viernes, 26 de marzo de 2010

Divagando sobre la dicha y el amor

¿Cómo se podría amar si no hubiera al menos una pizca de desdicha?
... se pregunta Simon*. Esta pregunta, a primera vista contradictoria y absurda, de repente cobra un sentido. Si fuéramos plenamente dichosos, ¿acaso necesitaríamos algo más que a nosotros mismos? ¿Qué es el amor sino necesitar al otro? Lo necesitamos precisamente porque nos falta algo: es siempre fruto de una ausencia, de una carencia.

Y nunca se podrá encontrar plenitud en el amor, porque, momento en el que se encuentre, éste desaparecerá. La atracción es un proceso, existe mientras exista una fuerza que lo impulsa.

Al colmar la sed, ésta desaparece. Pretender que siga existiendo se vuelve algo inútil, compulsivo y pernicioso: como comer cuando ya se ha saciado, dormir cuando ya se está descansado, o seguir bebiendo cuando uno ya está borracho.

La única manera, por tanto, de hacer durar el amor es no permitir nunca que la dicha sea plena. Porque entonces es cuando se agota. Seamos siempre un poquito desdichados para que siempre nos quede algo por delante. Para que siempre haya algo mejor esperándonos a la vuelta de la esquina.

Evidentemente más de uno necesitaría el consejo inverso: dejar de rehuir la dicha o de buscar la infelicidad. Pero eso ya es otro asunto...

*personaje de Robert Walser en "Los Hermanos Tanner"

martes, 23 de marzo de 2010

Воля

La palabra rusa воля (volya), de raíz latina y emparentada, entre otras, con la catalana voler o la alemana wollen tiene dos acepciones. Dos acepciones con las que pone en relieve la relación, velada en el castellano, entre, por un lado, la voluntad y, por el otro, la libertad, el libre albedrío, sus dos significados.

Si la libertad es la existencia de opciones y se mide por la amplitud del abanico que éstas abarcan, se puede decir que la libertad es algo potencial, no devenido. Tener libertad para hacer algo es una posibilidad, no una realidad material*. Hacerlo es muy diferente. Implica elegir una de las opciones disponibles y hacerla real precisamente mediante la voluntad. La voluntad, por tanto, es lo que realiza la libertad. ¿Qué es la libertad sin voluntad?

La libertad sin voluntad es potencia sin acto. La libertad sin voluntad es impotente. Una teoría sin praxis. Un espectro, nada.

Pero también podría invertirse la relación: resultaría que a menos fuerza de voluntad, menor libertad. Una fuerza de voluntad mayor siempre ensancha nuestras opciones. La fuerza de voluntad nos hace, por tanto, más libres.

* De hecho, es tan poco material que se podría cuestionar su propia existencia más allá de lo ideológico. Pero esta no es la cuestión aquí.

viernes, 19 de marzo de 2010

Sobre todo no hay que hacerle sentir nunca al anfitrión que se le está agradecido; de hacerlo, evidenciaríamos una timidez y una cobardía que ofenderían forzosamente a nuestro invitante. En el fondo de nuestro corazón hemos de venerar a ese ser bondadoso que nos acoge bajo su techo, pero sería síntoma de escasa sensibilidad querer demostrarle a toda costa una gratitud que él no desea recibir, ya que no ha dado ni sigue dando cosas con el fin de cosechar, a cambio, una actitud mendicante. Pues en determinadas circunstancias la gratitud es simlemente pordioseo y nada más. Y otra cosa: en el campo, la gratitud es más callada y silenciosa que hablantina. Quien está obligado a agradecer tiene su propia forma de comportarse porque ve que el otro también tiene la suya. Los donantes finos son casi más tímidos que los receptores, y se alegran cuando éstos aceptan tranquilamente el donativo para que ellos, los que dan, puedan dar con decoro y sin demasiadas ceremonias.
Simon, personaje de Robert Walser en "Los Hermanos Tanner"

lunes, 8 de marzo de 2010

Feliz día de la Mujer Trabajadora

Felicidades a todas, compañeras. Y una patada en los cojones a todos los mierdas que quisieran veros recluidas en casa, a los que se aprovechan de vuestra buena fe, a los que os agreden porque pueden, a los que os insultan si se os acaba la paciencia y les respondéis, o a los que simplemente van de machotes y pichabravas por la vida. Que no sólo los hay en Afganistán.
Las mujeres, ni putas ni vírgenes. Muerte al patriarcado.

jueves, 25 de febrero de 2010

El vicio antropológico

Todas las disciplinas sociales tienen sus vicios característicos. La obsesión de ciertos sociólogos con cálculos numéricos imposibles, la ficción del individuo racional-individualista de los economistas liberales, la incapacidad para salir de la casuística de algunos historiadores… son sólo algunos ejemplos. El vicio más típico de la Antropología es, sin duda, el sesgo culturalista: la negación (o subestimación) de otros factores en beneficio del peso del relato ideológico. Como si las dinámicas sociales no fueran más que un juego de constructos ideales.

Esta tendencia, en ocasiones, puede llevar tan lejos que el antropólogo que estudia textos “sagrados” acaba saltando la línea que separa la ciencia social de la teología.

No cabe la menor duda de que el análisis de las biblias, coranes y talmudes es fundamental para entender la sociedad de la época en la que fueron escritos, y también, por supuesto, para tener un cuadro completo de cómo se conforma el presente. Pero a veces los antropólogos se han dedicado a interpretar la letra de dichos libros no con el fin de comprender una sociedad (histórica o actual), sino con el de contrastar su mensaje con las interpretaciones en vigor. Su objetivo se desplaza de forma sutil, en la mayoría de los casos inconsciente, del conocimiento de realidades científicas, a la búsqueda del sentido “auténtico” o “verdadero”, de la palabra "divina".

Así sucede con “El islam sin velo” de Nazanín Amirian y Martha Zein. Un libro de divulgación antropológica, rico y riguroso en las informaciones que aporta, y que persigue el muy loable fin de desmentir los prejuicios existentes contra el mal llamado “mundo islámico”. Pero también es verdad que por momentos se recrea en la interpretación de los versículos coránicos o bíblicos. Si bien su perspectiva general es laica, parece, sin embargo, en ocasiones, que está discutiendo con algún erudito islámico sobre lo que realmente quiso decir Mahoma sobre uno u otro asunto. Pero lo relevante para el análisis social no es tanto lo que quiso realmente decir el fundador de X religión sino cómo lo interpretan los agentes sociales que hablan en su nombre. Lo otro pertenece al ámbito teológico y no debería interesar a científicos sociales, sino a imanes, curas y rabinos.

Este afán por mezclar ciencia y teología se puede ilustrar también con las aportaciones de las teólogas cristianas feministas (no necesariamente, pero sí con frecuencia, antropólogas). Escudriñan incansablemente los textos cristianos de referencia, así como el patrimonio iconográfico del cristianismo, para encontrar pruebas de que su religión no es tan machista en su esencia y raíz, como lo ha llegado a parecer. (Un propósito más que inútil, desde mi punto de vista.)

Es interesante descubrir los vaivenes históricos del machismo cristiano. En ese sentido, sus trabajos tienen un gran valor para las ciencias sociales. Pero lo que debería ser absolutamente irrelevante para un científico es lo que un supuesto dios presuntamente quiso decir. Lo que los curas realmente piensan y hacen, eso sí es importante. Pero entrar en su juego y discutir sus historias como presumiendo que tienen algún valor cognitivo no es tarea científica. El debate sobre las orientaciones bíblicas y eclesiásticas es –llamemos simplemente las cosas por su nombre –teología.