jueves, 26 de mayo de 2011
La cobardía
lunes, 7 de marzo de 2011
Individualismo e inseguridad
El individualismo, interpretando lo anterior a sensu contrario, debería correlacionarse con mayor inseguridad. Y efectivamente: la solidaridad pierde terreno, la inseguridad empieza a campar a sus anchas.
Puede que el proceso no sea unidireccional. Parece que nuestra inseguridad actual (sobre todo, la laboral, que es el fundamento de todas las demás inseguridades) hubiera hecho a las personas aún más ávaras. En una situación estable, aunque fuera de miseria material, se tejían lazos, se construían apegos. En un contexto de sálvese quien pueda nos volvemos ratas humanas.
La inseguridad despierta lo más caníbal de nosotros y, entonces sí, el hombre se convierte en un lobo para el hombre.
domingo, 6 de febrero de 2011
¿Qué es la Historia?
Dar un sentido a la vida es una necesidad del ser humano. Casi tan importante como llenar su estómago. La razón es nuestra naturaleza social: el gregarismo está en la genética humana. Al sentirlo, pero sin entenderlo, inventamos dioses, banderas, naciones y tribus. Todo son proyecciones, representaciones del grupo, del colectivo, de aquello único que, como bien ha señalado Durkheim, está al mismo tiempo dentro y fuera de nosotros. Pero no nos importa. Alegremente insuflamos vida propia a nuestros totems, erigiéndonos en dioses para nuestros dioses.
Nuestra Historia sólo es una historia. Pero también es como el aire que respiramos: lo único que conocemos, nuestra única forma de vivir posible. Y en ese sentido tan absurdo es mistificarla, como renegar de ella. Nadie se puede situar por encima. Todos somos hijos de una madre y de un padre. De un tiempo y de un lugar. Sólo de nuestro entorno social aprendemos lo que es bueno y lo que es malo. Ese aprendizaje moral construye la Historia y forma parte de nosotros. Es nosotros. Es la Historia. Somos la Historia.
jueves, 13 de enero de 2011
Pensar en ti es no pensar en ti
Tengo una sugerencia para los que dedican buena parte de su tiempo a recrearse en lo dura que es su vida, en la mala suerte que les persigue, en lo miserables que se sienten… Para los que van a terapias año tras año, sin terminar nunca de averiguar qué les pasa. Para los que consideran que lo sano es estar todo el día compartiendo sus sentimientos y emociones (en realidad, agobiar a los demás con sus problemas, “problemas” y problemillas).
Que se olviden un poco de sí mismos y piensen en otras personas. Que lo hagan aunque fuera por su propio bienestar, aunque fuera desde el egoísmo.
La idea de “tengo demasiados problemas para andar pensando en los demás" es una trampa. No hablo de un compromiso con grandes causas de la Humanidad, ni del servilismo cristiano, sino de empatía, compañerismo, solidaridad, espíritu de colaboración, voluntad de estar al lado de aquellos que nos importan.
Para ello es necesario en primer lugar preguntarse: ¿quién realmente nos importa? ¿Acaso hay alguien que nos importa de verdad? Porque si la respuesta es negativa... estamos ante un problema más gordo de lo que pensábamos...
En segundo lugar, hay que intentar comprender a la otra persona. No desde nuestras propias obsesiones, sino realmente... ¿qué tiene dentro? ¿Cuál es el mundo en el que vive? Aunque es imposible meterse en la piel de otro, sí es posible relativizar un poco y no dejarse llevar por los propios sesgos, controlar nuestras proyecciones. Pero sólo se puede hacer desde una preocupación sincera y genuina por el otro.
En tercer lugar, ¿qué puedo hacer para que le vaya mejor?
Y por último, hacerlo.
No sé exactamente cómo funciona –supongo que viene de lo más profundo de la naturaleza social del animal humano- pero sí sé que preocuparse por otros, de una forma sana, constructiva, no compulsiva, ni impositiva, nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos. No se trata vivir por los demás, nada de morralla grandilocuente. Sólo acordarse regularmente y con genuino interés de que nuestros amigos, familiares, allegados... son personas en sí y no meras circunstancias de nuestra existencia.
Convirtiéndolos, de vez en cuando, en fines en sí mismos, como diría Kant, sólo podemos salir ganando:
- Nos distraeremos de nuestras, con frecuencia mezquinas, preocupaciones.
- Elevaremos nuestra propia autoestima.
- Mejoraremos la calidad de nuestras relaciones sociales.
Porque tratar a las personas como meros medios para otros fines -por muy loables que éstos puedan ser- terminará por hacernos infelices y miserables, a nosotros y a los demás. (A la derecha, la imagen de un mero medio.)
Afrontemos la paradoja: pensando en uno mismo, se debería dejar de pensar tanto en uno mismo.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Miedo a la soledad
Cuando se habla de comportamientos compulsivos vienen a la mente el consumo de alcohol, la ingesta de alimentos, tics diversos, el tabaco, el sexo... Pero en contadas ocasiones he oído hablar sobre la necesidad compulsiva de no estar solo.
Evidentemente el contacto humano es una necesidad natural. Pero también lo es comer. Y cuando se hace compulsivamente nadie discrepa en que nos encontramos ante una patología. El miedo a estar solo afecta, en diferentes grados, a muchísimas personas. Una gran mayoría, por ejemplo, es incapaz de salir a cenar sola o ir sola al cine. Muchos lo pasarían mal viviendo solos: evitarían permanentemente estar en casa. Pero es que además hay no pocas personas que buscan compañía de forma aún más desesperada y son incapaces de afrontar los problemas por su cuenta cuando se presentan.
No saber estar solo puede limitar drásticamente el disfrute del ocio: se renuncia a toda afición que no sea compartida con otros. Puede llegar a perturbar hasta la realización profesional (como cualquier otra adicción puede llegar a hacerlo). He visto como se sacrificaban principios, integridad y hasta la misma dignidad, con tal de no quedarse solo. Como toda dependencia, ésta hace a las personas más vulnerables: se coloca el bienestar de uno en función de factores que no puede controlar. Y lo peor de todo es que se nos vuelve extraña la única persona que jamás nos abandonará: uno mismo.
Somos tanto lo que los demás esperan que seamos que olvidamos quiénes somos realmente. Nuestra voz, nuestros gestos, nuestras palabras, ideas, pensamientos, reacciones... se vuelven cada vez más un reflejo condicionado al entorno social. Si no entendemos el valor de la soledad... nos perdemos, desaprendemos a ser nosotros mismos y nos convertimos en una penosa máscara social (y yo, personalmente, detesto las máscaras). Tiranizados por el entorno inmediato, olvidamos también lo que queremos ser y pasamos a querer ser lo que el grupo, la familia o la pareja quiere que seamos.
Quizá la causa de este pánico a estar solo, paradójicamente, sea social. Una soledad íntima es, con frecuencia, completamente real en una sociedad individualista, hipercompetitiva, insolidaria... El sujeto la intuye, pero, por una falsa atribución, la relaciona con la soledad física. Conclusión: busca no estar físicamente solo y, aunque sigue sintiendo la otra soledad, la real, piensa que la solución es estar aún más acompañado. Y su búsqueda se hace compulsiva, espasmódica. Como quien está convencido de que comiendo más va a calmar la sed.
O puede que la razón esté en el rechazo de uno mismo. En no soportarse, en no querer quedarse nunca a solas consigo mismo, en tener miedo a afrontar lo que uno es. Negándose, al mismo tiempo, la oportunidad de cambiar porque es imposible cambiar sin conocerse a sí mismo. Quién sabe.