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miércoles, 19 de enero de 2011

Ansiedad y muerte

¿Puede ser nuestra mortalidad la razón última de todas nuestras ansiedades?

La ansiedad nos impulsa a satisfacer compulsiva, desesperada, urgentemente nuestros deseos. Como si se fuera a acabar el mundo. Pero es que realmente se va a acabar. Para nosotros, claro. Moriremos y nunca podremos hacer esto o aquello que deseamos. Conscientemente o no, no lo aceptamos y por eso nos precipitamos en una frenética actividad por hacerlo todo mientras aún queda tiempo. Y nunca tenemos bastante porque olemos cerca el final. Nos afanamos siempre un poco más. Y nos ahogamos siempre un poco más.

¿Qué razones para la ansiedad tendríamos de ser inmortales? ¿Qué podría preocuparnos más que el momento? ¿Qué necesidad tendríamos de pensar en el futuro?

Lo más parecido a un ser inmortal no es aquel que pasa a los libros de Historia por sus proezas. Si está en los libros es porque, a fin de cuentas, está muerto. Tras una vida probablemente llena de ansiedades que le impulsaron a hacer todas esas cosas por las que los libros han terminado por recogerlo.

Las religiones niegan la muerte. Pero ésta es real: el creyente no hace más que mentirse a sí mismo. Hace un esfuerzo sobrehumano para insistir en que una pared es negra cuando evidentemente es blanca. Lo cual no le crea más que contradicciones que resuelve reafirmándose en compulsivos rituales. En resumen, la religión no aporta más que nuevos miedos, más ansiedad.

Lo más parecido a un ser inmortal es una persona libre de sus ansiedades. Una persona que vive como si fuera inmortal. Una que es inmortal mientras vive.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Miedo a la soledad

Cuando se habla de comportamientos compulsivos vienen a la mente el consumo de alcohol, la ingesta de alimentos, tics diversos, el tabaco, el sexo... Pero en contadas ocasiones he oído hablar sobre la necesidad compulsiva de no estar solo.

Evidentemente el contacto humano es una necesidad natural. Pero también lo es comer. Y cuando se hace compulsivamente nadie discrepa en que nos encontramos ante una patología. El miedo a estar solo afecta, en diferentes grados, a muchísimas personas. Una gran mayoría, por ejemplo, es incapaz de salir a cenar sola o ir sola al cine. Muchos lo pasarían mal viviendo solos: evitarían permanentemente estar en casa. Pero es que además hay no pocas personas que buscan compañía de forma aún más desesperada y son incapaces de afrontar los problemas por su cuenta cuando se presentan.

No saber estar solo puede limitar drásticamente el disfrute del ocio: se renuncia a toda afición que no sea compartida con otros. Puede llegar a perturbar hasta la realización profesional (como cualquier otra adicción puede llegar a hacerlo). He visto como se sacrificaban principios, integridad y hasta la misma dignidad, con tal de no quedarse solo. Como toda dependencia, ésta hace a las personas más vulnerables: se coloca el bienestar de uno en función de factores que no puede controlar. Y lo peor de todo es que se nos vuelve extraña la única persona que jamás nos abandonará: uno mismo.

Somos tanto lo que los demás esperan que seamos que olvidamos quiénes somos realmente. Nuestra voz, nuestros gestos, nuestras palabras, ideas, pensamientos, reacciones... se vuelven cada vez más un reflejo condicionado al entorno social. Si no entendemos el valor de la soledad... nos perdemos, desaprendemos a ser nosotros mismos y nos convertimos en una penosa máscara social (y yo, personalmente, detesto las máscaras). Tiranizados por el entorno inmediato, olvidamos también lo que queremos ser y pasamos a querer ser lo que el grupo, la familia o la pareja quiere que seamos.

Quizá la causa de este pánico a estar solo, paradójicamente, sea social. Una soledad íntima es, con frecuencia, completamente real en una sociedad individualista, hipercompetitiva, insolidaria... El sujeto la intuye, pero, por una falsa atribución, la relaciona con la soledad física. Conclusión: busca no estar físicamente solo y, aunque sigue sintiendo la otra soledad, la real, piensa que la solución es estar aún más acompañado. Y su búsqueda se hace compulsiva, espasmódica. Como quien está convencido de que comiendo más va a calmar la sed.

O puede que la razón esté en el rechazo de uno mismo. En no soportarse, en no querer quedarse nunca a solas consigo mismo, en tener miedo a afrontar lo que uno es. Negándose, al mismo tiempo, la oportunidad de cambiar porque es imposible cambiar sin conocerse a sí mismo. Quién sabe.

martes, 16 de noviembre de 2010

Odio y miedo

El odio nace de la sensación de pérdida de control. Es una forma de superar la parálisis que provoca el miedo ante una situación que nos supera.

Odiamos a la policía porque nos hace sentir impotentes ante su arbitrio. Odiamos al empresario porque parece que lo puede todo y nosotros no podemos nada.

En un principio, odiar no es bueno ni malo. Es una inyección de vigor que en ocasiones nos ayuda a levantarnos y a mirar de frente. También es una inyección de irracionalidad que nos puede ofuscar e impedir ver con claridad lo que tenemos delante.

Aunque hay un curioso caso especial. Normalmente, no es demasiado polémico afirmar la relación entre el odio y la debilidad. Quizá no sea del todo evidente, pero a poco que se pare a pensar es una conclusión que se impone por si misma... salvo para el misógino.

Quizá ninguna otra actitud haya sido tan racionalizada sin llegar nunca a reconocer lo evidente: la misoginia nace de la amenaza que la sexualidad de la mujer supone para el dictado cultural del autocontrol varonil. Se le darán todas las vueltas posibles antes de confesar que uno se siente débil ante una mujer que le atrae. Esa debilidad da miedo porque supone una pérdida de control sobre sí mismo y parece otorgar un poder a la mujer. Y de ese miedo nace el odio.