miércoles, 26 de enero de 2011

¿Hungría señala el camino?

Buena parte de los problemas actuales de nuestras economías estaban prediagnosticados desde antes de la crisis. Habíamos cedido nuestra soberanía a instancias internacionales (como la Unión Europea), al tiempo que éstas estaban (y siguen estando) secuestradas por insensatos fanáticos ultraliberales y poderosos lobbies.

Y ahora, ¿quién defiende la soberanía de los pueblos? Los contados gobiernos de “izquierda” (social-demócratas) que quedan en Europa se alinean con las políticas más duras del liberalismo. Y los únicos que se enfrentan a Bruselas son... gobiernos de extrema derecha o conservadores por cuestiones de una agenda de extrema derecha. Es decir, Hungría por lo de la libertad de expresión, Polonia por lo de los homosexuales, Francia por lo de los gitanos...

¿Cómo ha podido pasar que el discurso de la soberanía popular –el principio democrático por anonomasia-, se haya encontrado tan hegemonizado por el fascismo más puro y duro?

Las expectativas parecen poco esperanzadoras. Unos seguirán en la deriva controlada casi sin intermediarios políticos por el gran capital, otros encauzarán la disconformidad popular hacia un retrógrado y xenófobo frenesí. En la mayoría de los casos, se dará alguna mezcla de ambas cosas: con una mano agitarán los banderines nacionales, mientras que con la otra seguirán expoliando nuestro trabajo y escatimándonos todo beneficio social.

No hay mal que cien años dure y seguro que será cuestión de tiempo que se produzca una reacción. Pero, ¿de cuánto tiempo? ¿Y cómo de dañadas estarán para entonces la mentalidad de lógica colectiva, la solidaridad entre los pueblos, la capacidad crítica de los ciudadanos?

jueves, 20 de enero de 2011

La ciencia de las expectativas

Como parte de su obsesión por convertir una ciencia social como es la Economía en una rama de las Matemáticas, el pensamiento liberal se ha visto forzado a postular la ficción del homo economicus, un decisor:

  1. individualista y egoísta
  2. racional en sus cálculos
  3. informado sobre el mercado

Es evidente que ni siempre pensamos de forma egoísta, ni siempre calculamos de forma racional, y mucho menos estamos siempre informados. Más aún, hay diferencias muy significativas entre nosotros: no todos somos igual de egoístas, ni igual de racionales, y mucho menos estamos igual de bien informados. Como fuese, los ideólogos liberales elevan un dique entre su Economía y todas estas interrogantes, construyendo una ciencia que, en el mejor de los casos, se podría decir que teoriza sobre una parcela del comportamiento humano y social (aceptando la ficción de que éste se puede parcelar). Pretendiendo luego elevar sus conclusiones al rango de dogmas universales.

Pero más que una crítica a fondo del concepto, lo que quería hacer ahora era llamar la atención sobre un aspecto particular: el papel de las expectativas en esta abstracción. Se reconoce pero se explicita muy poco el hecho de que el susodicho homo economicus tiene como fundamento de su decisión racional no un conocimiento cierto, sino una expectativa de acontecimientos. Pero como una buena parte de nuestras circunstancias son sociales, ello nos lleva a varias reflexiones interesantes.

En primer lugar, en un contexto social, basarse en una expectativa de acontecimientos significa basarse en una expectativa de las expectativas de los demás, que a su vez se basan en las expectativas de los demás, incluida nuestra propia expectativa sobre sus expectativas... Es decir, se introduce un elemento de incertidumbre potencialmente infinita. El libre juego del mercado consiste, en buena medida, en una partida en la que los participantes se esfuerzan constantemente por prever el comportamiento de los demás mejor que ellos.

Pero no se trata sólo de prever mejor que los demás. Lo que me lleva a una segunda reflexión: hay personas con herramientas materiales y culturales a su disposición suficientes para manipular las expectativas de sus congéneres. Cuando deciden utilizarlas en provecho propio, se convierten en lo que se conoce como especuladores.

El poder -ya no solamente económico, sino también político- de los grandes especuladores, de los grandes manipuladores de las expectativas humanas, se hace bien patente en la situación actual, en la que llegan a dictar, de forma muy poco disimulada, sus preferencias a los Gobiernos de todo el mundo (y en primer lugar a los nuestros, sometidos por la mordaza comunitaria).

Realmente su existencia es un puteo para los economistas liberales porque, aún sin salirse de los diques que se habían planteado, desbarata buena parte de sus teorizaciones y resta mucha credibilidad a sus previsiones. Una lástima que a nadie le importe.

miércoles, 19 de enero de 2011

Ansiedad y muerte

¿Puede ser nuestra mortalidad la razón última de todas nuestras ansiedades?

La ansiedad nos impulsa a satisfacer compulsiva, desesperada, urgentemente nuestros deseos. Como si se fuera a acabar el mundo. Pero es que realmente se va a acabar. Para nosotros, claro. Moriremos y nunca podremos hacer esto o aquello que deseamos. Conscientemente o no, no lo aceptamos y por eso nos precipitamos en una frenética actividad por hacerlo todo mientras aún queda tiempo. Y nunca tenemos bastante porque olemos cerca el final. Nos afanamos siempre un poco más. Y nos ahogamos siempre un poco más.

¿Qué razones para la ansiedad tendríamos de ser inmortales? ¿Qué podría preocuparnos más que el momento? ¿Qué necesidad tendríamos de pensar en el futuro?

Lo más parecido a un ser inmortal no es aquel que pasa a los libros de Historia por sus proezas. Si está en los libros es porque, a fin de cuentas, está muerto. Tras una vida probablemente llena de ansiedades que le impulsaron a hacer todas esas cosas por las que los libros han terminado por recogerlo.

Las religiones niegan la muerte. Pero ésta es real: el creyente no hace más que mentirse a sí mismo. Hace un esfuerzo sobrehumano para insistir en que una pared es negra cuando evidentemente es blanca. Lo cual no le crea más que contradicciones que resuelve reafirmándose en compulsivos rituales. En resumen, la religión no aporta más que nuevos miedos, más ansiedad.

Lo más parecido a un ser inmortal es una persona libre de sus ansiedades. Una persona que vive como si fuera inmortal. Una que es inmortal mientras vive.

sábado, 15 de enero de 2011

El humor como coartada

El humor se ha convertido en una especie de vaca sagrada, un espacio en el que, más que en ningún otro, si algo no te gusta... te jodes y te aguantas (salvo cuando se trata de la Familia Real, claro). Pero, ¿todo vale para echarse unas risas? ¿Es realmente neutral este espacio?

¿Está bien que un dibujante, profesional del humor, haga gracia con cualquier cosa? ¿Y un profesor chistoso? ¿Y un presentador de noticias? ¿Y un madero que encuentra gracioso quemar cigarrillos en el cuello a los detenidos?

Parece evidente que no todo lo que uno considera gracioso sólo por ello debe ser aceptado. Y que, en ocasiones, el humor es sólo una tapadera para la propaganda de determinadas ideas y valores. En ocasiones por no decir siempre: porque nunca, ni cuando bromeamos, podemos dejar de ser nosotros mismos, con toda la carga de emociones, juicios y voluntades que ello conlleva. Entonces, si determinadas personas me parecen detestables, ¿por qué no me puede parecer detestable su sentido de humor?

Está la libertad de expresión, claro: si quiero que me dejen hacer mis bromas debo dejar a otros que hagan lo respectivo. Pero el caso es que la libertad de expresión es una ficción más de la democracia formal. Igualdad y libertad en el papel; desigualdad real en los derechos configurada por desiguales relaciones de poder. Los propietarios de los grandes medios de comunicación son los que dictan, en buena medida, hasta los chistes con los que nos reímos en el día a día.

Así que al defender la libertad de expresión formal no se nos debería olvidar que, ante todo, defendemos el derecho de los grandes empresarios a mantener su hegemonía en el discurso público. Con frecuencia, el derecho de los fuertes a reírse de los débiles.

Aún con todo… Yo me río casi de cualquier cosa. He llegado a reírme de auténticas burradas. Si un chiste es gracioso, pues es gracioso y punto. Lo que me importa más que el chiste en sí quizá sea quién lo cuenta y en qué contexto, y quién se ríe de él y por qué. Con un mismo chiste me puedo descojonar a más no poder con mis colegas, pero no con otras personas cuya risa sé que está envenenada, por ejemplo, por el racismo o por el desprecio hacia la mujer.

El chiste, quizá, se parezca en eso a un fusil: por un lado está su calidad, digamos, técnica, y por otra las manos en las que se encuentra y a dónde esas manos apuntan.

Y con esto enlazo con la cuestión a la que quería llegar: la importancia de distinguir entre el espacio privado y el espacio público en todo este asunto. Cuando “se dispara” un chiste en un ámbito privado, se sabe perfectamente cómo se va a interpretar. Se trata de una “explosión controlada”. Cuando se hace en una tira cómica, en una pantalla de televisión o en un aula, aún presuponiendo al emisor toda la buena intención del mundo (lo que ya es mucho presuponer) la audiencia no se controla. Lo que para unos es una broma sin más, para otros es una confirmación de sus prejuicios y estereotipos.

Actuar en un espacio público conlleva una responsabilidad. Es cualitativamente diferente de una conversación privada. Y no hay nada de hipócrita en ello: simplemente es ser consciente de a quién llega tu mensaje y de cómo lo puede interpretar.

jueves, 13 de enero de 2011

Pensar en ti es no pensar en ti

Tengo una sugerencia para los que dedican buena parte de su tiempo a recrearse en lo dura que es su vida, en la mala suerte que les persigue, en lo miserables que se sienten… Para los que van a terapias año tras año, sin terminar nunca de averiguar qué les pasa. Para los que consideran que lo sano es estar todo el día compartiendo sus sentimientos y emociones (en realidad, agobiar a los demás con sus problemas, “problemas” y problemillas).

Que se olviden un poco de sí mismos y piensen en otras personas. Que lo hagan aunque fuera por su propio bienestar, aunque fuera desde el egoísmo.

La idea de “tengo demasiados problemas para andar pensando en los demás" es una trampa. No hablo de un compromiso con grandes causas de la Humanidad, ni del servilismo cristiano, sino de empatía, compañerismo, solidaridad, espíritu de colaboración, voluntad de estar al lado de aquellos que nos importan.

Para ello es necesario en primer lugar preguntarse: ¿quién realmente nos importa? ¿Acaso hay alguien que nos importa de verdad? Porque si la respuesta es negativa... estamos ante un problema más gordo de lo que pensábamos...

En segundo lugar, hay que intentar comprender a la otra persona. No desde nuestras propias obsesiones, sino realmente... ¿qué tiene dentro? ¿Cuál es el mundo en el que vive? Aunque es imposible meterse en la piel de otro, sí es posible relativizar un poco y no dejarse llevar por los propios sesgos, controlar nuestras proyecciones. Pero sólo se puede hacer desde una preocupación sincera y genuina por el otro.

En tercer lugar, ¿qué puedo hacer para que le vaya mejor?

Y por último, hacerlo.

No sé exactamente cómo funciona –supongo que viene de lo más profundo de la naturaleza social del animal humano- pero sí sé que preocuparse por otros, de una forma sana, constructiva, no compulsiva, ni impositiva, nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos. No se trata vivir por los demás, nada de morralla grandilocuente. Sólo acordarse regularmente y con genuino interés de que nuestros amigos, familiares, allegados... son personas en sí y no meras circunstancias de nuestra existencia.

Convirtiéndolos, de vez en cuando, en fines en sí mismos, como diría Kant, sólo podemos salir ganando:

- Nos distraeremos de nuestras, con frecuencia mezquinas, preocupaciones.

- Elevaremos nuestra propia autoestima.

- Mejoraremos la calidad de nuestras relaciones sociales.

Porque tratar a las personas como meros medios para otros fines -por muy loables que éstos puedan ser- terminará por hacernos infelices y miserables, a nosotros y a los demás. (A la derecha, la imagen de un mero medio.)

Afrontemos la paradoja: pensando en uno mismo, se debería dejar de pensar tanto en uno mismo.

viernes, 7 de enero de 2011

Paletos listos

Puedo entender a quienes utilizan los argumentos macroeconómicos ultraliberales porque corresponden a sus intereses de clase. Puedo entender a quienes los construyen porque así se labran una próspera carrera académica. Hasta puedo entender a quienes no ven más allá de un simple "trabajar duro y no pensar".

Pero a quien más me cuesta entender es a los que, contra toda evidencia y contra sus propios intereses, rumian y escupen nociones básicas prefabricadas extraídas de algún tertuliano o editorialista. Son, como escuché decir a alguien una vez, los paletos listos. Se creen muy listos porque saben dos cosas más que quienes les rodean sobre estructuras financieras o sobre el mercado de trabajo. Y se zampan ávidamente toda la ideología que se fabrica para ellos, asombrando con su estupidez hasta a los propios ideólogos.

El ejemplo que más llama la atención (por ser especialmente imbécil) es el de los (no pocos) que, puteados en su curro, llegando a duras penas a final de mes, defienden luego en el bar la flexibilización de las condiciones laborales o el abaratamiento del despido como solución para el paro. De nada sirve argumentar con ellos: no es la razón sino la vanidad lo que sostiene su engaño.

Son los mismos que se creen que hay medios de izquierdas y medios de derechas y que viendo la tele pueden llegar a tener un punto equidistante y objetivo. Ignorando, con agilidad felina, que las grandes polémicas mediáticas son, con frecuencia, simples cortinas de humo.

O los que creen que las razones de la actual crisis se reducen a la irresponsabilidad de quienes contrataron créditos hipotecarios sin suficientes garantías... O los que piensan que ya no existe el "capitalismo", ni el "proletariado"...

En el fondo, esos paletos listos son los que más lástima dan: la presa más fácil, siempre a cuatro patas... y encima alabando a quien que se la mete hasta las trancas.