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sábado, 5 de abril de 2014

Putin, soberanía y democracia

Putin ha hecho dos cosas bien y las dos a medias.

Una fue acabar con el peor sistema imaginable: el gobierno informal de clanes criminales que, por si fuera poco, peleaban entre sí y se llevaban a todo el país por delante en esa pugna. Pero lo hizo a medias, porque evidentemente no purgó a todos los oligarcas sino solo a aquellos con los que no pudo llegar a un acuerdo.

La otra cosa que hizo bien Putin fue recuperar para Rusia el control de sus recursos naturales. Bueno, más que para Rusia, para su cuadrilla.  Pero el saqueo descontrolado fue sustituido por un robo sistemático y ordenado con el plus de que al menos ahora los ingresos se quedan en el país (al menos, una parte: antes, ni eso). Mal pero mejor. Lo que es peor es que el país no ha aprovechado todos estos años de bonanza para recuperar su industria, que es la gran fuente de soberanía nacional y de resistencia frente a los ciclos del capitalismo. El modelo ruso ha tendido mucho más al saudí que a ningún otro.

Hasta ahora el dinero llegaba de sobra para mantener contenta a una parte crítica de la población y comprar la lealtad del establishment. Ahora que se acercan tiempos difíciles, ya veremos. De momento, en todo caso, el Occidente está prestando una ayuda inestimable a Putin: el pueblo ruso recuerda desde los años 90 que democracia es miseria, criminalidad y caos, y ante las amenazas de imponer la democratización a golpe de sanciones se aferra a cualquier cosa que Putin le ofrece (nacionalismo, homofobia, religión, militarismo, etc.). Y así el régimen puede ir tirando un buen rato más.

Y esto es lo que el ciudadano occidental medio no entiende: más allá de la retórica, sus gobiernos prácticamente nunca han querido contribuir a una Rusia sólida y estable. Solo han visto enfrente un peligroso rival que, cuanto más débil, pobre y sumido en el caos, mejor. Así que antes de criticar a Putin (aunque se merezca todas las críticas del mundo), deberían mirar más por lo que se hace en casa
.

domingo, 25 de diciembre de 2011

"Educación siberiana" continúa su imparable ascenso

Superventas en Italia, llegó el año pasado a España, gracias a la editorial Salamandra, "Educación Siberiana" de Nikolai Lilin. Jaleado sin el menor ánimo crítico por una orda de periodistas ávidos de sensacionalismo, ahora también ha dado lugar a la filmación de una película protagonizada por John Malkovich que a buen seguro reimpulsará su venta en las navidades del año que viene. Y lo cierto es que el libro entra muy bien. Pero es éticamente dudoso venderlo como una autobiografía, cuando es más que cuestionable que lo sea.

Estilísticamente no se puede decir que sea gran cosa, pero tampoco lo pretende, ni falta que le hace, a mi parecer. Transmite muy bien lo que quiere transmitir, entra muy fácilmente y engancha, engancha mucho, en buena medida gracias a la construcción global del relato. Y eso siempre es de agradecer.

Chirrían las traducciones y las transcripciones. Se nota que llegan al español vía italiano y, entre eso y las erratas y la deficiente calidad de la traducción en algunos casos, la gran mayoría de las palabras originales se hacen completamente irreconocibles. Empezando por que no sé exactamente a qué palabra rusa corresponde "criminal", cosa que no es baladí al caso. Luego hay casos muy extremos en los que no habría costado nada evitar el error, teniendo en cuenta que se trata de un "superventas". Por ejemplo, no llamar a Rostov del Don, en repetidas ocasiones, "Rostov del Ron"... En fin... En ese sentido, muy mal.

Y en su contenido es un libro tramposo que mezcla varias cosas.

Sobre todo, es una novela: un producto claramente comercial, orientado a la venta, y que explota una cierta mirada romántica sobre la mafia que ya ha vendido mucho en Occidente. De allí los adornos y, con toda probabilidad, muchas ocultaciones de los aspectos más difícilmente presentables de la historia.

Pero también es un documento. Sea como fuente directa (como pretende) o indirecta de información, está claro que el autor se ha esforzado por estar bien informado sobre el mundo criminal ruso. En ese sentido, el libro tiene gran interés y además habla de una región bien poco conocida como es Transnistria.

Y en tercer lugar -lo más polémico- es que pretende ser una autobiografía.

De toda autobiografía se espera que sea subjetiva y en este caso es personal (y personalista) a más no poder. Es una visión del mundo dividido en "buenos" y "malos", donde el autor es además "el mejor". Y no deja de serlo ni al final, cuando intenta relativizar un poco lo relatado...

Por otra parte, al igual que tiene buen conocimiento de unas cosas de las que habla, no tiene ni idea de otras que presenta como "hechos" (por ejemplo, los judíos nunca han sido declarados "enemigos del pueblo" en la URSS). Y eso ya de por sí arroja la sombra de la duda sobre la veracidad del resto del texto.

Es cuestionable, en fin, el mismo hecho de que la obra sea autobiográfica. Sólo con una prensa caben los hechos relatados en "Educación siberiana", su paso por Chechenia, sus dos pasos por la cárcel y su etapa en Israel... en los 23 años de vida, a los que aparece Nikolai, siempre según su propio relato, en Italia.

Algo muy significativo al respecto es que el autor se sigue negando a que se traduzca el libro al ruso aunque en ello habría tenido, sin duda, unos resultados de ventas excelentes. Y eso es porque la parte de impostura que contiene en Rusia sería rápidamente desenmascarada. Sólo con las noticias que llegan sobre el libro desde el extranjero, la runet ya se ha llenado de chascarrillos al respecto de lo bien que Lilin se ha espabilado para ganar pasta ofreciendo al lector occidental precisamente la imagen que este espera de los rusos. Hay quien lo tiene por un farsante total y quien dice que es un delincuente menor que no ha vivido ni la cuarta parte de lo relatado, pero el caso es que no parece haber una sola persona en Rusia que se crea que se trate de una verdadera autobiografía.

Pues bien, decía yo que es un libro tramposo porque mezcla los tres niveles: la pretendida autobiografía, el colorido novelesco y el interés documental. Un buen lector deberá esforzarse, por tanto, por separar la paja del grano.

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Y de propina algunos apuntes reflexivos sobre las sectas y las comunidades en Rusia.

Simplificando mucho, los espacios sociales europeos y los estadounidenses, se pueden describir como verdaderas sociedades nacionales los primeros, mientras que los segundos son, en gran medida, comunidades y sectas. En las "sociedades" puede haber tendencias diferentes e incluso opuestas, pero todas ellas se posicionan respecto al mismo eje (o, como mucho, dos ejes) Es decir, siempre definen su posición en relación a los demás, son como identificables con unas coordenadas sobre la totalidad del espacio social. Mientras que las comunidades y las sectas están, en mayor o menor medida, replegadas sobre sí, y se articulan entre ellas de formas muy diversas y variables.

Pues bien, aunque Rusia se asemeja más al modelo (si se le puede llamar así) europeo, ofrece también mucho espacio al desarrollo del comunitarismo y del sectarismo (puede que simplemente por sus características geográficas). De allí que el tema de la nacionalidad (en contraposición a la ciudadanía, que es la misma para todos) sea tan importante. De allí también la larga historia de cismas en la religión ortodoxa y la mayor descentralización de su iglesia, en comparación con la católica (sin llegar, claro, al protestantismo).

viernes, 29 de abril de 2011

Perspectivas electorales en Rusia

En ensayo general para las elecciones legislativas de Diciembre y las presidenciales del año que viene, se han celebrado en Rusia el marzo pasado las regionales en 12 de los entes federados.

Dos aspectos a destacar:
  1. Rusia Unida sigue sin perder una sola convocatoria. Ni siquiera ve su dominio amenazado y obtiene más del 50% de los votos en la mitad de las circunscripciones (y todas las mayorías absolutas de parlamentarios, gracias a las distorsiones de los sistemas electorales).
  2. Buenos resultados del PCFR, el único partido realmente opositor con representación parlamentaria, que sube en 11 entes, tan solo perdiendo unas décimas en la región de Tambov. Los incrementos además son muy significativos: más de 10 puntos en 3 comicios y más de 5 en 4.
Por lo demás, el único partido sin representación en la Duma que consigue superar la impresentable barrera del 7% vigente en la mayoría de las entidades fue Patriotas de Rusia, coalición de una multitud de partidos de izquierda, liderada por Guennady Semiguin, un ex del PCFR. Pudo hacerlo, por los pelos en ambos casos, en Daguestán y en la región de Kaliningrado.

Sin duda el resultado pone de relieve el descenso en la popularidad del bloque en el poder. El tradicional equilibrio de Rusia Unida que le ha permitido mantener la hegemonía en las instituciones rusas desde la llegada en 2000 de Putin se ve ahora acosado por varios frentes.

Por un lado, el deterioro sostenido de las políticas sociales y el consiguiente agravamiento de las desigualdades sociales y territoriales (el abismo entre Moscú y las regiones es realmente escandaloso) parece por fin (ya era hora) reflejarse en la recuperación del voto de izquierdas.

Por otra parte, no cesa la crítica al régimen desde una oposición de centro-derecha y pro occidental que representa sectores del capitalismo no ligados al bloque del poder. Sus medios de comunicación (el diario Kommersant, la revista Vlast y un largo etcétera) gozan de amplia difusión y popularidad. Sin embargo, los partidos de ideología afín (Yábloko, Causa Diestra...) hace años que se quedan fuera de los arcos parlamentarios.

Su radio de acción es limitado por varios motivos. En primer lugar, muchos de estos sectores aparecen identificados con antiguos oligarcas ruso-judíos purgados por Putin, en los que la opinión pública (con razón) se resiste a ver presos políticos.

En segundo lugar, porque el discurso explícitamente pro occidental se encuentra con una especie de barrera "natural" en Rusia, dado lo difícil de vender la OTAN como un corderillo inocente que sólo quiere ser nuestro amigo...

En tercer lugar, el discurso de centro-derecha es en buena medida acaparado por Rusia Unida. A estos movimientos sólo les queda, pues, para forjarse una imagen propia, desarrollar los temas más clásicos del liberalismo: libertad de expresión, pluralismo político, libertad de mercado o derechos civiles. Pero -y pese a que no es difícil encontrar descontentos- lo cierto es que Rusia ni es una dictadura de partido único, ni carece de libre mercado. Y reivindicar la libertad de expresión desde algunos de los medios de más difusión del país resulta algo ciertamente contradictorio.

Al final, les pasa algo parecido que a los partidos liberales de Occidente: su voz se oye y tiene simpatizantes, pero a la hora de votar se encuentra con una base social muy limitada si no se acompaña de una definición social (social-liberalismo) o conservadora (alianza liberal-conservadora). El sistema electoral hace el resto.

Cabe mencionar un tercer frente que acecha a Rusia Unida: el nacionalismo ruso. Muy fragmentada y, de momento, con una organización política muy endeble, la extrema derecha rusa, sin embargo, se está abriendo nuevos espacios. Tras la época dorada que tuvo en los años 90 y la gran debacle en los 2000, su presencia se ha venido haciendo más notoria en los últimos años. A la regularidad de los asesinatos de militantes antifascistas se suman ahora los acontecimientos de diciembre del año pasado, cuando una multitudinaria manifestación en protesta por la muerte de un hincha del Spartak a manos de un daguestaní, fue aprovechada por nazis para llevar a cabo una batida racista por el centro de Moscú.

Su futuro es incierto. La presencia de la extrema derecha se ha hecho permanente y abundante en los principales estadios y está claro que se están produciendo intentos de reagrupación (el Movimiento Contra la Inmigración Ilegal es un ejemplo). La experiencia occidental demuestra, por un lado, que los hooligans futboleros no consiguen amplios apoyos fuera de su propio círculo y que son susceptibles de ser reducidos por la acción policial (cuando hay voluntad política para ello). Pero también que allí se pueden sentar las bases para un movimiento más amplio, más presentable y más politizado.

Desde luego los ingredientes se dan: el racismo está socialmente presente y existe espacio electoral para rentabilizarlo porque Rusia Unida se esfuerza por no aparecer como un partido únicamente de rusos étnicos y cristianos ortodoxos. Y el partido-tapón de Zhirinovsky (Partido Liberal-Democrático de Rusia), leal al Kremlin pero de retórica xenófoba, puede tener dificultades para contener electoralmente un eventual partido de extrema derecha más serio.

Dicho todo esto, mucho tendría que cambiar la situación para que Rusia Unida y Medvédev/Putin (todavía no está claro cuál de los dos se presentaría a las presidenciales) perdieran el control de la situación. Los partidos-tapón (PLDR y Rusia Justa) siguen funcionando, los mecanismos de control mediático, social y clientelar también. Y pese a la erosión de los apoyos, los porcentajes que vienen obteniendo siguen siendo muy sólidos.

Puede que el cambio haya comenzado, pero con toda probabilidad a un plazo mayor que el del año que nos separa ahora mismo de las presidenciales. Quizá Rusia Unida deba empezar a moverse en el espacio político para no quedar atrapada entre los tres frentes mencionados anteriormente (izquierda, liberales y extrema derecha). Y, aunque en este momento todo sean conjeturas, se antoja más probable que se escore hacia la derecha, buscando una alianza aún más estrecha con la Iglesia, adoptando un discurso más duro frente a la inmigración y sobre todo imponiendo las cuestiones securitarias en la agenda. Si ello sucediera, es verdad que le permitiría adquirir mayor solidez y definición, pero al mismo tiempo supondría su retirada de otros nichos electorales (que actualmente garantizan su hegemonía en la política rusa) y a medio-largo plazo podría abrir el camino a la posibilidad del cambio y la alternancia en el poder.

Por supuesto, todo esto no son sino especulaciones. De momento, habrá que estar atentos a lo que suceda en las legislativas de Diciembre.

jueves, 17 de marzo de 2011

Algunos datos sobre la crisis alimentaria

Entre 1992 y 2007 el consumo total de kilocalorías por día:
  • Ha descendido en Japón y en 7 países de Europa del Este (Letonia, Hungría, Bulgaria, Serbia, Ucrania, Bielorrusia y Moldova).
  • Ha crecido por encima de 500 mil millones en China y la India.
  • Ha crecido entre 100 y 500 mil millones en Estados Unidos, Brasil, Nigeria, Pakistán, Bangladesh e Indonesia.
Por productos, en un estudio que abarca 10 países (Alemania, Rusia, Estados Unidos, Brasil, Nigeria, Turquía, Indonesia, Egipto, India y China), sólo se detectan los siguientes casos de descenso de consumo entre 1992 y 2007:
  • Carne, trigo y arroz en Rusia
  • Alcohol y frutas en Alemania
  • El trigo en China (con espectaculares incrementos de carnes, leche, verduras, frutas y alcohol)
Mayor consumo de carne en 2007:
  1. China
  2. EE UU
  3. Brasil
China ya era primera en 1992 pero ahora sus números prácticamente se han doblado. Pero lo que más destaca es el retroceso de Rusia que era la tercera del mundo en 1992. Puede que Moscú consuma muchas joyas, vestidos y mansiones, pero la carne lo delata: una mayoría ahora consume menos. Por supuesto, no se puede ignorar que el año 2000 marca una inflexión. Desde entonces, se vienen recuperando los consumos de lácteos, huevos, verduras, carnes, frutas y pescado. Aún así, no deja de ser espectacular que en 2009 el país esté todavía alejado de sus niveles de consumo ¡de 1980!

Mayor consumo de leche:
  1. India (¿a lo mejor porque sus vacas están menos estresadas, ante la ausencia de muerte inminente?)
  2. Estados Unidos (normal, si toman leche hasta para acompañar la comida, los muy enfermos...)
  3. China
Respecto a 1992 destaca el salto de India que adelanta a EE UU, y sobre todo el de China que multiplica casi por 5 su consumo, ascendiendo desde las últimas posiciones.

Alcohol:
  1. China
  2. EE UU
  3. Rusia
Me imagino que, como la medida utilizada son toneladas de alimento, en este caso puede tener que ver el tipo de alcohol consumido. Ello explicaría que en 1992 Rusia estuviera en posiciones mucho más bajas: el consumo de vodka ha descendido pero el de cerveza se ha disparado. China ha doblado su consumo y eso que ya estaba en segunda posición por aquel entonces. Alemania era la tercera pero, como ya he dicho, este fue uno de los pocos casos de decrecimiento.

Trigo
  1. China
  2. India
  3. EE UU
El descenso en China (aún manteniendo el primer puesto), junto al ascenso poco significativo del arroz, el otro producto de subsistencia por excelencia, apunta claramente a que sus incrementos no se han debido tanto al crecimiento de la población como al del nivel de vida.

Verduras
  1. China
  2. India
  3. EE UU
China ya era la primera pero ahora casi ha triplicado su consumo e ingiere casi 5 veces más verduras que la India.

Frutas
  1. China
  2. India
  3. EE UU
China multiplica por 3,6 sus toneladas de fruta e intercambia la tercera posición con los Estados Unidos.

Arroz
  1. China
  2. India
  3. Indonesia
Sin cambios significativos respecto a 1992.

Un dato que me parece muy significativo a propósito de todo este tema: a nivel mundial, nos encontramos en el porcentaje de hambrientos más bajo (13%), al tiempo que el número absoluto más alto de la Historia de la Humanidad (925 millones). Da que pensar...

Fuentes: FAO, Rosstat

jueves, 30 de diciembre de 2010

Pseudo-soviético y cuasi-occidental

El sociólogo y economista ruso Vladislav Inozémtsev califica, en un lúcido e instructivo artículo sobre la Rusia actual (1), su régimen de"cuasi-soviético" y "pseudo-occidental". Siguiendo su hilo pero parafraseando quiero hablar un poco de esta Rusia que a mí me parece más bien "pseudo-soviética" y "cuasi-occidental".

Pseudo-soviético

En primer lugar, debe entenderse la compleja y algo paradójica relación que mantienen los rusos de hoy con su pasado soviético. Resumidamente se podría decir que una mayoría no lo rechaza, incluso lo rememora positivamente (unos por la seguridad que proporcionaba al trabajador medio, otros por contraste con la corrupción que gangrena el país hoy en día, otros por la nostalgia del estatus de superpotencia...). Pero al mismo tiempo sólo una minoría declara querer volver a lo que había antes. Este contradictorio sentimiento ha sido bien intuido y manejado de forma políticamente muy hábil por el grupo que llega al poder bajo el liderazgo de Vladímir Putin.

Sus votos han sido obtenidos con excelentes equilibrios políticos parecidos a los que han permitido sistemas de partido hegemónicos en otros momentos históricos: la España socialista de los años 80, la Italia demócrata-cristiana o la Suecia social-demócrata de la segunda mitad del siglo XX. Y un papel fundamental en este éxito ha tenido su posicionamiento, ambiguo a más no poder, respecto al período soviético. Condenando duramente las represalias, financiando una versión de la historia en la que los rojos son los responsables (únicos) de la Guerra Civil, apoyándose cada vez más en la Iglesia... Pero al mismo tiempo resucitando muy activamente el recuerdo de la victoria sobre el fascismo, calificando la desaparición de la Unión Soviética de "la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX" (2), haciendo guiños a la figura de Stalin en tanto que gran estadista...

Quizás nada mejor para ilustrarlo que mencionar las dos principales organizaciones juveniles orgánicamente ligadas al Kremlin: la muy nacionalista Joven Guardia de la Rusia Unida y Los Nuestros que ha venido poniendo el acento en su autodefinición como antifascista... Casi sobran los comentarios. El juego a dos bandas está servido.

La operación del control político se completa en el arco parlamentario con dos partidos completamente domesticados (el fascista PLDR y el social-demócrata Rusia Justa) y uno casi completamente domesticado (el PCFR).

Esta intención de hegemonizar el espacio social y electoral, absorbiendo, sin indigestarse, corrientes muy diversas, es semejante, en realidad, a la deriva en que entró (con mayor torpeza y nefasto balance) el PCUS a partir de la muerte de Stalin. Los parecidos no terminan allí: la parafernalia propagandística o la implantación de Rusia Unida en el funcionariado (46% de su militancia) son otros ejemplos. Pero nada de eso justifica la denominación de "cuasi-soviético" para el actual régimen ruso: son todo formas de actuar, tácticas, márketing electoral. Lo que hace diferente un régimen de otro son las políticas que lleva a cabo y las bases sociales en las que se asienta. Y en ese sentido, la Rusia de Rusia Unida no es ni por asomo cuasi-soviética y todos los parecidos son meras apariencias. Las apariencias de una Rusia pseudo-soviética...

Cuasi-occidental

Los votos que Rusia Unida recibe en las elecciones (Dmitri Medvédev alcanzó el 70% de votos emitidos con un 70% de participación) no están falsificados: han sido obtenidos en unas elecciones plurales, con un sufragio universal, libre, igual, directo y secreto. Posiblemente más universal, directo y secreto que en los propios EE.UU., la cuna de la democracia, donde estos aspectos padecen algunas graves distorsiones.

Por tanto, es necesario descartar la visión, interesada, de que Rusia es una dictadura regida por Putin desde la sombra. Le pese a quien le pese, tiene un ordenamiento perfectamente democrático si nos ajustamos al modelo formal de democracia occidental (lo que, por otra parte, tampoco dice nada bueno sobre el modelo formal de democracia occidental).

La libertad de movimientos es casi total (salvando algunas trabas como la obligación de registrarse al llegar a Moscú). La censura de Internet inexistente. La libertad de prensa -a pesar de varios asesinatos muy sonados de periodistas- es un hecho, de lo que dan fe los diarios abiertamente opuestos al régimen, sin que a nadie se le ocurra clausurar periódicos o emprender otras acciones contra ellos.

La libertad de empresa y el derecho a la propiedad privada están sobregarantizados. Es cierto que algunas grandes empresas de sectores considerados estratégicos son públicas, pero lo mismo pasaba hasta hace bien poco en el Occidente. Y las medidas proteccionistas adoptadas, por otra parte, en algunos sectores tampoco son nada excepcional en las diferentes etapas de desarrollo capitalista.

Es verdad que existen burocracias aisladas del pueblo y la Justicia no siempre es demasiado independiente. Pero, ¿acaso los políticos occidentales no viven a espaldas de la calle? ¿Y quién puede creerse que la Justicia aquí es realmente independiente cuando hay grandes intereses políticos o económicos implicados?

La represión física de la oposición, la vulneración de los derechos fundamentales... por supuesto que se dan en Rusia. Son un complemento imprescindible, pero no la base del sistema. Y apenas se dan, si lo hacen, de una forma más grave que en el Occidente donde, no viene mal recordarlo, se prohíben partidos políticos, se encierra a personas sin órdenes judiciales en guantánamos o en CIEs, la concentración mediática cancela con frecuencia la libertad de prensa, la pena de muerte (prohibida en Rusia) se aplica con regularidad en algunos Estados, etc. etc.

Inozémtsev resume en una frase acertadísima porqué cayó el sistema soviético: se vio condenado porque a nadie le convenía. El actual, por el contrario, maniobrando sin cesar, y aún constantemente criticado, consigue mantener una base suficiente de aquellos a los que conviene: curas, funcionarios, empresarios... Asimismo Inozémtsev apunta como base de la realidad política rusa la libre conversión del poder en dinero y bienes, y viceversa. Todo ello se podría decir sin faltar a la verdad (y cada vez con más razón) sobre las democracias occidentales.

La fuerza momentánea del capitalismo moderno reside en haber liberalizado el mercado de respuestas individuales: se ha comprendido que, por crítica que sea, la contestación será impotente mientras no se haga colectiva. Su crítica estará castrada desde el principio. Reprimir resulta ineficiente cuando, de todas formas, no está amenazado el estatus del poder. Lo han aprendido los poderosos de Rusia tan bien como los de aquí:
(...) el descontento social no tiene incidencia alguna. Los ciudadanos que lo cuestionan son plenamente libres de expresarse en otras esferas que no sean las políticas; a los que quieren jugar a agitadores nada les impide hacerlo: simplemente carecen de público y no movilizan a nadie.
Inozémtsev lo dice de Rusia pero, palabra por palabra, me suena a lo que tenemos aquí. El sociólogo, para mí, contempla el sistema ruso como algo demasiado sui generis. No deja de tener sus peculiaridades (sobre todo, quizás, en la orientación de su economía), pero a fin de cuentas no es tan diferente. Como él mismo dice:
La sociedad rusa ha asimilado (...) el cinismo que impera también, de un modo más discreto, en el funcionamiento de las sociedades occidentales: primacía del dinero y el consumo, nivelación de las normas culturales, docilidad de la población, difusión masiva de tecnologías alienantes.
Hemos llegado al quid de la cuestión: el sistema se sostiene sobre la omnipresencia y omnipotencia del cinismo. En Rusia menos disimulada que en el Occidente. Pero a fin de cuentas cuasi-occidental...

(1) Rusia, una sociedad sin ciudadanos, VLADISLAV INOZÉMTSEV, Le Monde Diplomatique, Noviembre de 2010.
(2) Misiva de Putin dirigida a la Asamblea Federal el 25 de abril de 2005

sábado, 1 de agosto de 2009

La descomposición moral del zarismo

Fuerza oscura (1979), del escritor soviético Valentín Píkul me ha llevado a pensar en las situaciones tan diferentes en que pueden desembocar las crisis morales de la sociedad. En paralelo a la alternativa crítica/negación, la crisis moral ofrece la alternativa apertura/descomposición. Cuando se opta por la apertura, se aceptan a examen valores morales diferentes de los que venían dictados por la tradición, unos se desechan, otros permanecen e incluso pueden surgir otros nuevos. Es una reacomodación social pacífica y relativamente lenta. Por el contrario, si la situación social impide seguir manteniendo los valores tradicionales pero al mismo tiempo el grupo es incapaz de afrontar una revisión, entonces se produce la descomposición. Una lenta agonía en la que la conducta real se aleja cada vez más de la ideología mantenida. Ésta se va quedando así hueca, descompuesta. Esa situación, insostenible, desemboca bien en una actitud cínica, que niega cualquier posibilidad de moral, o bien en un aferrarse histérico al roto cascarón ideológico, negando con pasión mística toda evidencia. Ambas reacciones se pudieron observar en la alta sociedad del último zarismo.

En los mismos salones se encontraban damas fascinadas por el ocultismo y la videncia, y exitosos buscavidas siempre dispuestos a aprovecharse de sus supersticiones. Hombres de negocios que acumulaban cantidades astronómicas tratando como ganado a sus obreros al lado de militares de mirada vidriosa, obsesionados con la supervivencia de una monarquía que ya no preocupaba seriamente ni al propio zar. Usureros judíos, nobles ociosos, oscurantistas ortodoxos... todos jugando a un juego con cada vez menos reglas.

Sólo en esas circunstancias se explica el ascenso de una figura como Grigori Rasputin y el ascendiente moral que llegó a adquirir sobre la zarina Aleksandra Fiódorovna y sobre la política de Estado. Hijo descarriado de campesinos, aprendió hacia los veinte y tantos años técnicas de manipulación mental y formas de discurso místico en una secta religiosa. Pronto fue apadrinado por un sector ultrareaccionario relacionado con la Centuria Negra que lo presentó en la alta sociedad petersburguesa como visionario, con la intención de utilizarlo en sus propios intereses. Sin embargo, pronto Rasputin se desliga de ellos y da comienzo a una próspera carrera en solitario. Adquiere renombre como místico y, a través de la favorita de la zarina Anna Vyrubova, penetra hasta la familia imperial. Desde ese momento, según Píkul, hace y deshace: nombra y quita ministros, provoca ciertas decisiones trascendentes (incluso algunas militares, durante la I Guerra Mundial)... No lo hace para sí, sino para lobbies que le tienen en nómina y actúan así a través de él. En particular, siempre según Píkul, industriales y banqueros judíos que tenían, por su credo, vetado el acceso a los cargos públicos.

Píkul fue violentamente acusado de falta de rigor por numerosos historiadores y críticos literarios. Ciertamente el tratamiento que otorga a la documentación histórica es con frecuencia negligente. Pero aunque se exageren la influencia de Rasputin en los asuntos del Estado y su presencia en la Corte, el perfil del personaje es innegable. También está suficientemente demostrada la facilidad con la que la zarina (y buena parte del entorno petersburgués de la época) se prestaba a las manipulaciones oscurantistas. Lo bastante como para seguir negando, cada vez con mayor histerismo, los escándalos públicos que causaba Rasputin. Ésa era una cara de la moneda.

La otra la representaban los compañeros de borracheras del starets, aquellos para los que la crisis social suponía desvanecimiento de cualquier objetivo moral. Cualquier cosa que dictara la tradición podía ser ignorada y no era necesario colocar nada en su lugar. Desinhibición sexual, afán de lucro, maquinaciones y corrupción más absoluta, drogas (alcohol, cocaína, opio)... todo se mezclaba indistintamente en una orgía de "todo está permitido". Y eso en un país que seguía siendo muy mayoritariamente rural y tradicional.

Unas pocas décadas más tarde el capitalismo aprenderá a tratarse esa "enfermedad del crecimiento" que le suponen las crisis morales que acompañan a las crisis sociales con píldoras fascistas. Los fascismos encauzarán la indignación popular ante la relajación moral sin plantear cuestiones de justicia social. Pero en la Rusia de 1917 las elites dirigentes, demasiado ocupadas en sus negocios, nunca prestaron atención alguna al potencial de la extrema derecha fascistoide que tenía no pocos escaños en la Duma. Cabe pensar que si alguien, desde el poder económico o la aristocracia, hubiera apostado fuertemente por ellos la historia podía haber sido algo distinta. De hecho, los hubo: buena parte de los militares blancos tenían un perfil claramente fascistoide. Pero ponían el acento en la grandeza imperial de Rusia y no tanto en la corrupción moral. Y además llegaban tarde: ambos aspectos -indignación moral e injusticia social- ya habían sido capitalizados por un solo movimiento: el bolchevismo (1). Se podría decir que los blancos se quedaron sin consignas.

Esa impronta permanece hasta hoy y es la que explica el conservadurismo (incluidos el militarismo y la homofobia) del PCFR. En Rusia no existe un partido socialdemócrata fuerte y los comunistas podrían ir a ocupar su lugar. Pero están atrapados: no pueden ir a pescar clases medias con liberalismo social porque su historia y sus bases son fuertemente moralistas.

En conclusión, la crisis social fue de la mano con la moral. La polarización social y geográfica extrema había creado mundos completamente diferentes y separados en la Rusia de comienzos del XX. Lógicamente acabaron viviendo en mundos morales muy poco comunicados. Y así fue como la sociedad capitalina, nulamente preocupada por crear una hegemonía moral alternativa a la que estaba a punto de pasar a la historia, se entregó plácidamente a la descomposición mientras millones de obreros holgaban anunciando el advenimiento de un sistema social nuevo pero con una moral... no tan nueva.

(1) En realidad, el mismo patrón se volvería a repetir en varias revoluciones y movimientos posteriores. Quizá el ejemplo más llamativo fuera a ser la Teología de la Liberación (moralismo católico + socialismo comunista).