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sábado, 25 de febrero de 2012

El Tercer Sector camino de su desnaturalización

La principal especialidad del animal humano es masacrar a las gallinas de los huevos de oro. Explotar y abusar desenfrenadamente de todo filón que encuentra. La otra es poner absurdamente a todo nombres en inglés. En el cruce de ambas nos encontramos con el face to face, la forma más impresentable de la captación de fondos (perdón, fundaraising).

El modo de producción capitalista es, sin duda, gracias a su infame capacidad para organizar científicamente su avaricia, el mayor especialista en agotar todas las fuentes de riqueza agotables. Pero lo cierto es que otras instituciones sociales, supuestamente no comprometidas con el ánimo de lucro, últimamente no le van a la zaga en ese sentido.

Hasta hace poco, la mayoría de las ONGs europeas existían en gran medida gracias a las subvenciones. Muchas de ellas eran, de hecho, servicios públicos externalizados. Y ahora que el Estado se automutila amputando los servicios públicos que prestaba, el Tercer Sector no iba a ser una excepción.

La situación creada es realmente dramática: miles de entidades se enfrentan a la extinción y la única salida que vislumbran es a la americana: métodos gerenciales de gestión y profesionalización de la captación de fondos. Y por encima de todo buscan desesperadamente liquidez.

Eso ha provocado que, de la noche a la mañana, el ciudadano se haya visto asediado por una oleada de causas que le demandan su aportación. Y sobre todo el ciudadano ya de por sí concienciado. Porque esa es la primera cosa que se enseña a los captadores de fondos: si alguien te da el dedo, persíguelo hasta comerle el brazo.

El peor método, el más antisocial, el que mejor imita los destructivos métodos de la empresa capitalista, es el face to face, que las grandes ONGs pusieron en funcionamiento hace ya algún tiempo. Los captadores, trabajadores a comisión, con su chaleco y su carpeta, impiden el paso de los viandantes con preguntas absurdas del tipo ¿Te preocupa el medio ambiente?, para exigirles a continuación una donación para su respectiva causa.

Los datos no mienten: es la forma más eficaz de conseguir dinero rápido. Y eso aunque la duración de la colaboración de la gran mayoría de los donantes obtenidos de esta forma acaba siendo muy breve (han sido prácticamente extorsionados para hacer su donación y normalmente enseguida se dan de baja). Pero cuantos más transeúntes rechazan el acoso de los captadores, más se desesperan estos, más agresivos se vuelven, y más rechazo causan. La pescadilla que se muerde la cola...

Yo no tengo fe alguna en el empresario capitalista, no espero que le preocupe de cómo consigue el dinero ni de qué es del consumidor, una vez ha vaciado la bolsa. Pero el Tercer Sector no es (no debería ser) una empresa capitalista: ¿cómo puede actuar sin preocuparse por las consecuencias de sus actos?

Estamos asistiendo a la expansión de una auténtica competición en un verdadero mercado de la solidaridad. Pero la solidaridad no casa con la competición. Ni con la extorsión. Por este camino sólo podemos terminar mal: contrayendo y concentrando los fondos disponibles para las donaciones y, en cierta manera, privatizando las actividades sin ánimo de lucro. Porque al final, como pasa en los Estados Unidos y como es lógico que pase, los principales donantes -los millonarios y las grandes corporaciones- acaban exigiendo voz y voto sobre el empleo de esos fondos entregados. Y los utilizan descaradamente para lavar su imagen y tapar sus miserias. La desnaturalización del propio concepto de actividad sin ánimo de lucro está servida.

¡Pero hay formas de mantener la coherencia con las causas que defendemos! Propongo aquí dos que ni son excluyentes, ni son las únicas.

Una es ampliar las actividades económicas propias: desarrollar servicios de pago y comercios, fundar cooperativas, apoyar la banca ética... Profundizar en una economía propia que desvíe recursos financieros hacia las necesidades sociales es una garantía de independencia y autonomía.

Otra es unirnos en un esfuerzo común para exigir a los poderes públicos, a las autoridades democráticamente elegidas, que reasuman sus responsabilidades, que recuperen la capacidad redistributiva de los Estados y que abran la elaboración de los presupuestos públicos a la participación ciudadana para que un sistema impositivo justo encauce recursos hacia aquello que la sociedad considere prioritario.

En resumidas cuentas, no se puede vivir de subvenciones, pero tampoco de donaciones. Hay que hacer política. Y hay que hacer economía.

jueves, 13 de enero de 2011

Pensar en ti es no pensar en ti

Tengo una sugerencia para los que dedican buena parte de su tiempo a recrearse en lo dura que es su vida, en la mala suerte que les persigue, en lo miserables que se sienten… Para los que van a terapias año tras año, sin terminar nunca de averiguar qué les pasa. Para los que consideran que lo sano es estar todo el día compartiendo sus sentimientos y emociones (en realidad, agobiar a los demás con sus problemas, “problemas” y problemillas).

Que se olviden un poco de sí mismos y piensen en otras personas. Que lo hagan aunque fuera por su propio bienestar, aunque fuera desde el egoísmo.

La idea de “tengo demasiados problemas para andar pensando en los demás" es una trampa. No hablo de un compromiso con grandes causas de la Humanidad, ni del servilismo cristiano, sino de empatía, compañerismo, solidaridad, espíritu de colaboración, voluntad de estar al lado de aquellos que nos importan.

Para ello es necesario en primer lugar preguntarse: ¿quién realmente nos importa? ¿Acaso hay alguien que nos importa de verdad? Porque si la respuesta es negativa... estamos ante un problema más gordo de lo que pensábamos...

En segundo lugar, hay que intentar comprender a la otra persona. No desde nuestras propias obsesiones, sino realmente... ¿qué tiene dentro? ¿Cuál es el mundo en el que vive? Aunque es imposible meterse en la piel de otro, sí es posible relativizar un poco y no dejarse llevar por los propios sesgos, controlar nuestras proyecciones. Pero sólo se puede hacer desde una preocupación sincera y genuina por el otro.

En tercer lugar, ¿qué puedo hacer para que le vaya mejor?

Y por último, hacerlo.

No sé exactamente cómo funciona –supongo que viene de lo más profundo de la naturaleza social del animal humano- pero sí sé que preocuparse por otros, de una forma sana, constructiva, no compulsiva, ni impositiva, nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos. No se trata vivir por los demás, nada de morralla grandilocuente. Sólo acordarse regularmente y con genuino interés de que nuestros amigos, familiares, allegados... son personas en sí y no meras circunstancias de nuestra existencia.

Convirtiéndolos, de vez en cuando, en fines en sí mismos, como diría Kant, sólo podemos salir ganando:

- Nos distraeremos de nuestras, con frecuencia mezquinas, preocupaciones.

- Elevaremos nuestra propia autoestima.

- Mejoraremos la calidad de nuestras relaciones sociales.

Porque tratar a las personas como meros medios para otros fines -por muy loables que éstos puedan ser- terminará por hacernos infelices y miserables, a nosotros y a los demás. (A la derecha, la imagen de un mero medio.)

Afrontemos la paradoja: pensando en uno mismo, se debería dejar de pensar tanto en uno mismo.