jueves, 19 de mayo de 2011

Simetrías

Parecemos simétricos pero, como es bien sabido, no lo somos. Tenemos un corazón a la izquierda y un hígado a la derecha. Pero ni siquiera lo aparentemete simétrico –como nuestro rostro o nuestras manos- lo es. Y para el colmo siempre existe un lado dominante: el derecho en los diestros, el izquierdo en los zurdos.

Pero a pesar de todo la evolución ha querido que parezcamos simétricos y que además nos sintamos atraídos por la simetría. No sé porqué ha pasado, pero sí sé que estas pseudosimetrías se encuentran en todas partes. El mundo está estructurado de esta forma: a primera vista, desde los cuerpos celestes hasta las partículas subatómicas, todo parece simétrico… y nada lo es. Como si todo tendiera al orden, al tiempo que el orden fuera una absoluta quimera.

Nuestra organización social parece que ha heredado esta especie de principio universal. Buscamos el orden, lo anhelamos, nos angustiamos cuando no existe. Pero al mismo tiempo nos conformamos, como por una especie de cinismo natural, con su apariencia.

Inventamos ficciones jurídicas, tales como naciones, Estados, democracias, socialismos… Pero luego nos conformamos con que todo funcione más o menos. Nos molestan menos las grietas en el orden ideológico que quien denuncia esas grietas. Un ejemplo claro son, por ejemplo, los países tan gangrenados por la corrupción o la economía informal que una amplia mayoría acaba por aceptarlas tanto como las propias ideologías formales que las censuran. Y todo ello sin excesivo perjuicio para su salud mental.

Posiblemente ninguna otra invención humana ha hecho tanta apología del orden, la simetría, la previsibilidad y la exactitud como la burocracia. Pero quien ha asomado a los bastidores de la realidad funcionarial sabe cómo funcionan las cosas: por los pelos. El factor humano cuenta mucho más de lo que dicta la norma… Pero al público se le sigue apareciendo como un monolito coherente e inamovible.

Desde niños, nos acostumbramos a que la realidad sea siempre una mezcla de mantenimiento de exigencia de orden y transigencia con el infractor. De hecho, se censura mucho más a un infractor que amenaza la susodicha apariencia que a otro que no lo hace aunque cause un daño mayor según los propios parámetros valorativos del sistema. Así, existe más animadversión social (convenientemente estimulada, claro, por los medios de comunicación) contra el okupa que contra el especulador que impide cuyo negocio impide la realización del derecho constitucional a la vivienda digna para todos…

La simetría es orden. La simetría es belleza. Pero al mismo tiempo es un fantasma: la vemos pero no existe ni puede existir. La ansiamos. Pero al mismo tiempo nos conformamos con fingirla colectivamente...

miércoles, 18 de mayo de 2011

Un trípode cojo

SALUD, DINERO y AMOR... ¿A nadie más le parece que algo no termina de encajar en esta clásica receta de felicidad?

La salud es un concepto eminentemente biológico: el buen estado de la máquina de vivir que somos. Músculos elásticos, respiración profunda, cerebro bien regado, los pies firmes en la tierra... Un cuerpo sano es también un medio para disfrutar de la vida pero, por encima de todo, es una fuente directa de felicidad. El mero hecho de sentirnos sanos nos hace feliz.

El amor, esa leve forma de enajenación mental, es la fuente de endorfinas por excelencia. En todas sus formas posibles –tanto la atracción sexual o el enamoramiento, como el amor al arte o a la naturaleza- es nuestra química cerebral que entra en efervescencia, nos hace entender las cosas bellas y nos da gustito... Otra vez algo sumamente biológico.

Pero, ¿y el dinero? Ni un papel impreso, ni una tarjeta con banda magnética, ni siquiera los lingotes de oro son en sí mismas fuentes de endorfinas. El dinero, en este trípode, obviamente no es el dinero. Es lo que el dinero puede comprar: poder sobre otras personas, sexo de pago, ingenios que nos facilitan la vida, servicios varios, etc. etc.

En todo caso, nada concreto, una especie de cajón de sastre, un etcétera. Lo mismo daría decir “Salud, amor y lo que con dinero se pueda comprar” o “Salud, amor y lo demás” o “Salud, amor, etc.” Con lo cual todo el potencial del susodicho aforismo como una guía de vida se ve claramente menguado: decir que la fuente de la felicidad está en esto, en aquello y en lo demás... es un poco no decir nada.

Por otra parte, también se diferencia el dinero de los otros dos pies del trípode en la forma en que se consigue. No sólo conseguir o conservar la salud y el amor depende más de lo que uno haga o deje de hacer, sino que la desigualdad al nacer es enormemente menor. Todos somos un trozo de carne hambriento y llorón en el momento de ver la luz. Pero enseguida el dinero ya nos ha asignado a una cuna o a otra. Al equiparar salud, dinero y amor, entramos, por tanto, en un injustificado proceso de culpabilización y responsabilización del desposeído, al que negamos la posibilidad misma de ser feliz.

Por último está la cuestión de la cuantificación. La salud es la ausencia de enfermedad. Y el amor un estado en el que no nos preguntamos si podríamos tener más amor. Todo lo contrario sucede con el dinero. Pocos tienen claro –y quienes creen tenerlo claro nunca se ponen de acuerdo entre sí- cuánto dinero exactamente haría falta para ser feliz. Por no hablar de aquellos, que son muchos, y que piensan que la respuesta es “siempre más”, postulando una persecución inacabable, en clara disonancia con el objetivo de “alcanzar” la felicidad.

En fin. Que el dinero no es nada... Si quieres ser infeliz, consagra a él tu vida.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Intenta argumentar con un niño al que intentas quitar un caramelo...

Los agitados debates en torno a la solución para el futuro energético de la Humanidad han producido en los últimos meses un sinfín de argumentos y contraargumentos a favor y en contra de las diferentes soluciones que se proponen.

Afortunadamente ya no queda casi nadie tan idiota como para abogar por la profundización en la dependencia de los fósiles. Por otra parte, las petroleras tampoco necesitan realmente que nadie las defienda. Probablemente hemos llegado ya a un punto tal de dependencia en que, sin necesidad de propaganda, solamente con algo de lobbying, se terminarán de explotar las últimas reservas que quedan, los industriales se embolsarán sus últimos enormes beneficios y se irán felices a casa.

Entre los defensores de las renovables, y dejando aparte a los representantes de la industria, como es lógico abundan los militantes y simpatizantes ecologistas. Muchos están sencillamente mal informados sobre el potencial sustitutorio de estas fuentes de energía, así como sobre el impacto que su exlotación, por muy renovable que sea, causa en el medio ambiente. Aquellos que sí lo son no tienen reparos en reconocer que la única solución real es la reducción de nuestro nivel de consumo.

Pero los más obstinados son, con diferencia, los defensores del nuclear. Ante el amplio reconocimiento científico y social de la inviabilidad de la energía basada en fósiles, el lobby nuclear desde hace una década ha visto la suya y, apoyándose en un tropel de expertos obsesionados con la posibilidad técnica de realización de los proyectos y completamente ignorantes de sus condicionantes políticos y sociales, ha llevado a cabo una exitosa ofensiva que le ha permitido rehabilitar en buena medida su imagen pública... al menos, hasta Fukushima.

Con estos bien o malintencionados defensores de las centrales nucleares el esquema siempre se repite: ya les puedes sacar a colación los residuos, la imposibilidad de garantizar la seguridad de las plantas, la proliferación... que te responderán siempre con el cambio climático y la insuficiencia de las renovables. Entonces tú les dices que, por tanto, la única solución pasa por la reducción del consumo, no por el atolladero nuclear. Que l
o insostenible no es una u otra fuente de energía... sino el ritmo al que consumimos.Y entonces... ellos callan o responden con otra cosa o, en el mejor de los casos, simplemente lo tachan de imposible.

Y esto es precisamente lo que me hace temer que, cuando pase el jaleo de Fukushima, la cosa nuclear seguirá su camino. Porque la irracionalidad de un ser humano compulsivamente aferrado a sus lujos es más poderosa que cualquier argumento. Porque le daremos mil y una vueltas, nos escaquearemos de afrontar la verdad, insultaremos al que nos la eche en cara o le tacharemos condescendientemente sus propuestas de utópicas e imposibles...

Cualquier cosa antes que reconocer abierta y honestamente algo muy sencillo...

¡QUE NO NOS SALE DE LOS COJONES CONSUMIR MENOS!

¡QUE QUEREMOS SEGUIR TRAGANDO COMO PATOS HASTA QUE NOS REVIENTE EL HÍGADO!

¡QUE NOS IMPORTA UNA MIERDA NUESTRO FUTURO Y EL DE NUESTROS HIJOS SI ESO SUPONE RENUNCIAR A LA SATISFACCIÓN INMEDIATA DE NUESTROS DESEOS!


Y es que en el fondo somos una sociedad inmadura, una sociedad de críos obedientes ante la autoridad del fuerte y sin la tolerancia a la frustración necesaria para los necesarios ejercicios de responsabilidad de la vida adulta...

sábado, 7 de mayo de 2011

Por qué creo que ser de izquierdas es de mejor persona

A ver, antes de nada, conozco un montón de mierdas que se dicen de izquierdas. Conozco a cabrones que militan en sindicatos o en partidos de izquierdas y luego explotan a su mujer en casa. También a otros que son gilipollas insolidarios, egoístas y egocéntricos, pese a ser tan radicales y reivindicativos que ni siquiera militan en un sindicato o un partido. También alguno que es de izquierdas por tradición familiar y, en el fondo, más rancio que Libertad Digital. Y algún otro que se ha obsesionado tanto con la Humanidad que se le ha olvidado ser humano con las personas.

También conozco a alguno que es de derechas y que no es un hijo de puta redomado.

Y a pesar de todo ello sigo pensando que ser de izquierdas es tendencialmente de mejores personas. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque la política, entendida de una forma sana, viva, no se separa de la vida, del día a día, de lo que una persona es. Si una persona es solidaria, respetuosa con el débil o con el diferente, amante de la razón y de la justicia en su vida cotidiana (es decir, lo que yo entiendo por "buena persona"), la proyección social de sus valores personales debería llevarla a posicionarse políticamente en la izquierda.

Claro, que todos sabemos muy bien que la lógica no termina de funcionar en la realidad social. De allí tantas y tantas excepciones que impiden que por regla la gente de izquierdas sea mejor que la de derechas.

Pero sí buscamos (aunque nunca la terminemos de encontrar) una cierta coherencia interna entre nuestras cogniciones. Y ello precisamente es lo que me permite afirmar que tendencialmente, a igualdad de condiciones, sí se cumple el argumento de este post.

Al fin y al cabo, creo firmemente en ese ya manido chistecillo que dice que Dios, cuando creo al hombre lo dividió según sus naciones de origen y así dijo:

"- Los franceses seran cultos y refinados

- Los ingleses serán aventureros y puntuales

- Los italianos serán creativos y divertidos

- Los alemanes serán formales y trabajadores

- Los norteamericanos seran luchadores y patriotas

- Los argentinos serán intelectuales y sociables

- Los españoles serán inteligentes, buenas personas y votantes del PP."

A esto le dijo el arcángel San Gabriel: "Dios, que todos los países tienen dos virtudes y los españoles tienen tres.
Eso no es justo." Dios dijo: "Es verdad, pero ya no me puedo echar para atrás. Bueno, estas serán las virtudes de los españoles, pero cada español sólo podrá tener dos de ellas a la vez..."

Y así, desde entonces los españoles que son inteligentes y votantes del PP no son buenas personas. Los españoles que son buenas personas y votantes del PP no son inteligentes. Y los españoles que son inteligentes y buenas personas no son votantes del PP.

viernes, 29 de abril de 2011

Perspectivas electorales en Rusia

En ensayo general para las elecciones legislativas de Diciembre y las presidenciales del año que viene, se han celebrado en Rusia el marzo pasado las regionales en 12 de los entes federados.

Dos aspectos a destacar:
  1. Rusia Unida sigue sin perder una sola convocatoria. Ni siquiera ve su dominio amenazado y obtiene más del 50% de los votos en la mitad de las circunscripciones (y todas las mayorías absolutas de parlamentarios, gracias a las distorsiones de los sistemas electorales).
  2. Buenos resultados del PCFR, el único partido realmente opositor con representación parlamentaria, que sube en 11 entes, tan solo perdiendo unas décimas en la región de Tambov. Los incrementos además son muy significativos: más de 10 puntos en 3 comicios y más de 5 en 4.
Por lo demás, el único partido sin representación en la Duma que consigue superar la impresentable barrera del 7% vigente en la mayoría de las entidades fue Patriotas de Rusia, coalición de una multitud de partidos de izquierda, liderada por Guennady Semiguin, un ex del PCFR. Pudo hacerlo, por los pelos en ambos casos, en Daguestán y en la región de Kaliningrado.

Sin duda el resultado pone de relieve el descenso en la popularidad del bloque en el poder. El tradicional equilibrio de Rusia Unida que le ha permitido mantener la hegemonía en las instituciones rusas desde la llegada en 2000 de Putin se ve ahora acosado por varios frentes.

Por un lado, el deterioro sostenido de las políticas sociales y el consiguiente agravamiento de las desigualdades sociales y territoriales (el abismo entre Moscú y las regiones es realmente escandaloso) parece por fin (ya era hora) reflejarse en la recuperación del voto de izquierdas.

Por otra parte, no cesa la crítica al régimen desde una oposición de centro-derecha y pro occidental que representa sectores del capitalismo no ligados al bloque del poder. Sus medios de comunicación (el diario Kommersant, la revista Vlast y un largo etcétera) gozan de amplia difusión y popularidad. Sin embargo, los partidos de ideología afín (Yábloko, Causa Diestra...) hace años que se quedan fuera de los arcos parlamentarios.

Su radio de acción es limitado por varios motivos. En primer lugar, muchos de estos sectores aparecen identificados con antiguos oligarcas ruso-judíos purgados por Putin, en los que la opinión pública (con razón) se resiste a ver presos políticos.

En segundo lugar, porque el discurso explícitamente pro occidental se encuentra con una especie de barrera "natural" en Rusia, dado lo difícil de vender la OTAN como un corderillo inocente que sólo quiere ser nuestro amigo...

En tercer lugar, el discurso de centro-derecha es en buena medida acaparado por Rusia Unida. A estos movimientos sólo les queda, pues, para forjarse una imagen propia, desarrollar los temas más clásicos del liberalismo: libertad de expresión, pluralismo político, libertad de mercado o derechos civiles. Pero -y pese a que no es difícil encontrar descontentos- lo cierto es que Rusia ni es una dictadura de partido único, ni carece de libre mercado. Y reivindicar la libertad de expresión desde algunos de los medios de más difusión del país resulta algo ciertamente contradictorio.

Al final, les pasa algo parecido que a los partidos liberales de Occidente: su voz se oye y tiene simpatizantes, pero a la hora de votar se encuentra con una base social muy limitada si no se acompaña de una definición social (social-liberalismo) o conservadora (alianza liberal-conservadora). El sistema electoral hace el resto.

Cabe mencionar un tercer frente que acecha a Rusia Unida: el nacionalismo ruso. Muy fragmentada y, de momento, con una organización política muy endeble, la extrema derecha rusa, sin embargo, se está abriendo nuevos espacios. Tras la época dorada que tuvo en los años 90 y la gran debacle en los 2000, su presencia se ha venido haciendo más notoria en los últimos años. A la regularidad de los asesinatos de militantes antifascistas se suman ahora los acontecimientos de diciembre del año pasado, cuando una multitudinaria manifestación en protesta por la muerte de un hincha del Spartak a manos de un daguestaní, fue aprovechada por nazis para llevar a cabo una batida racista por el centro de Moscú.

Su futuro es incierto. La presencia de la extrema derecha se ha hecho permanente y abundante en los principales estadios y está claro que se están produciendo intentos de reagrupación (el Movimiento Contra la Inmigración Ilegal es un ejemplo). La experiencia occidental demuestra, por un lado, que los hooligans futboleros no consiguen amplios apoyos fuera de su propio círculo y que son susceptibles de ser reducidos por la acción policial (cuando hay voluntad política para ello). Pero también que allí se pueden sentar las bases para un movimiento más amplio, más presentable y más politizado.

Desde luego los ingredientes se dan: el racismo está socialmente presente y existe espacio electoral para rentabilizarlo porque Rusia Unida se esfuerza por no aparecer como un partido únicamente de rusos étnicos y cristianos ortodoxos. Y el partido-tapón de Zhirinovsky (Partido Liberal-Democrático de Rusia), leal al Kremlin pero de retórica xenófoba, puede tener dificultades para contener electoralmente un eventual partido de extrema derecha más serio.

Dicho todo esto, mucho tendría que cambiar la situación para que Rusia Unida y Medvédev/Putin (todavía no está claro cuál de los dos se presentaría a las presidenciales) perdieran el control de la situación. Los partidos-tapón (PLDR y Rusia Justa) siguen funcionando, los mecanismos de control mediático, social y clientelar también. Y pese a la erosión de los apoyos, los porcentajes que vienen obteniendo siguen siendo muy sólidos.

Puede que el cambio haya comenzado, pero con toda probabilidad a un plazo mayor que el del año que nos separa ahora mismo de las presidenciales. Quizá Rusia Unida deba empezar a moverse en el espacio político para no quedar atrapada entre los tres frentes mencionados anteriormente (izquierda, liberales y extrema derecha). Y, aunque en este momento todo sean conjeturas, se antoja más probable que se escore hacia la derecha, buscando una alianza aún más estrecha con la Iglesia, adoptando un discurso más duro frente a la inmigración y sobre todo imponiendo las cuestiones securitarias en la agenda. Si ello sucediera, es verdad que le permitiría adquirir mayor solidez y definición, pero al mismo tiempo supondría su retirada de otros nichos electorales (que actualmente garantizan su hegemonía en la política rusa) y a medio-largo plazo podría abrir el camino a la posibilidad del cambio y la alternancia en el poder.

Por supuesto, todo esto no son sino especulaciones. De momento, habrá que estar atentos a lo que suceda en las legislativas de Diciembre.

viernes, 22 de abril de 2011

El romanticismo

El romanticismo es el pequeño tesoro que se puede permitir hasta el más pobre.

Es algo que nos ilumina por dentro. Un fruto de nuestra imaginación, es verdad. Pero la imaginación en sí, y por ende sus efectos, son perfectamente reales.

El romanticismo es al mismo tiempo la fe y la ironía del relativismo, la alegría y la comprensión profunda. Nietzsche acusó a los científicos y a los hombres de razón de miseria moral por aferrarse a un castillo de tautologías que ellos mismos habían elevado y del que se habían hecho esclavos. Y, aunque fuera una persona bastante trastornada que difícilmente pudiera dar lecciones sobre la felicidad, es fácil entender la razón que le asiste: vivir sólo en la ciencia, sólo en la razón, renegar de lo irracional que hay en nosotros, renunciar al arte... es vivir en la indigencia.

Saber no siempre implica entender. La importancia de un atardecer en la montaña, o de la inmensidad del cielo, o de la inteligencia humana, o de una alucinación que en cuestión de segundos pone en cuestión la fiabilidad de nuestros sentidos, o del gesto hermoso de un prójimo... no puede ser captada por el que sólo las enfoca como un hecho astronómico, neuronal o sociológico. Que es a lo que se tiende. A la imbecilidad instruida. El científico que hoy en día tiene este tipo de entendimiento se puede atribuir todo el mérito de ello, porque el sistema que le ha educado desde luego se esfuerza por lo contrario.

El romanticismo es más aún. Amar es sublimar y sublimar es imaginar, idealizar. Por tanto, vivir sin imaginar también es vivir sin amar. Nuevamente: grisura, mendicidad, tristeza...

Hasta en la política es necesaria la sublimación. Ideales sin hechos se convierten en fanatismo y/o desprendimiento de la sociedad. Pero la obsesión con los hechos, olvidados los principios, se convierte en un vagar sin rumbo. Cuando no en oportunismo de quien sólo quiere defender su profesión. Cuando no en la simple cobardía de no atreverse a hacer otra cosa. En todo caso pobreza, escasez, mezquindad...

Por no hablar de la relación entre la imaginación y la voluntad. La voluntad es la proyección en el mundo real de lo imaginado. Sin ella, nada cambia. Negar la voluntad y despreciar la imaginación es, por tanto, conservador.

El romanticismo es lo único que a veces nos queda. Saber que lo que estamos haciendo es hermoso. Lástima de aquellos que no son conscientes de la importancia de considerar hermoso lo que hacen porque están demasiado ocupados en ganar más dinero o en retener el poder o en satisfacer sus cualesquiera otras cochinas compulsiones.

Y más lástima todavía de aquellos que, sin tener dinero y sin tener poder, también reniegan del romanticismo. Renunciando voluntariamente a lo que les podría hacer ricos. Si la vida de aquellos es gris, la de éstos es negra, una vida sin orgullo ni dignidad.

jueves, 21 de abril de 2011

La insoportable levedad de nuestras convicciones

Mucho refunfuño de bar, los políticos (y de paso la política) caen en descrédito, los medios de comunicación no paran de bombardear con noticias de corruptelas (de signo contrario al suyo, claro)... Pero... ninguna consecuencia real. No sólo la ciudadanía (si es que tal cosa existe) no se anima a construir algo con sus propias manos. ¡Es que ni siquiera se dan consecuencias electorales! ¡Ni en la distribución de votos, ni en los índices de abstención!

Como corderos al matadero, siempre que son convocados, los electores marchan a las urnas y echan su papeleta a favor del PPSOE... La sangre de horchata que ello supone impresiona... en un primer momento...

Pero en verdad: ¿porqué iba a indignarse la gente realmente? Los políticos se forran, trafican con influencias, colocan a sus numerosas familias, se tiran a menores y recalifican espacios naturales.... Pero, ¿y a quién no le gustaría hacerlo?

"Son todos iguales" y "¿Qué se puede hacer?" son sólo excusas. En realidad, el cinismo de la política sólo refleja el cinismo de la sociedad. Nadie ataca en serio el sistema porque nadie se siente con autoridad moral para hacerlo. Nadie se considera mejor (ni aspira a serlo).

Ningún corrupto horroriza ya, porque el ciudadano medio no haría cosa distinta de encontrarse en su lugar.

Pasa no sólo con los políticos: las cantidades astronómicas que cobran los futbolistas e incluso los abusos de los empresarios son, cuando no justificados, al menos exculpados, por la creencia en que, en el fondo, todos somos iguales...

Si ayer era la fe en el orden y en la bondad de los que nos explotaban, hoy es la fe en la sinvergüenza innata del ser humano lo que nos paraliza de la misma forma. La sociedad es una especie de mafia generalizada en la que todo el mundo está en el ajo (o alberga la esperanza de estarlo). Y por eso nadie tira de la manta, ni se enfrenta a la situación.


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