamente a qué palabra rusa corresponde "criminal", cosa que no es baladí al caso. Luego hay casos muy extremos en los que no habría costado nada evitar el error, teniendo en cuenta que se trata de un "superventas". Por ejemplo, no llamar a Rostov del Don, en repetidas ocasiones, "Rostov del Ron"... En fin... En ese sentido, muy mal.

Y en su contenido es un libro tramposo que mezcla varias cosas.

Sobre todo, es una novela: un producto claramente comercial, orientado a la venta, y que explota una cierta mirada romántica sobre la mafia que ya ha vendido mucho en Occidente. De allí los adornos y, con toda probabilidad, muchas ocultaciones de los aspectos más difícilmente presentables de la historia.

Pero también es un documento. Sea como fuente directa (como pretende) o indirecta de información, está claro que el autor se ha esforzado por estar bien informado sobre el mundo criminal ruso. En ese sentido, el libro tiene gran interés y además habla de una región bien poco conocida como es Transnistria.

Y en tercer lugar -lo más polémico- es que pretende ser una autobiografía.

De toda autobiografía se espera que sea subjetiva y en este caso es personal (y personalista) a más no poder. Es una visión del mundo dividido en "buenos" y "malos", donde el autor es además "el mejor". Y no deja de serlo ni al final, cuando intenta relativizar un poco lo relatado...

Por otra parte, al igual que tiene buen conocimiento de unas cosas de las que habla, no tiene ni idea de otras que presenta como "hechos" (por ejemplo, los judíos nunca han sido declarados "enemigos del pueblo" en la URSS). Y eso ya de por sí arroja la sombra de la duda sobre la veracidad del resto del texto.

Es cuestionable, en fin, el mismo hecho de que la obra sea autobiográfica. Sólo con una prensa caben los hechos relatados en "Educación siberiana", su paso por Chechenia, sus dos pasos por la cárcel y su etapa en Israel... en los 23 años de vida, a los que aparece Nikolai, siempre según su propio relato, en Italia.

Algo muy significativo al respecto es que el autor se sigue negando a que se traduzca el libro al ruso aunque en ello habría tenido, sin duda, unos resultados de ventas excelentes. Y eso es porque la parte de impostura que contiene en Rusia sería rápidamente desenmascarada. Sólo con las noticias que llegan sobre el libro desde el extranjero, la runet ya se ha llenado de chascarrillos al respecto de lo bien que Lilin se ha espabilado para ganar pasta ofreciendo al lector occidental precisamente la imagen que este espera de los rusos. Hay quien lo tiene por un farsante total y quien dice que es un delincuente menor que no ha vivido ni la cuarta parte de lo relatado, pero el caso es que no parece haber una sola persona en Rusia que se crea que se trate de una verdadera autobiografía.

Pues bien, decía yo que es un libro tramposo porque mezcla los tres niveles: la pretendida autobiografía, el colorido novelesco y el interés documental. Un buen lector deberá esforzarse, por tanto, por separar la paja del grano.

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Y de propina algunos apuntes reflexivos sobre las sectas y las comunidades en Rusia.

Simplificando mucho, los espacios sociales europeos y los estadounidenses, se pueden describir como verdaderas sociedades nacionales los primeros, mientras que los segundos son, en gran medida, comunidades y sectas. En las "sociedades" puede haber tendencias diferentes e incluso opuestas, pero todas ellas se posicionan respecto al mismo eje (o, como mucho, dos ejes) Es decir, siempre definen su posición en relación a los demás, son como identificables con unas coordenadas sobre la totalidad del espacio social. Mientras que las comunidades y las sectas están, en mayor o menor medida, replegadas sobre sí, y se articulan entre ellas de formas muy diversas y variables.

Pues bien, aunque Rusia se asemeja más al modelo (si se le puede llamar así) europeo, ofrece también mucho espacio al desarrollo del comunitarismo y del sectarismo (puede que simplemente por sus características geográficas). De allí que el tema de la nacionalidad (en contraposición a la ciudadanía, que es la misma para todos) sea tan importante. De allí también la larga historia de cismas en la religión ortodoxa y la mayor descentralización de su iglesia, en comparación con la católica (sin llegar, claro, al protestantismo).

lunes, 25 de octubre de 2010

Críticos

Es increíble las vueltas que los críticos pueden dar para acabar deslizando sus creencias particulares en contextos completamente inverosímiles. Imaginaos a una madre a la que el hambre lleva al punto de intentar matar a sus dos hijos pequeños y suicidarse. Y que es rescatada en el último momento por pura casualidad, por un giro del destino, por otra persona que interviene, casi sin querer, para ayudarla. Pues bien, la crítica de turno dice de la protagonista que es una almita tan humilde que ni sabe que lo es, profundísimamente cristiana sin siquiera sospecharlo, cada vez que se descarría en el laberinto de lo absurdo sabe encontrar el hilo guía, la bondad pura -el misterio de los misterios, el antiabsurdo, el sentido de la vida. ¿¿¿Qué???

Ojalá pudiera decirle en persona por dónde se puede meter su morralla católica. Pero esto es otra cosa que pasa con los críticos: emiten sus sentencias sin posibilidad de contrarréplica.

Supongo que les pagarán por palabras, porque si no, no me explico este afán por seguir escribiendo cuando ya no tienen nada que decir. Son como el colega verborreico que no para de rajar mientras asistes una puesta de sol en la montaña. O aquel otro que cree a todos los demás subnormales y no para de explicar los chistes.

Con su torpeza, grandilocuencia y pedantería matan la belleza de lo sencillo, de lo que es tan profundo que se hace superfluo hablar de ello.

Que se callen ya...

miércoles, 30 de junio de 2010

Negro sin zapatos

Hay en tus pies descalzos: graves amaneceres.
(Ya no podrán decir que es un siglo pequeño.)
El cielo se derrite rodando por tu espalda:
húmeda de trabajo, brillante de trabajo,
pero oscura de sueldo.

Yo no te vi dormido... Yo no te vi dormido...
aquellos pies descalzos
no te dejan dormir.

Tú ganas diez centavos, diez centavos por día.
Sin embargo,
tú los ganas tan limpios,
tienes manos tan limpias,
que puede que tu casa sólo tenga
ropa sucia,
catre sucio,
carne sucia,
pero lavada la palabra: Hombre

Manuel de Cabral
(Santiago de los Treinta Caballeros, 1907 - Santo Domingo de Guzmán, 1999)

Qué poca poesía se hace a quien realmente se la merece.

jueves, 17 de junio de 2010

Límites

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
Jorge Luis Borges
(Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986)

Está bonito. Aunque manda huevos las cosas con las que se comen el tarro algunos... Me siento tan afortunado de no ser poeta...

Por cierto, que, tras cumplir 50 años, Borges aún siguió viviendo otros 36...

Pero está bonito.

viernes, 21 de mayo de 2010

La excepcionalidad del antisemitismo

La unicidad de todo pueblo (o de toda nación, llámese como quiera) es una realidad fáctica, indiscutible. Pero esta unicidad del caso no puede ignorar la comunidad del género: todos los pueblos tienen más en común de lo que tienen de únicos. Y, más aún, su unicidad es parte del fundamento de su igualdad moral.

Cuando se olvida todo esto, la unicidad se convierte en un fetiche. Una realidad fáctica se instrumentaliza para justificar prejuicios. Me serviré para ilustrarlo de las reflexiones de Vasili Grossman sobre el antisemitismo (cap. 32 de la Segunda Parte de Vida y Destino).
El antisemitismo es reflejo de defectos propios de algunas personas particulares, de ordenamientos sociales y de sistemas estatales. Dime de qué acusas a los judíos y te diré de qué eres culpable. (...)
El antisemitismo expresa la mediocridad, la incapacidad para ganar en la vida en igualdad de condiciones (...).
El antisemitismo expresa la inconsciencia de las masas populares, incapaces de comprender las causas de su infortunio y sufrimiento. (...)
El antisemitismo es la medida de los prejuicios religiosos, latentes en los bajos fondos de las sociedades.
Nada de esto es aplicable en exclusiva al antisemitismo. En cualquiera de estas afirmaciones "antisemitismo" puede sustituirse por "racismo" sin el menor perjuicio para su veracidad. Pero ello no impide al autor afirmar a continuación:
"El hombre que expresa su asco ante los cabellos rizados o ante la expresión gesticular del judío, se maravilla, sin embargo, ante los cabellos rizados de los niños de los cuadros de Murillo, se muestra indiferente ante el habla gutural y la gesticulación de los armenios, contempla amigablemente al negro de los labios azulados.
El antisemitismo es un fenómeno especial de entre las persecuciones a las que han sido sometidas las minorías nacionales. Es un fenómeno especial porque el destino histórico de los judíos se ha ido trazando de forma singular, especial.
A ver, a ver, a ver. ¿Que los negros sufren menos discriminación que los judíos? ¿Que los armenios, 1,5 millones de los cuales fueron exterminados a comienzos del s. XX, han sido menos perseguidos? Personalmente, el ejercicio de contar muertos para ver qué genocidio ha sido más "especial" me parece pueril, me da vergüenza ajena.

El autor traza una línea que pasa por Inquisición y el fascismo del s. XX para mostrar como recurren al antisemitismo, ante la inevitable consumación de su destino, tanto períodos enteros de la historia mundial, como gobiernos de Estados reaccionarios y fracasados, como particulares que intentan enderezar sus fracasadas vidas.

¡Me parta un rayo si entiendo qué tiene el antisemitismo de especial! ¿No han quemado acaso los inquisidores también a moriscos y a cristianos herejes? ¿No han sido acaso exterminados también los comunistas y los gitanos en la Alemani nazi? ¿No recurren todos los reaccionarios del mundo al racismo (en todas sus diferentes formas) cuando ven su poder amenazado?

Pero volviendo al "destino histórico singular" de los judíos, veamos qué rasgos tiene para Grossman (que hasta se toma la molestia de enumerarlos):
  1. La historia del judaísmo se ha unido y entrelazado con numerosas cuestiones políticas y religiosas de alcance mundial.
  2. Los judíos viven en prácticamente todos los países del mundo.
  3. Son esa minoría nacional que no se retrotrae a la periferia social y geográfica, sino que procura manifestarse dentro de la corriente principal del desarrollo de las fuerzas ideológicas y productivas.
Y así, como no podría ser de otra forma, la excepcionalidad del antisemitismo deriva en la excepcionalidad de los judaísmo.

Una realidad fáctica, como decíamos, la de la unicidad de toda nación, se convierte en instrumento de manipulación al ser equiparada con su exclusividad. De allí a proclamar su superioridad ya sólo hay un paso. Así es como la legítima defensa de una nación perseguida se convierte en racismo. El perseguido se prepara para ser perseguidor.

Es un paso que no creo que se dé en Grossman (al menos hasta donde se le puede conocer por lo que escribió), pero sí en ese monstruoso complejo de superioridad hecho aparato de estado que todos conocemos: Israel.

viernes, 26 de marzo de 2010

Divagando sobre la dicha y el amor

¿Cómo se podría amar si no hubiera al menos una pizca de desdicha?
... se pregunta Simon*. Esta pregunta, a primera vista contradictoria y absurda, de repente cobra un sentido. Si fuéramos plenamente dichosos, ¿acaso necesitaríamos algo más que a nosotros mismos? ¿Qué es el amor sino necesitar al otro? Lo necesitamos precisamente porque nos falta algo: es siempre fruto de una ausencia, de una carencia.

Y nunca se podrá encontrar plenitud en el amor, porque, momento en el que se encuentre, éste desaparecerá. La atracción es un proceso, existe mientras exista una fuerza que lo impulsa.

Al colmar la sed, ésta desaparece. Pretender que siga existiendo se vuelve algo inútil, compulsivo y pernicioso: como comer cuando ya se ha saciado, dormir cuando ya se está descansado, o seguir bebiendo cuando uno ya está borracho.

La única manera, por tanto, de hacer durar el amor es no permitir nunca que la dicha sea plena. Porque entonces es cuando se agota. Seamos siempre un poquito desdichados para que siempre nos quede algo por delante. Para que siempre haya algo mejor esperándonos a la vuelta de la esquina.

Evidentemente más de uno necesitaría el consejo inverso: dejar de rehuir la dicha o de buscar la infelicidad. Pero eso ya es otro asunto...

*personaje de Robert Walser en "Los Hermanos Tanner"

viernes, 19 de marzo de 2010

Sobre todo no hay que hacerle sentir nunca al anfitrión que se le está agradecido; de hacerlo, evidenciaríamos una timidez y una cobardía que ofenderían forzosamente a nuestro invitante. En el fondo de nuestro corazón hemos de venerar a ese ser bondadoso que nos acoge bajo su techo, pero sería síntoma de escasa sensibilidad querer demostrarle a toda costa una gratitud que él no desea recibir, ya que no ha dado ni sigue dando cosas con el fin de cosechar, a cambio, una actitud mendicante. Pues en determinadas circunstancias la gratitud es simlemente pordioseo y nada más. Y otra cosa: en el campo, la gratitud es más callada y silenciosa que hablantina. Quien está obligado a agradecer tiene su propia forma de comportarse porque ve que el otro también tiene la suya. Los donantes finos son casi más tímidos que los receptores, y se alegran cuando éstos aceptan tranquilamente el donativo para que ellos, los que dan, puedan dar con decoro y sin demasiadas ceremonias.
Simon, personaje de Robert Walser en "Los Hermanos Tanner"

sábado, 1 de agosto de 2009

La descomposición moral del zarismo

Fuerza oscura (1979), del escritor soviético Valentín Píkul me ha llevado a pensar en las situaciones tan diferentes en que pueden desembocar las crisis morales de la sociedad. En paralelo a la alternativa crítica/negación, la crisis moral ofrece la alternativa apertura/descomposición. Cuando se opta por la apertura, se aceptan a examen valores morales diferentes de los que venían dictados por la tradición, unos se desechan, otros permanecen e incluso pueden surgir otros nuevos. Es una reacomodación social pacífica y relativamente lenta. Por el contrario, si la situación social impide seguir manteniendo los valores tradicionales pero al mismo tiempo el grupo es incapaz de afrontar una revisión, entonces se produce la descomposición. Una lenta agonía en la que la conducta real se aleja cada vez más de la ideología mantenida. Ésta se va quedando así hueca, descompuesta. Esa situación, insostenible, desemboca bien en una actitud cínica, que niega cualquier posibilidad de moral, o bien en un aferrarse histérico al roto cascarón ideológico, negando con pasión mística toda evidencia. Ambas reacciones se pudieron observar en la alta sociedad del último zarismo.

En los mismos salones se encontraban damas fascinadas por el ocultismo y la videncia, y exitosos buscavidas siempre dispuestos a aprovecharse de sus supersticiones. Hombres de negocios que acumulaban cantidades astronómicas tratando como ganado a sus obreros al lado de militares de mirada vidriosa, obsesionados con la supervivencia de una monarquía que ya no preocupaba seriamente ni al propio zar. Usureros judíos, nobles ociosos, oscurantistas ortodoxos... todos jugando a un juego con cada vez menos reglas.

Sólo en esas circunstancias se explica el ascenso de una figura como Grigori Rasputin y el ascendiente moral que llegó a adquirir sobre la zarina Aleksandra Fiódorovna y sobre la política de Estado. Hijo descarriado de campesinos, aprendió hacia los veinte y tantos años técnicas de manipulación mental y formas de discurso místico en una secta religiosa. Pronto fue apadrinado por un sector ultrareaccionario relacionado con la Centuria Negra que lo presentó en la alta sociedad petersburguesa como visionario, con la intención de utilizarlo en sus propios intereses. Sin embargo, pronto Rasputin se desliga de ellos y da comienzo a una próspera carrera en solitario. Adquiere renombre como místico y, a través de la favorita de la zarina Anna Vyrubova, penetra hasta la familia imperial. Desde ese momento, según Píkul, hace y deshace: nombra y quita ministros, provoca ciertas decisiones trascendentes (incluso algunas militares, durante la I Guerra Mundial)... No lo hace para sí, sino para lobbies que le tienen en nómina y actúan así a través de él. En particular, siempre según Píkul, industriales y banqueros judíos que tenían, por su credo, vetado el acceso a los cargos públicos.

Píkul fue violentamente acusado de falta de rigor por numerosos historiadores y críticos literarios. Ciertamente el tratamiento que otorga a la documentación histórica es con frecuencia negligente. Pero aunque se exageren la influencia de Rasputin en los asuntos del Estado y su presencia en la Corte, el perfil del personaje es innegable. También está suficientemente demostrada la facilidad con la que la zarina (y buena parte del entorno petersburgués de la época) se prestaba a las manipulaciones oscurantistas. Lo bastante como para seguir negando, cada vez con mayor histerismo, los escándalos públicos que causaba Rasputin. Ésa era una cara de la moneda.

La otra la representaban los compañeros de borracheras del starets, aquellos para los que la crisis social suponía desvanecimiento de cualquier objetivo moral. Cualquier cosa que dictara la tradición podía ser ignorada y no era necesario colocar nada en su lugar. Desinhibición sexual, afán de lucro, maquinaciones y corrupción más absoluta, drogas (alcohol, cocaína, opio)... todo se mezclaba indistintamente en una orgía de "todo está permitido". Y eso en un país que seguía siendo muy mayoritariamente rural y tradicional.

Unas pocas décadas más tarde el capitalismo aprenderá a tratarse esa "enfermedad del crecimiento" que le suponen las crisis morales que acompañan a las crisis sociales con píldoras fascistas. Los fascismos encauzarán la indignación popular ante la relajación moral sin plantear cuestiones de justicia social. Pero en la Rusia de 1917 las elites dirigentes, demasiado ocupadas en sus negocios, nunca prestaron atención alguna al potencial de la extrema derecha fascistoide que tenía no pocos escaños en la Duma. Cabe pensar que si alguien, desde el poder económico o la aristocracia, hubiera apostado fuertemente por ellos la historia podía haber sido algo distinta. De hecho, los hubo: buena parte de los militares blancos tenían un perfil claramente fascistoide. Pero ponían el acento en la grandeza imperial de Rusia y no tanto en la corrupción moral. Y además llegaban tarde: ambos aspectos -indignación moral e injusticia social- ya habían sido capitalizados por un solo movimiento: el bolchevismo (1). Se podría decir que los blancos se quedaron sin consignas.

Esa impronta permanece hasta hoy y es la que explica el conservadurismo (incluidos el militarismo y la homofobia) del PCFR. En Rusia no existe un partido socialdemócrata fuerte y los comunistas podrían ir a ocupar su lugar. Pero están atrapados: no pueden ir a pescar clases medias con liberalismo social porque su historia y sus bases son fuertemente moralistas.

En conclusión, la crisis social fue de la mano con la moral. La polarización social y geográfica extrema había creado mundos completamente diferentes y separados en la Rusia de comienzos del XX. Lógicamente acabaron viviendo en mundos morales muy poco comunicados. Y así fue como la sociedad capitalina, nulamente preocupada por crear una hegemonía moral alternativa a la que estaba a punto de pasar a la historia, se entregó plácidamente a la descomposición mientras millones de obreros holgaban anunciando el advenimiento de un sistema social nuevo pero con una moral... no tan nueva.

(1) En realidad, el mismo patrón se volvería a repetir en varias revoluciones y movimientos posteriores. Quizá el ejemplo más llamativo fuera a ser la Teología de la Liberación (moralismo católico + socialismo comunista).